Los domingos son para el verano.

I.

Había flores amarillas en la ventana -lo recuerdo porque solía culparlas de la gran población de abejas que se movían por los alrededores-. Había flores amarillas en la ventana, unas grandes contraventanas verdes y un balcón lo suficientemente ancho como para sacar la butaca de la habitación al sol y desayunar pan con tomate todas las mañanas sin excepción. Los domingos sonaba Sweet Home Alabama de fondo y mientras me tomaba mis tostadas podía oler el primer marisco entrando en el bar de abajo. Todo lo que cocinaban en ese sitio olía a mar.

La madera de la habitación recogía el calor de todo el día y hacía que me gustara ir descalza. Pocas veces usé zapatos aquel verano. El resto de la habitación era tan blanca que cuando me despertaba tenía que pensarme un par de veces lo de abrir los ojos de golpe. Era como estar dentro del sol.

Me gustaba la sensación de salto en el tiempo que daban aquellas mañanas de domingo en las que no pensaba absolutamente en nada que no fuera el último libro que estaba leyendo, y el ruido de las bicicletas azules que estaban de moda ese año. Todo a mi alrededor se movía con la lentitud del que sabe disfrutar de la vida despacio, no había prisa ni estrés en aquel pueblo. Si algo no había salido hoy, saldría mañana, o no saldría. Los problemas se solucionaban echando una partida de cartas.

La primera vez que te miré de manera diferente -y te ví de verdad- estábamos en esa habitación. Tú llegaste haciendo ruido y dando gritos -todo lo hacías a lo grande-, llevabas puesto solo un bañador y tenías el pelo mojado. A mí me encontraste como siempre, sentada en mi butaca en el balcón, con un libro en la mano y las piernas colgando por la barandilla. Te miré desde el parapeto de mis gafas de sol, un poco mosqueada por el reguero de arena que estaba segura habrías dejado a tu paso por todo el pasillo. Tú negaste con la cabeza para restarle importancia al desastre, anticipando mi reacción, y me interrumpiste sin que llegara a abrir la boca.

-“Tengo una historia para ti”.

Y pusiste mi mundo cabeza abajo.

Todavía recuerdo esas flores amarillas de la ventana.

II.

Cruzar aquella puerta de madera oscura era como dar un salto a otro mundo, uno mucho más húmedo. El salitre te sacudía por dentro y te dejaba fresco y relajado, con ganas de verano perpetuo. Los manteles de cuadros en el balcón le daban un aire bucólico al restaurante de abajo, que los tendía al aire sobre su fachada verde.

A pesar de ser las once de la mañana, el puerto ya estaba lleno de barcos que venían de vuelta con el pescado del día, y el sol pegaba con fuerza. En ese pueblo –el mío- cualquier hora era buena para sacar el vino blanco a las mesas de madera de la terraza. Acababa de desayunar, pero bien podría haberme sentado al aire a tomar unas quisquillas.

Eché un vistazo hacia atrás, por encima del hombro, y te vi sentado en mi butaca del balcón. Habías cogido prestado uno de mis sombreros de paja y guiñabas un ojo intentando evitar el sol mientras leías el periódico. – “Tengo una historia para ti”.- y yo te había escuchado, había asentido, y había puesto una excusa rápida para bajar a la calle, lejos de lo que me contabas. Tú, más allá de intentar seguirme –porque ya entonces sabías bien como funciono- te habías quedado en casa esperando mi vuelta. Más o menos así ha sido desde entonces para los dos; yo intentando salir corriendo y tú sabiendo que no iba a llegar lejos.

Me adentré un poco hacia el pueblo buscando la sombra que me daban sus casas de colores. Como todos los domingos, había mercado en la plaza. Los rapes me observaban desde los puestos, todo lo feos que eran, y la fruta fresca se esforzaba por tapar el olor a pescado. Definitivamente no era un pueblo silencioso. La gente del norte no habla mucho; pero cuando le da por hablar, sin duda habla alto. Ni siquiera es un esfuerzo por vender más. En realidad el mercado es una exposición de producto más que una invitación a la compra. Aquí el que llega el domingo por la mañana a la plaza sabe de antemano qué va a comprar y dónde. Y la oferta y la demanda se reparten entre los locales, como una versión evolucionada del trueque.

Me paré a echar un vistazo a la fruta de Valentina y esperé a que se obrara el milagro. Valentina es una señora charlatana, quizás con demasiados años para seguir al pie del cañón bajo un sol de justicia, pero a la que le da la vida bajar al puesto los domingos y socializar con la gente que sale de misa. Sé que le caigo bien, y si la pillo en un buen día quizás me regale unas fresas. Sonreí mientras me contaba que su nieta estaba en Italia; “se fue con una beca Erasmus de esas y no ha vuelto, miedo me da que le eche el lazo un italiano y no la vuelva a ver”.

El señor Matías me guiñó un ojo y me sugirió que dejara trabajar a Valentina y le comprara una merluza fresca mientras el sobrino del cura del pueblo –que acababa de llegar de Madrid- se paseaba entre los puestos con su bici nueva provocando maldiciones a su paso. Los domingos de plaza son un revuelo constante. Casi parece que aquí no pasaran cosas. Casi.

Por el rabillo del ojo alcanzo a ver en un puesto al fondo las flores amarillas que adornan mi ventana.

III.

