Mi cabeza da vueltas persiguiéndote.

Todas las canciones hablan de mí. Es algo que no me pasaba desde los 15 años pero parece que últimamente el universo se ha confabulado para volverme loca. O simplemente me he vuelto loca yo y oigo voces en mi cabeza. Voces en forma de canción. No quiero contarte la cantidad de canciones que me han dicho algo de ti porque no te lo creerías. Y ahora me hablan del tiempo, de no perderlo, del carpe diem, de ser jóvenes eternamente. Lo cual resulta definitivamente irónico teniendo en cuenta la velocidad a la que estamos creciendo.

2013-01-11 12.58.23

El futuro es algo incierto. Eso es una verdad universal, tan cierta como que necesitamos aire para respirar, que en el norte a veces no llueve o que el helado de regma es el mejor del mundo. Hace ya más de 5 años nos adentramos en la inmensidad del futuro y acotamos nuestras posibilidades, decidimos qué íbamos a hacer, abrimos la puerta a nuevos amigos, luchamos contra viento y marea para conservar a los antiguos, y aquí estamos otra vez; con nuestras carreras con salida, aquellas que nos prometían trabajo, y nuestras ganas de empezar cosas. Es probable que el futuro al que nos enfrentamos ahora sea aún más incierto, y es probable también que esta incertidumbre no vaya a desaparecer nunca.

Estamos rodeados de personas que empiezan a trabajar dando tumbos, en un mercado en que la esclavitud ha vuelto a ponerse de moda y en el que la retribución por un trabajo bien hecho es tan mísera que nos hace pensar que tendremos que vivir de nuestros padres hasta que podamos vivir de nuestros hijos.

No me malinterpreten, no quiero ser derrotista. Confío en que tarde o temprano encontraremos nuestro sitio. Mientras tanto creo que debemos concentrarnos en crecer un poco más como personas, que por algunos pasa el tiempo pero no la madurez, y en intentar conservar lo máximo posible el espíritu aventurero, las fuerzas para aprender de nuestros errores y seguir equivocándonos. Todo el tiempo. Y en conservar lo bueno que nos van dejando la vida y nuestras experiencias, especialmente las personas increíbles que nos permiten conocer. Y aprender a dejar marchar a aquellas que sólo tienen un papel esporádico en el camino. Y no dejemos que, como me dijo una buena amiga una vez, parezca que el miedo haya conquistado nuestros ojos. Que no tenemos, créanme, edad para conformarnos.

Salgamos al mundo, dejemoslo todo y montemos un chiringuito en el puntal, disfrutemos de todos los rincones que nos descubre la Tierra. Vengan a Cantabria, aprendan a vivir rodeados de verde por todas partes, a oler a mar en cada esquina. Hay que volver a confiar en lo que la humanidad puede ofrecernos, que en el norte somos muy secos pero amigos para toda la vida, que el sol va a seguir saliendo por el mismo sitio. Siempre hay nuevos restaurantes que aún no conocemos, me apetece probar lo nuevo de la magnolia, y sentarme en una mesa del paseo pereda a probar el helado del nuevo italiano -aunque muy bueno tiene que ser para que me cambie de bando-. Puede que por fin este sea el fin de semana en que vaya a cenar al Ágave Azul después de todos los intentos. Tal vez sea el momento de lanzarse sin red a lo desconocido y montar mi propia cafetería, o tiempo de retomar viejas tradiciones y dedicarme a la lectura como profesión vitalicia.

El momento de hacer cosas es ahora, cuando nuestras responsabilidades se difuminan. Tal vez no sea el trabajo más seguro que vayas a tener en tu vida, pero si te apasiona, es el momento de probarlo. O el momento de coger un año sabático y dar la vuelta al mundo o… (rellenar con aquello que te apetezca de verdad).

El mundo no va a dejar de girar porque tengas un día perezoso, ni todas las excusas que pongas para no aprovechar el tiempo van a librarte de envejecer. Que si actualmente las condiciones no son las idóneas para labrarse un futuro, no vale quedarse parado y quejarse de cómo funciona el mundo. Sal a buscar tus propias oportunidades, crea posibilidades de actuación, aprende de los que lo hicieron antes. Ten ideas y ponlas en práctica, que el mañana está a la vuelta de la esquina.

