Retratos

I.

Estaba cocinando sin prisa algo que necesitaba horneado, no recuerdo qué. Tal vez una lasaña. Olía de muerte, eso seguro. Cocinaba sin prisa y me pedía que abriera una botella de vino mientras ella hurgaba en la nevera. Llevábamos un buen rato en silencio, ella tarareando una canción y yo concentrado en el corcho pero aún así sonrió y se dio la vuelta para decirme -las conversaciones más importantes siempre se tienen en la cocina. Y me contagió la sonrisa.

II.

Es verano -en los recuerdos siempre es verano-. El sol me calienta la espalda mientras salgo, a duras penas, al paso, de una siesta en la playa; darse la vuelta es mirar a los ojos al sol y eso aún no está en mis planes. A lo lejos alguien juega a las palas, a mi derecha conversación inconexa, planes para esta noche, diatribas sobre la mejor hora para coger la lancha. Pongo mala cara, no me gusta que nadie me recuerde que este duermevela en el que me encuentro no va a ser infinito.

Lancha de vuelta, viento de cara, sacudirse con mimo la arena con la toalla. Una mano me ayuda a tocar tierra con los pies. Un paseo lento, arrastrado -el salitre en la piel me vuelve melosa- y de premio un helado. Son casi las 9 y empieza a echarse de menos una sudadera. (Puede que mi cabeza sea el único lugar en el que está cuenta atrás se oye fuerte, brava, como un latido; pero de verdad tengo la sensación de estar rozando el verano con la punta de los dedos).

III.

Era opaca, irremediablemente opaca, pero no como un muro sino como una lata de sardinas; lo bueno lo escondía dentro. Tenía dos pecas en la nariz. Solo dos, y solo en verano. Podemos decir, en esencia, que tenía secretos, era un enigma en sí misma. Poseía la inherente virtud del encandilamiento. Todo en ella era diferente, misteriosos, enganchaba.

Nunca hablamos mucho, pero la veía cruzar la calle por las mañanas. Yo volvía del colegio y ella parecía recién levantada. Siempre con una falda larga hasta los pies, cada día de un color, nunca enseñando las piernas (eso también lo ocultaba). Solía tener un gesto serio que me divertía porque parecía que no estaba hecho para su cara, como si llevara un disfraz. Siempre llevaba un disfraz.

Lo que más recuerdo de ella es lo que me provocaba, todos los puntos despiertos de mi cerebro querían conocerla. Como la polilla a la luz, eso despertaba; en todos menos en mi madre. Cuando nos cruzábamos la miraba y torcía la cara en un gesto de desaprobación. Pero quién era mi madre para juzgar aquello que mi pequeña versión creía tan a ciegas. Era de ella, y no de mi madre, de quien quería aprender cómo giraba el mundo. Eso lo tenía claro.

IV.

– Hola, estás aquí?

Ella le sonríe y niega con la cabeza. -No, estoy aquí. -Dice señalando su libro-. Intuyo que ya no estamos en casa por el aire caliente, pero ahora mismo podríamos estar en cualquier lugar del mundo. Y la verdad, no me importa.

V.

Siempre olía a tabaco -fumaba como si lo fueran a prohibir- y tenía en ella latente la rabia intrínseca de quienes son buenos por naturaleza. Pasaba las mañanas de domingo siempre sentada en el mismo banco.