Salí del mercado con las manos llenas de bolsas -así de fácil de convencer soy en lo que a comida se refiere- y bajé hacia el puerto buscando a Fernando. Fernando es alto y moreno, con la complexión fuerte que les da el mar a los pescadores. A veces me parecía que te incomodaba un poco su presencia. Es dicharachero y siempre tiene un piropo a mano; el tipo de persona que te apetece encontrarte por las mañanas.Me llama guapa y me ayuda con las bolsas mientras subo a su barco. Como siempre, tiene un desayuno tardío preparado en cubierta que yo le cambio por algunas de las frambuesas que me ha regalado Doña Valentina. Puede que sea una costumbre adquirida de sus días en el mar, pero Fernando entrecierra un poco los ojos cuando habla, como si le molestara el sol. Me acerca una rebanada de su hogaza de pan y me pregunta qué tal llevo el día. No es un tipo solitario, pero sé que agradece mi presencia después de una larga mañana de pesca.

El barco rojo de Fernando se llama Libertad, y siempre me ha hecho gracia lo bien que le sienta ese nombre a su patrón. Fernando va, viene, hace y deshace, no tiene compromisos ni más preocupación que la pesca. A menudo coge su barco y desaparece una temporada, solo para volver aún más moreno y con más historias que contar. Cuando llegué al pueblo me enamoré de él, no te voy a engañar; es un ritual por el que todas hemos pasado. Pero pronto te hace ver que es imposible atarlo a ningún lugar. Hoy me cuenta cosas de su amiga Celia; hace tiempo que habla de ella. Me pregunto cuánto durará.

Desde el barco de Fernando te veo entrar en el bar de Miguel. Sé que me has visto y has fingido no verme, pero también sé que me estás esperando. Así que le pido a Fernando que me lleve a dar un paseo por el mar.

Llevo toda la mañana sin parar de darle vueltas a lo que me has dicho, intentando atar los cabos sueltos de la historia, luchando por encontrarle una explicación lógica. Pero de momento no estoy teniendo ningún resultado positivo. Sé que sabes que me puede la curiosidad. Que la deformación profesional es más grande que cualquier otra cosa, y tiene siempre más peso que mis ganas de no complicarme la vida. Aunque te haya repetido por activa y por pasiva que estoy de vacaciones y todos los que me conocen estén de acuerdo en que las necesito.

Soy consciente de que esta curiosidad es uno de mis peores defectos, he aprendido por las malas que a veces hay cosas que es mejor no saber. Pero es más fuerte que yo. Mi jefe lo sabe, y por eso me mantiene en mi puesto. Desde que empecé la carrera de periodismo sospeché que iba a ser buena en mi trabajo, pero nunca creí que llegara a convertirse en una obsesión.

Fernando da un giro brusco al barco y me saca de mis pensamientos.

– “Venga, vamos a darnos un baño”.

IV.

Salgo del agua a coger aire y tengo que reconocer que echaba de menos esto. Los últimos dos años había renunciado a pasarme por aquí y no me había dado cuenta de lo que eso había supuesto para mi salud mental. Explorar nuevos territorios es una de las cosas más gratificantes que he hecho con mi tiempo, pero es verdad que a veces no hace falta irse tan lejos. A pesar de mi miedo irracional a lo que se oculta debajo de la superficie, estar cubierta de agua en el centro de la pequeña bahía resulta reconfortante. Cojo una gran bocanada de aire y vuelvo a meter la cabeza bajo el agua. Mi mente se queda en blanco.

Sé que más arriba me espera un cielo despejado y las montañas que rodean la zona. Y la casa amarilla del acantilado que llevo años planeando comprar. Quizás debiera dejar de darle vueltas y apropiármela de una vez. Tal vez si tuviera dinero… La pintaría de blanco y la reformaría de arriba abajo pero sin cambiar nada. Vuelvo a salir del agua y la resignación se vuelve a apoderar de mí. Se me pasa por la cabeza la idea de sugerirte comprar esa casa a medias. Me río de mi propia estupidez y Fernando me mira divertido. Yo me encojo de hombros, ya sabe cómo soy.

Me ayuda a subir de nuevo al barco y volvemos al puerto. Hace años solíamos pasarnos la tarde sentados en el barco, comiendo pipas y esperando a que cayera el sol para ver anochecer desde la bahía. Más tarde cambiamos las pipas por los gin tonics, pero no dejamos esa costumbre. Últimamente parece que hemos crecido en direcciones opuestas y tenemos menos cosas que contarnos, los silencios son menos ligeros y más incómodos, ya no es tan fácil huir como antes de las preocupaciones. Ahora te alcanzan también en el mar. Especialmente a Fernando, que a pesar de su carácter ufano no puede ocultar que la crisis también ha hecho mella en su modo de vida. Me pregunto si se arrepiente de haber dejado la universidad. Le sonrío a medias mientras bajo del barco, me guiña un ojo y se vuelve; aún le queda trabajo.

Yo me siento en el embarcadero y te oigo llegar a mi espalda. A estas alturas ya sé reconocer tus pasos lentos y comedidos, temes despertar a la bestia. Te sientas a mi lado sin decir nada y sonrío. Entre nosotros despliegas la pipa de la paz: vino blanco y percebes que –estoy segura- has quitado a tu abuelo en un despiste. Miro tus pies descalzos que cuelgan sobre el mar.

– “Estás moreno”.- digo, y escucho tu respiración pausada.

V.

Cojo un percebe y me doy cuenta de que podemos considerar este mi tercer desayuno. Y que probablemente a estas alturas me haya pasado ya el 90 por ciento de mi vida comiendo. Miro las bolsas con las que he salido cargada del mercado y sonrío. El diez por ciento restante de mi vida lo he pasado pensando en qué voy a comer. Y realmente no tengo ningún remordimiento al respecto. Te miro darle un trago a la botella de vino. Tú tampoco lo haces mal. Has desayunado en tu casa, en la mía, y has empalmado el café en el bar con el aperitivo conmigo. Va a ser verdad eso que dicen “Dios los cría…”

Me haces cosquillas en el brazo y me sacas de mis pensamientos.