Planes

Siempre he oído decir que “la vida es eso que pasa mientras estás haciendo planes”. No podría estar menos de acuerdo. Es cierto, completamente, que de vez en cuanto la espontaneidad debe dirigir nuestro camino, dejarse llevar y dejar que la aventura entre en nuestras vidas. Completamente cierto. Pero desde mi punto de vista, pocas cosas hay mejores que hacer planes en buena compañía.
Organizar un viaje, con los nervios de elegir el destino, esos primeros momentos en los que el presupuesto no importa y solo te dirige la imaginación. Decidir cuánto tiempo vas a pasar en una isla desierta sin tener en cuenta que puede que tengas obligaciones en la casilla de salida, preparar un viaje para cien personas aunque sea altamente improbable que coincidas en el espacio tiempo con apenas diez de ellas.
Organizar una fiesta, una fiesta sorpresa, pensar en la cara que va a poner la persona a la que va dirigida, acordar un millón de maquinaciones para hacer que no sospeche nada. Buscar una fecha para una reunión de antiguos alumnos, darte cuenta de lo mucho que echas de menos los ratos muertos en el colegio, encontrarte con alguien que hacia siglos que no veías y decidir que sí que esta es la buena, que de esta os reunís todos, sin tener en cuenta si quiera si una vez alrededor de la misma mesa seguiréis teniendo cosas que contaros.

Organizar una multitudinaria fiesta por vuestro 25 cumpleaños y pasar un año entero dando vueltas a los detalles mas nimios.

La vida, efectivamente, es eso que pasa mientras estás haciendo planes, pero no en el sentido en que quieren hacérnoslo ver, no como una manera de estar perdiendo el tiempo.

La vida es ese tiempo que pasas haciendo planes, que empleas en juntarte con tus amigos y organizar las cosas más disparatadas, las que nunca salen, mientras sientes como te involucras en el plan, comienzas a emocionarte y a ponerte nervioso y acabas exaltado, rojo como un tomate y viendo factible una escapada a Tailandia de fin de semana.

Esas tardes sazonadas con palomitas de microondas en las que terminas riéndote a carcajadas y que siempre serán recordadas como “el día que decidimos que íbamos a dar la vuelta al mundo en globo y no nos dio vergüenza creer que de verdad era algo que iba a terminar pasando”.

Planes como hacer el descenso del sella el día del verano que termina lloviendo, ir a comer a Asturias o subir a Bulnes. Decidir que te apetece coger el teleférico y bajar andando por los picos de Europa el día que más calor hace de todo el año, o decir día tras día que quieres coger el coche e ir a una playa desierta. Pensar que nadie más va a tener la misma idea que tú y vas a tener sitio para aparcar en el faro, o pasar el día en el puntal aunque anuncien turbon.

Idear una tarde de paddel surf por el río cubas, o una mañana de submarinismo en noja. Creer de verdad que el sábado todo el mundo se va a levantar con ganas de comer en san Vicente. O decidir que el verano 2015 es el verano de recorrer todas las romerías de cantabria. Pensar que te apetece volver a cabarceno.


La mayor parte de las veces esos planes no saldrán, pero eso es parte de su encanto. Hagan planes, es un consejo, es una de las mejores cosas que se pueden hacer gratis.

Decían que tenía el corazón alicatado hasta el techo

Decían que tenía el corazón alicatado hasta el techo y, sin embargo, tú la conquistaste. Sería tu olor a sal, a vida marina, a libertad. O tus playas doradas de arena fina. Serían tus inevitables vistas o la forma en que el sol te hace un guiño cuando se acuesta por Liencres, que la ponía celosa. A lo mejor solo era tu forma de ver la vida, ese aferrarte a tus raíces como si fuera lo más valioso que tenías, y cambiar solo cuando el tiempo te obligaba. O las historias que se adivinaban en tus muros y salían al exterior en forma de graffitis, o los cuentos que contaban tus gaviotas. Sería el mar que te rodea, que la tenía enamorada.

No sabría por dónde empezar a explicarte las maravillas que me contaba de ti, esa necesidad que tenía de volver siempre. Puede que fuera tu gente, de la que poco a poco había conseguido ganar su confianza, y por cada nuevo amigo parecía que ganaba un premio. O sería el rumor de las olas, y los cotilleos que arrastraba.

Me decía que me iba a traer a conocerte y, ya ves, ha tenido que pasar mucho tiempo para que me decida a venir. Y sí, puedo ver en ti el reflejo de lo que ella me contaba, la luz del mediodía en la bahía o las calles repletas en la feria de Santiago. Me he pasado por La Mayor a comer marisco y, efectivamente, no me ha decepcionado. Y se me ha hecho tarde el día, y pronto a la vez, y he terminado desayunando en aliva.