-¿Que vas a hacer?

Esa ha sido siempre la pregunta que más miedo me ha dado. La que me obligaba a tomar una decisión. Esa que volvía real todo lo que había estado rondando mi mente hasta entonces.

-“No me gusta esa pregunta, ¿tienes otra?”

Sonríes.- “Ya sabes que no”.

Sé que no. Nunca me has dejado eludir una respuesta o contestarte de manera evasiva. Por lo general, sabes cuando te estoy mintiendo. Y eso me exaspera. Manipular la verdad ha sido siempre uno de mis hobbies, precisamente porque trabajando es algo que no me gusta hacer.

-“Sinceramente, no lo sé. Es una historia demasiado interesante para dejarla pasar y tú lo sabes”.

Asientes a mi lado.-“Pero puede que descubras cosas sobre ti misma que no te gusten. Lo sé, las ventajas e inconvenientes están claros”.

-“puedo empezar a trabajar en ello y dejarlo cuando piense que puede ser demasiado para abarcarlo todo”.

Más que oírte, siento tu pecho moverse a mi lado mientras te ríes a carcajadas.

-“podrías, pero no lo vas a hacer”.

Finjo enfadarme pero en seguida desisto. Los dos sabemos que tienes razón. Me quito las gafas de sol y te miro a los ojos por primera vez en todo el día.

-“te encanta ponerme en esta situación, ¿verdad? Siento que lo estás disfrutando”.

Te noto en los ojos que sonríes y te encoges de hombros.

– “alguien tiene que hacerlo”.

Pongo los ojos en blanco. -“no es verdad”. Suspiro y vuelvo la mirada al mar. -“ahora mismo no me apetece nada estar contigo”.

Tú reprimes un bufido, te ríes y me pasas un brazo por los hombros.

-“Es la decisión correcta”.

-“Aún no he tomado ninguna”.

Sonríes y me das un pequeño empujón. -“Claro que si”.

Y es lo último que dices, porque por una vez consigo pillarte por sorpresa y tirarte al agua.

VI.

Nos conocimos hace innumerables veranos, ya no me acuerdo cuántos, pero sé que fue justo aquí. Y sé que llevabas un bañador rojo y yo un vestido blanco, y que me quitaste mi sombrero de paja y te lo pusiste dedicándome una de tus sonrisas de medio lado. Después me tiraste al agua.

Por fin he conseguido mi revancha. Te observo salir del agua riendo a carcajada limpia y noto esa sensación tan familiar que tengo siempre que estoy contigo, la sensación de estar en casa.

-“Está te la concedo, rubia. Solo has tardado 8 años. Bien hecho”.

Me río. Por supuesto tú te acuerdas de cuánto tiempo hace que nos conocemos. Porque tú te acuerdas de todo. Seguramente hasta sabrás qué te dije antes de marcharte aquel verano. Y a pesar de todo aquí sigues. La parte de mi que se despidió de ti es la que más aborrezco de todas.

Me acerco al borde del embarcadero, me quito el vestido y salto al agua contigo. Esta fresca y se agradece el descanso con el calor que hace fuera. Con un ojo vigilo mis compras y con el otro controlo que no me hagas una aguadilla.

Flotamos un rato en el agua sin decir nada. Lo cierto es que en este pueblo hay muchas veces en que no hace falta llenar los silencios con palabras. El sonido del mar ya cubre ese trabajo. El Sol está ya en lo alto y, aunque parezca mentira, mi estómago me indica que es la hora de comer. Desde donde estás, oyes revolverse a mi tripa y sonríes.

– “Vamos, que seguro que mi abuela te invita a comer”.

Salimos del agua y subimos despacio la cuesta hasta casa de tus abuelos. Llevo las sandalias en la mano, mis pies agradecen el suelo de piedra. Elena nos saluda desde la ventana, con Martina en brazos. No me puedo creer que mis amigos hayan empezado ya a ser padres. Martina tiene unos muslos gordos y unos papos aún más grandes. Te observo de reojo mientras le devuelves la sonrisa y te noto algo nostálgico, como siempre que ves a Martina. Debe ser raro que tu ex novia tenga una hija con otra persona. La vida en los pueblos es curiosa. Me adelanto un poco y te cojo del brazo. Es absurdo, pero una parte de mí quiere marcar territorio. Me lanzas una mirada burlona y seguimos subiendo. Hace demasiado calor para tener prisa.

Casi arriba, nos cruzamos con tu abuelo que llega de marisquear. Mucho más ágil que nosotros, nos ha adelantado a mitad de cuesta. Es increíble la vitalidad que puede llegar a tener este hombre. Me da un beso y nos enseña lo que ha pescado. Mi estómago ya se empieza a anticipar a lo bien que vamos a comer.

La casa azul de tus abuelos no ha cambiado en todo este tiempo. Azul oscuro, con contraventanas blancas y esa enredadera de la ventana que tu abuela se empeña en conservar contra viento y marea, a pesar de que esté habitada por numerosos insectos que yo, personalmente, aborrezco. Parece que tu abuela les hubiera cogido cariño.

Me acerco a la cocina de leña para ver si puedo ayudar con la comida y como siempre tu abuela, con una olla en el fuego que parece perenne, rechaza mi ayuda. Me señala el cajón de los manteles y me pide que ponga la mesa al fresco; así que salgo al jardín y cubro la mesa de debajo de la higuera. Cuando termino corto un par de rosas y las pongo en un vaso para adornar la comida. Seguramente esta acción me salga cara cuando tu abuela las vea.

Vuelvo a entrar y te encuentro jugando a las cartas, en el mismo sitio en el que te encontré el primer día del segundo verano, cuando abrí la puerta con la determinación de quien tiene claro lo que quiere y me di de bruces con la realidad. Confieso que verte picar a tu abuelo mientras jugáis al chinchón me gusta más que encontrarme a Elena leyendo en el sofá. Pero también es verdad que aquel día aprendí que la vida no espera a que te decidas a tomar decisiones, y eso me ha enseñado a ser más ágil, lo cual agradezco.

– “Me da tiempo a jugar una?”.

VII.

Me haces un hueco en el sofá y me invitas a sentarme. Te veo relajado, pero un tanto alerta, como siempre que estas con tus abuelos. Tú deformación profesional de médico rural también hace mella en ti. Te fijas si hace algún movimiento extraño o si al moverse se le escapa algún gesto de dolor. Pero él es más hábil que tú y sabe disimularlos. No tiene ninguna intención de dejar que le pilles en un renuncio y le quites de trabajar la huerta.

Hace un gesto de victoria cuando te gana y se levanta de la mesa. Desde el salón le veo darle un apretón cariñoso a tu abuela cuando llega a la cocina y sonrío. Te pareces mucho a él. Lo que son las cosas, después de cinco años sin pensar en ti de esa manera hoy parece que no puedo pensar en otra cosa. Sacudo la cabeza y ocupó la silla que tú abuelo ha dejado libre.

– “Prepárate para perder”.

Jugamos a las chinchón como quien juega al poker, analizando cada gesto y levantando las cejas a cada rato. No conozco a nadie con peor perder que tú, y los dos sabemos que yo disfruto compitiendo. En un momento dado la tensión hace que se me escape una patada por debajo de la mesa y te inclinas por la sorpresa. Me entra un ataque de risa que sólo se ve acrecentado por tu cara de cabreo mayúsculo. Esa cara dice que no vamos a saber quién gana la partida. Antes de darte tiempo a incorporarte echo a correr por el pasillo mientras oigo de fondo a tu abuela que nos pide que tengamos cuidado. Rápidamente recuperas posiciones y me alcanzas subiendo las escaleras. Acabo retorciéndome en el suelo, suplicando clemencia e intentado recuperar fuelle.

El descansillo de las escaleras está lleno de fotos antiguas, algunas de las cuáles casi ni se distinguen por la cantidad de color que se ha llevado por delante el sol. En casa de tus abuelos siempre me he sentido a gusto, pero una parte de mí siempre se ha sentido intimidada. No hay nada más importante para vosotros que la familia, como se ve en cada rincón de esta casa, y precisamente lo que me incomoda es la sensación familiar que transmite. El sentimiento de pertenencia me aterra. La posibilidad de decepcionarlos de algún modo. Me espanta. Sacudo la cabeza y agradezco la mano que me ofreces para ayudarme a levantarme. Contigo es más fácil dejarme querer, estamos hechos a prueba de bombas. Sabes que voy a decepcionarte continuamente, pero has decidido seguir aquí, por razones que desconozco. Sospecho que eres un poco masoquista.

Salimos al jardín y nos sentamos a la mesa deseando tomar un caldo caliente a pesar de la temperatura ambiental. Es el efecto del caldo de la abuela Julia, que te invita a tener frío solo para poder pedirlo.

VIII.

Hacía ya dos meses que había pasado en coche por delante del cartel que daba entrada al pueblo. Dos meses de verano constante, de parón en el tiempo, de paréntesis. Hacía dos meses que aparqué en la plaza, en mi sitio de siempre, mal, y doña Valentina salió corriendo de su puesto en la plaza y me dio un abrazo. Un abrazo de abuela. Uno de esos que te agarran a la vida y te clavan al suelo, en los que sabes que nada puede salir mal. Sonreí, quitando importancia a su emoción, me coloqué le sobrero y le pedí a Fernando -que se había acercado al verme- que me ayudara con las maletas. Fernando no iba a hacer preguntas, ni a forzar silencios incómodos, me subió las maletas a casa y me dijo –“bienvenida, ven a verme cuando quieras”. Lo que necesitaba cuando lo necesitaba, eso era él.

Cuando Fernando se fue, me quedé parada en la casa a oscuras, con el sombrero en la mano y los zapatos puestos, sin saber dónde mirar primero. Queriendo absorberlo todo. Mi estómago tenía la misma sensación que provocan los saltos al vacío, solo que yo no saltaba al vacío, sino que llegaba a casa; y por primera vez en la vida el sentimiento era igual de aterrador.

Me animé a mi misma en voz baja, me acerqué al salón, abrí las contraventanas. Evité deliberadamente mirar a los lados, posar la vista en los marcos de fotos, intenté avanzar como los caballos, mirando solo al frente, teniendo claro mi objetivo. Llegué a la ventana y dejé entrar la luz y por alguna razón que desconozco me pareció que el sol estaba mancillando esa casa. Los muebles, que habían permanecido en una oscuridad constante, ahora estaban a tiro de los rayos, podían desgastarse, perder el color que ahora mismo tenían, y eso significaba que las cosas podían cambiar. Que esa casa no iba a seguir permanentemente en el estado que la había dejado mi madre. Logré como pude sobreponerme a esa angustia y terminar de abrir las ventanas.

Cuando llegué a mi habitación me senté en la cama. La habitación estaba presidida por uno de los cuadros que mi madre me había regalado. Poco a poco el olor a cerrado iba desapareciendo para ser sustituido por los olores familiares del pueblo, todos los que recordaba. Pero echaba de menos sentir a mi madre en la cocina preparando la comida.

Sabía que iba a ser complicado, estaba preparada, así que dejé todo abierto, no deshice las maletas, y salí a buscarte. Cuando abrí la puerta de casa para bajar a la calle, tú estabas al otro lado. Las ganas que tenías de darme un abrazo se notaban en el ambiente, tus manos clavadas dentro de los bolsillos, esperando. No te di esa oportunidad, para no venirme abajo.