He contemplado las vistas desde peñacabarga y he ido andado desde somo hasta el puntal y os he echado de menos. Al final, has terminado por conquistarme también a mí. Yo creo que ha sido la noche desde el espigón. O tal vez el día desde los bancos del paseo pereda.

Pero he tenido que acabar brindando a su salud, y a la tuya, desde las escaleras de la terminal, donde el gin tonic con limonada casera que me han ofrecido ha hecho que se me olviden las penas. Y no eran pocas. Ella se dejaba llevar por ti, y yo he decidido hacer lo propio.

Loco

No te voy a mentir, es muy posible que esté loca. A veces estas cosas suceden de esta manera, un día estas completamente cuerdo y al día siguiente eres un caso perdido. Si somos honestos, yo era una clara candidata a que algo así me sucediera. Un millón de cosas en la cabeza y una mente muy poco compartimentada. De manual. Debí haberlo visto venir.

No nos equivoquemos, mi locura y yo nos llevamos bien. Aunque hace poco que nos conocemos hemos estrechado lazos, yo le cuento qué tal me ha ido el día y ella me pone en contacto con el sombrerero de Alicia, dice que haríamos buena pareja. Igual me conoce más de lo que parece.

Generalmente, esta locura coincide con esos días en que se levanta viento sur. Mi cabeza se queja y las ideas van, vienen, giran en mi mente al compás que marca el viento. Pero otras veces simplemente me levanto de aquella manera, las voces que me acompañan se despiertan con más ganas y organizan conciertos multitudinarios. Y, las menos, la culpa es tuya.

Cuando pasan estas cosas, mi principal consuelo es que a pesar de mi enfermedad, probablemente sea la persona más cuerda que conozco – y para muestra mi amigo el que decidió que las rabas del faro eran una buena excusa para hacerse 3000 kilómetros -. Otros días esto no es suficiente y me refugio en la calma. La calma que encuentro en Santillana del Mar y sus calles empedradas, o en los acantilados de Suances. La tranquilidad te asalta en cada esquina de la provincia, en los bosques desiertos, en las vistas de las rutas montañeras, en el silencio de la noche en alguna playa.

Sentarme con una botella de vino al borde de la bahía, el primer baño del año en una playa vacía. El sonido del agua en uno de los úlitmos bancos de la Virgen del Mar, el contrasentido de pensarte grande y pequeño ante la inmensidad del cantábrico. La primera bocanada de aire salado. El olor a mar.

Dejarme caer en las escaleras en silencio antes de subir a casa, o hablar por teléfono alargando el momento antes de volver a estar rodeada de voces. Leer un libro en un banco de Piquio y las siestas en Covachos. Cruzar el puente de las Llamas en coche mientras suena Romeo and Juliet.

La calma depués de la tormenta cuando vuelves a extender tu toalla en la playa después de un chaparrón, ver películas en casa mientras fuera el infierno llueve. Cenar en la terraza, los cafés en el Balneario de Magdalena en primavera. Los conciertos desde la piscina del Tenis. El silencio después de contarme que no puedes más y vas a dejarlo todo. Por qué pasan cosas malas a la gente buena. Esos momentos de paz antes de volver a coger aire, la pérdida voluntaria de las preocupaciones antes de recuperar las ganas.

La tranquilidad de tomar unas rabas un día de sol en el machi, la última caña en un faro en el que ya no queda nadie viendo cómo se pone el sol. El paseo de la curva de mataleñas por el día, y el nocturno por el chiqui. De nuevo el ruido de las olas. Cruzar en bote la bahía.

Después de todo esto, puede que las voces de mi cabeza no desaparezcan, pero desde luego amainan con la tormenta. Me vuelvo incoherente, insensata, y de nuevo cuerda. Yo soy de las que llevan su locura en la intimidad de su mente, pero no dudes que está ahí, y a veces mis ideas pierden su base racional. Aunque siga pareciendo la más sensata de todos, aunque no adivines mi desequilibrio emocional.

Y en el fondo me gusta, me da la oportunidad de conocer nuevos escondites y excusas para refugiarme del mundanal ruido, excusas para alejarme de ti, y para alejarme de mí misma. Así que mi locura y yo estamos haciendo buenas migas, puede que pronto te la presente.

pd. Las fotos son cortesías de mi amiga la que va a dejarlo todo y montar un chiringuito en la playa.