-Hola.- dije. – Iba a salir a buscarte.

– Fernando me ha dicho que habías llegado.

– Si, me ha ayudado con las maletas.

– Venga, te invito a desayunar.

IX.

Llevabas una camiseta roja. Si, definitivamente era roja. La última vez que te vi llevabas una camiseta roja y unos pantalones negros que yo odiaba y que -sospecho que precisamente por eso- no te quitaste en todo el verano. La primera vez que vi esos pantalones negros fue una noche en un concierto de algún grupo que estaba de moda por aquel entonces y del que después de esa noche nunca volví a oír hablar. El concierto era lo de menos. Hacía calor, el sol se escondía tarde y era nuestro último verano antes de la universidad, nos hubiéramos apuntado a cualquier plan que hubiera surgido que implicara beber cerveza caliente sentados en la playa. Era el verano de no pensar.

Nos sentábamos en la playa y hablábamos de planes de futuro que después no se harían realidad, sabiendo que probablemente aquel fuera el último verano que compartiríamos excursiones nocturnas. Más tarde la vida nos enseñaría las vueltas que puede llegar a dar y cómo nos estábamos preocupando por nada, anticipando despedidas que nunca tendrían lugar e imaginando que éramos poco menos que infinitos. De alguna manera nos gustaba crear drama a nuestro alrededor porque no teníamos un drama real al que prestar atención.

Volvimos a casa y, como siempre, robaste unas flores amarillas para mí. Esas flores amarillas estaban por todos lados, es lo primero que veo siempre que empiezo a recordar. Eso y que siempre llevabas encima alguna forma de comida. Esa noche era parte de una bolsa de pipas que habías comprado esa tarde en el chiringuito. Para alguien que siempre está hambriento, tenerte al lado era poco menos que un seguro de vida. Sacaste las pipas y me soltaste un largo monólogo sobre la universidad.

Cualquiera diría que hemos pasado por tres vidas diferentes desde aquella noche. Desde luego, yo no me identifico con aquella chica del vestido de lunares que comía pipas y fumaba sin ganas.

Fue tres años después cuando volví a verte. Ni rastro de tu camiseta roja y tus pantalones negros, cuando me crucé contigo ibas impecablemente vestido de traje y corbata. Me contaste que ibas a una entrevista de trabajo, querías empezar cuanto antes las prácticas, y yo te dije que siempre me había imaginado verte de bata blanca; me contestaste que yo seguía igual. Y efectivamente, así era, no sentía en mi misma todos aquellos cambios que teóricamente la universidad debiera haberme dado. Aunque me duró poco, los dos años siguientes me hicieron pegar un giro de 180 grados y convertirme en una personas completamente distinta. Aunque eso ya es otra historia.

X.

-Todo lo que ves aquí cuenta una historia.
Giró sobre sí misma para echar un vistazo a lo que él señalaba. El desván al que habían subido llevaba tiempo sin mimos. El polvo se notaba en el ambiente, dificultando la respiración. Era un pequeño paraíso y un pequeño infierno en cierto modo, para ella que tenía el gen del orden tan interiorizado.
Tres paredes y un techo agaterado, no era más. Juguetes infantiles amontonados, cajas llenas de sábanas y algún mueble con pinta de haber visto tiempos mejores. Pero lo que captó su atención, y él lo sabía, eran los baúles y las estanterías. Cientos de libros dormían en aquella habitación, amarilleando progresivamente, huérfanos sin nadie que los leyera. Se fijó en que algunos de ellos eran manuscritos, con la letra casi ilegible, pero sabía que era ahí donde tenía que empezar. Que de todas las historias que llenaban aquellas paredes, eran esos folios por donde tenía que empezar.
Estaba tan absorta que no se dio cuenta, pero al fondo, en un jarrón de cristal que quedaba semi oculto detrás de una cómoda antigua, había un ramo de flores secas, de color amarillo.

XI.

Hubo una época en que aquello habría sido lo más habitual; pillarme con un libro encima, digo.
Los paseaba, los desgastaba de tanto moverlos para arriba y para abajo. Y de leerlos, sin mesura y sin control, sin dormir, sin comer hasta que lo terminaba y entraba en ese trance en el que dejan las buenas páginas y del que nos cuesta un poco salir a veces, cuando tenemos que asumir que nuestro mundo no es el que estas contienen, sino el tangible que espera fuera.

Como digo, eso era lo habitual antes pero era una costumbre que había perdido, de la antigua yo a la que no le preocupaban los dolores de espalda y salía de casa cada día como si la abandonara. Ahora rara vez me pillaba en un renuncio la pagina que asomaba por la esquina superior del bolso.

En cualquier caso, llámalo casualidad, coincidencia o destino, ese día llevaba un libro. Acababa de descubrir a la autora e indagaba en una de sus historias buscando material para un artículo. Resultó que tú también la conocías, y te gustaba -al menos eso decías-. Me preguntaste qué me había parecido el libro y empezamos a hablar. Así de fácil. Tú no lo recuerdas así, pero en mi cabeza es una película que se repite. El recuerdo que me persigue viene de ti y de tu insolencia, la confiada desfachatez que tenías, siempre tan insultantemente seguro de tus movimientos. Te inclinaste para coger el libro invadiendo mi espacio sin haber sido invitado, como si superas de antemano que ahí ibas a ser bienvenido, sonriendo con suficiencia. Creo que yo, pobre ingenua, pensé en pararte. Lo poco que me costó claudicar.

Nunca terminé ese libro, la vida se metió en medio. Después me daba angustia leerla, cuando todo me recordaba a esa época. Hoy me he sentado otra vez. Ha sido como reencontrarme con una versión de mi misma que no recordaba. Como curarme de a pocos. Como dejar de echar de menos. Bueno no, ha sido dejar de echar de menos. A ella también la echaba de menos.

XII.

Muchos años después, cuando el tiempo había pasado, aún te sentía conmigo. Nunca me paré a analizar qué consecuencias podía tener aquello o qué importancia debía darle. Simplemente estabas. Si me concentraba un segundo podía volver perfectamente a aquel verano y a aquellas sensaciones. A aquella incertidumbre. Era como un olor. Igual de intenso. Nunca supe si era un súper poder o una maldición, pero ibas conmigo a todos lados.

Todos tenemos un septiembre que llega de golpe a ordenarnos el verano, pero el mío nunca terminaba de llegar. La forma en que me descolocó todo quizás fue demasiado extrema, tu forma de poner mi mundo cabeza abajo, y las malditas flores amarillas.

Qué buen final para una historia, dirías ahora. Menos mal que por suerte o por desgracia tu y yo sabemos que no fue así como terminó todo.

Fue un día de octubre. Una de las plantas con flores amarillas de la ventana decidió que su existencia en este mundo estaba de más, que estaba de vuelta de todo. Y se tiró. Fue un suicidio silencioso en un día de sur y no me di cuenta hasta llegar a la calle. Crucé la puerta y ahí estaba, mirada perdida, impasible, un poco desafiante “¡ja! ¡invierno a mí!” parecía decir. El epítome del otoño, la antítesis de lo inmarcesible. Morir joven y dejar un cuerpo bonito, está claro.

He de confesar que la imagen me desconcertó por un momento, y más aún cuando volví de trabajar y la planta había desaparecido sin rastro alguno. Me asomé a la ventana incluso como queriendo esperarla, creyendo en parte haberlo imaginado. No era así, efectivamente había dejado cojas a sus hermanas y su ausencia delataba la falta de simetría del salón.

Pensé durante un momento que alguna metáfora tenía que haber detrás de todo aquello, algo que aprender. Después descarté ese pensamiento y sonreí; esto solo quería decir una cosa: mi estación favorita había comenzado y era su manera de anunciar a bombo y platillo su llegada. Estoy aquí, y vengo a arrasar un montón de cosas que no echarás de menos. Ni siquiera las flores amarillas de la ventaba habían sobrevivido a aquel verano.

XIII.

Cerró el libro de golpe, casi intentando encerrar todo lo que contenía, pararlo, que no tuviera escapatoria. No era un libro de miedo, ni tan siquiera un libro de misterio, pero había dejado de sentirse segura. Incluso su propia casa hacía que le recorrieran sensaciones por la espalda. Desazón.
Siempre le pasaba. Identificarse hasta el absurdo con los sentimientos de los protagonistas sobre los que leía. Si dejaba volar la mente y se relajaba, entraba en un estado de tensión que solo podía identificarse con el miedo, la inseguridad. No duraría mucho, pero a veces le costaba despegar su mente del libro que había leído y arrastrarla a la realidad de vuelta. La mente, eso sí que daba miedo.

XIV.

No me hacía falta darme la vuelta para saber qué estaba pasando a mi espalda. Qué gesto estaba haciendo, la cara que estaba poniendo y su manera de inclinar la cabeza. De alguna manera sentía esto como una pequeña victoria, algo saltaba dentro de mí cuando me daba cuenta de esas pequeñas cosas. Había decidido amarrar todas esas emociones y disfrutarlas a cámara lenta, y de momento me estaba saliendo bien.

Sabía que mi frase le habría descolocado, que andaría despistado pensando cómo seguir la conversación, que había desordenado un poco su mente. Otra pequeña victoria, ser capaz de sorprenderle.
Sonreí para mí, como otras. A veces me creía más lista de lo que en realidad era. Me puse un mechón de pelo detrás de la oreja y ahogué una carcajada. No tenía remedio, habíamos pasado el punto de no retorno.

XV.

Era breve, siempre lo era. Y siempre era azul. El fogonazo desde la ventana, la dirección hacia la que giraban sus ojos a las 12 en punto sin excepción. Llevaba años con esa rutina, ese despertador que en vez de poner punto final a su sueño lo que hacía era ponerle un principio. La referencia, una señal breve, concisa y al grano. la luz del faro diciendo “descansa, estás en casa”

XVI.

Siendo sincera, tengo dudas de que el recuerdo que tengo de aquellos días se ajuste a la realidad de lo que verdaderamente fue. Peco mucho de esto, de tener una memoria creativa; a veces recuerdo con implacable nitidez cosas que ni siquiera ocurrieron, o desarrollo un recuerdo entero basado en una fotografía vieja y entiendo que eso ya me da el derecho a autoproclamarme presente en ese espacio tiempo. Todos tenemos defectos. Por eso no estoy segura de si mi memoria me engaña o no, pero no me preocupa, generalmente los escenarios que yo edito me satisfacen.

En todo caso, la luz era especial, difícil de imaginar. Era una luz suave de principios de verano, esa luz que parece diseñada para catapultar la belleza. Estábamos en un embarcadero de madera, y había cerveza. No tengo claro si el embarcadero daba al mar, o a un lago, pero había agua, porque la luz se reflejaba en ella. Por aquella época estaba leyendo algún libro que me tenía horas embobada reflexionando, no recuerdo cuál, pero vamos a pensar que algo pretencioso, por adornar.  El caso es que estoy segura de que era culpa mía que lleváramos toda la tarde en un silencio denso y espeso, uno un tanto incómodo, pero no lo suficiente como para animarme a romperlo. Yo era consciente de que se estaba formando un malentendido, y que tú pensabas que yo estaba dando vueltas a cómo empezar a desgranar la tarea que me habías pedido, cuando en el fondo yo solo estaba teniendo un debate interno de esos que solía tener a veces cuando leía a un autor que era apabullantemente mejor que yo, discutiendo conmigo misma si sería capaz de volver a escribir.

Yo había decidido disfrutar del proceso, estaba retrasando lo máximo posible ese momento en que la balanza se daría la vuelta y las responsabilidades se proyectarían en mí. Hacía siglos que había tomado una decisión, pero era una que no quería tomar y estaba postergando lo inevitable hasta el infinito, disfrutando de las semillas que tú creías estar plantando. Sabía que se acercaba el momento de decirte que sí, pero esa tarde de principios de verano se parecía a una metáfora en la que quería vivir. Aceptar sería como empujar la primera pieza del dominó, y entonces desaparecería esa luz, y ese silencio denso, y toda esa paz que nos rodeaba, y tendríamos que empezar a hablar.

XVII.

Te dije que sí y una parte de mí vaticinó una catarsis. Estábamos bailando, la música sonaba con ese sonido estridente de los conciertos de pueblo, las luces creaban a nuestro alrededor una galaxia en medio de un agujero negro, un pueblo pequeño iluminado en la oscuridad de la noche. Habíamos tomado unas copas y me esperé saltos y gritos. Se me olvidó por un momento con quién estaba hablando. Dejaste de bailar y bajaste la copa que tenías en la mano. –“¿Estás segura?”. Yo asentí y tú sonreíste. Eso fue todo. Una mirada de determinación y emoción contenida, un paréntesis, después recogiste la copa y seguiste bailando. Y yo bailé contigo.

Había tomado ese tipo de decisión que iba a hacer que me abriera por dentro, y que podía tener consecuencias tremendas o tremendamente dramáticas. Iba a ser un proceso doloroso y largo, que iba a iniciar la caída del dominó, y no teníamos previsto cómo pararlo. Todas las consecuencias, fueran las que fuesen, iban a tener una repercusión exponencial en mí, y por extensión en ti, y admiré lo terco que eras y lo poco que te importaba. Íbamos a revolverlo todo y aun así querías subirte al carro, teniendo confianza aún en que tú y yo íbamos a salir indemnes de todo. Tu inocencia a veces me asustaba. Era una decisión, al fin y al cabo, y sería consecuente con ella. Dónde me llevaría aquello, no teníamos manera de saberlo, pero en tu cabeza me iba a llevar a ganar el siguiente Pullitzer y tu entusiasmo era contagioso.

Lo sentía por ti, en el fondo, por ti que eras el que iba a subirse en la montaña rusa de emociones en que aquello iba a convertirme, y por ti que eras quién iba a tener que sacarme del agujero si algún día me encontraba con un bache. Me daba miedo. Un miedo que me atenazaba si me paraba a pensarlo.

Me paré en seco, dejé de bailar y me fui buscando paz. No podíamos olvidar que llevaba siglos ignorando todo mi pasado, que había estado evitando las fotos y haciéndome pasar por otra cuando alguien me decía “yo a tí te conozco” –“que va, se ha debido equivocar”. El único sitio en el que me sentía en paz, y con la posibilidad de ser yo misma en todas mis formas, de encajar todas las piezas y ser el puzle completo, era esa bahía pequeña; y solo porque todos los que estaban ahí conocían la historia y no hacían preguntas.

Querías que escribiera sobre mi familia. Habías encontrado una foto en casa de tus abuelos un día cualquiera, y había despertado en ti esa bombilla de editor frustrado que llevabas a cuestas.

Seguí andando hasta que llegué a mi casa y me metí en la cama, agotada. Por el camino me tropecé un arbusto de flores amarillas que ahora, en la oscuridad de la noche, parecía reírse de mí.

XVIII.

Me había despertado intensa, como si esos días que había estado flotando, ligera, fueran solo una cuenta pendiente con la profundidad. Las contraventanas rayaban la pared con luz, y eso me hacía feliz. Dejé que el sol fuera creciendo antes de abrir la ventana y permitir que entrara, imparable. Solo entonces me aventuré a hacer café.

El escritorio de mi habitación había acumulado polvo el último mes, como un recordatorio constante de que no estaba haciendo uso de él, la culpabilidad llamando a la puerta, un grillo infatigable que amanece trasnochado y canta a todas horas. Cuando volví de la cocina, con mi taza favorita en la mano, tenía claro que aquel día lo iba a dedicar a escribir. Ese estado de ánimo en el que me encontraba era pura inspiración para mí.

La brisa del mar se colaba aún por la ventaba, haciendo bailar a las cortinas, revolviendo los papeles que había caídos por distintos sitios de la habitación. Aunque solía escribir a ordenador, todo lo imprimía, era la única forma de autoeditarme y corregirme en aquello que no quería decir. Mi escritura a ordenador era tosca, ruda. El bolígrafo era el utensilio que me hacía refinarme.

El color también era importante -manías-, despejaba de la vista todo aquello que pudiera llamarme la atención en un momento de concentración. Dejaba los blancos, los neutros. Recogía el bañador naranja y apartaba las flores amarillas de mi campo de visión. El suelo de madera empezaba a calentarse con el sol, siempre escribía descalza.

Tenía el arranque, me faltaban las ideas. En mi cabeza se repetía constantemente “me llamo Íñigo Montoya, tú mataste a mi padre, prepárate a morir”, pero intuía que necesitaba un comienzo algo menos dramático. En cualquier caso, fue pulsar la primera tecla y no parar de aporrear el teclado en toda la mañana. Te dije que no me molestaras, intuyendo que entrarías en mi casa como un obús para concretar lo que habíamos hablado la noche anterior. Siempre respetabas esos ratos, así que no estaba preocupada. Sabías que te llamaría cuando hiciera un descanso, pero que eso podía pasar en cualquier momento entre el mediodía y el fin de semana.

A media mañana hice una pausa y salí al balcón. Era un domingo de verano, lento, perezoso. No había gente en la calle y el azul era más intenso que nunca. Era un buen día para empezar un libro.

XIX.

Salí del ensimismamiento un par de días después por culpa de un antojo de pizza. De pronto, no podía pensar en nada más que en el queso fundido mezclándose con el tomate, quería quemarme por precipitarme demasiado al coger mi trozo, y discutir contigo cuando quisieras robarme un pincho. El mejor restaurante italiano de la zona estaba a un par de pueblos de distancia, también en la costa, cuando el mar empezaba a abrirse. Tenía una terraza enana encima del mar y manteles de cuadros rojos. Todos tenían manteles de cuadros rojos, alguien tenía que haberse forrado en algún momento con esa compra. Alguien debería recorrerse el mundo de italiano de mantel de cuadros en italiano de mantel de cuadros. Podría ofrecerme voluntaria para esa tarea, y ser feliz para siempre.

El restaurante al que quería ir estaba a un par de pueblos de distancia y pasé a recogerte por casa con mi coche. Venías exultante, mi entusiasmo por la pizza es muy contagioso, y además sabías que, como siempre, mis pausas de escribir me podían tener o en un subidón o en un bajón mortífero y aquel día estaba de buen humor.

Era mi mejor estado de ánimo, probablemente, llena de energía, con ganas de comerme el mundo, con un hambre voraz. Llevaba un vestido blanco de lino que no me estorbaba, hacía meses que no me ponía reloj, y estaba morena. Sabía que estaba guapa, y la determinación me volvía sarcástica y ciertamente más divertida que la taciturnidad en la que me sumía cuando las cosas no me salían como quería. Aquí venía la montaña rusa, y era una locura, pero ahora estábamos arriba.

Había estado lloviendo todo el día, las tormentas de verano se habían sucedido, y ahora había vuelto la paz. Y el olor, ese olor a hierba mojada en verano, la calma y el silencio que llenaban el camino de la costa, hacía destacar el color de mi cara, rojo encendido. Bajamos las ventanas, y cuando el silencio empezó a ocupar demasiado espacio en el coche, te adelantaste y pusiste la radio. No recuerdo qué canción sonaba, pero sí que dijiste que era la nueva canción del verano. A mí el sonido del coche deslizándose en aquella calma que seguía a la tormenta me parecía la sintonía del verano compactada, pero siempre he sido más cursi que tú.

Llegamos al restaurante demasiado tarde para un turno convencional, pero Alberto era amigo nuestro y nos sentó en la mesa en la terraza, y nos dijo que no tuviéramos prisa. Sabíamos que no la había, y que cuando termináramos se sentaría con nosotros en la mesa y nos pondría un limoncelo con el que brindar. El mar estaba como un plato, y empezaba a refrescar. Me puse la cazadora vaquera y oteé inquieta desde mi sitio, mirando cómo Alberto metía nuestras pizzas en el horno de piedra y todo empezaba a oler como a mi me gustaba; podría alimentarme solo por el olor, a veces.

– Bueno…- dijiste. Aquí venía el peaje que tenía que pagar a cambio de que me llevaras a cenar, contarte en qué había estado inmersa los días que había desaparecido. Sonreí burlona.

– ¿No vas a dejarme cenar primero?- bromeaba, habías esperado pacientemente hasta que la promesa de pizza era suficientemente tangible; sabías que hambrienta no ibas a sacar nada de mí, pero ahora que ya estaba llegando mi cena podía mostrarme más dispuesta. – No he avanzado demasiado, estoy empezando por poner por escrito los hechos que ya tengo, antes de ponerme a investigar.

– No estamos hablando de hechos e investigación periodística, esto eres tú, tiene que verse reflejado todo lo demás.- fruncí el ceño.

– Lo sé, pero poco a poco. De momento voy a poner en orden lo que sé y después me enfrentaré a cómo me siento.

No te gustó mi respuesta, y yo sabía que no era el orden en el que debía hacer las cosas, pero estaba retrasándolo todo lo posible. Cogí un trozo de pizza recién salido del horno y me quemé, por supuesto. No quería ponerme de mal humor. Quería disfrutar de la noche.

– Te he dicho que voy a hacerlo, y lo voy a hacer.

– Creo que puede ser una buena terapia para ti.

Me reí. – Hay cosas que no se superan, y que no hace falta superar, solo es importante aprender a vivir con ellas.

– Aprender a vivir con el hecho de que ocurrieron, no con los fantasmas.

Sonreí, un poco triste. Mi madre seguía allí, los domingos cuando escuchaba a Serrat en el balcón de la cocina casi la podía oír de fondo, limpiando cazuelas, ruido blanco. Incluso en ese restaurante, sentada contigo, el silencio y las luces colgantes de la terraza me recordaban el olor a lavanda del suavizante con el que lavaba la ropa, y la noche después de selectividad que nos escapamos de Madrid para cenar pizza. Cualquier sitio por el que pasaba no era un sitio en sí mismo, no tenía entidad propia, era el sitio en el que mi madre compraba los libros de cocina, el restaurante en el que mi madre trabajaba, la terraza a la que salía a leer, el armario donde guardaba su ropa, la bolsa donde metía el pan recién hecho que amasaba los domingos, justo a tiempo para desayunar. Incluso tú, a veces, eras el chico del que mi madre se quejaba, cariñosa, porque “estaba hasta en la sopa”.

Me tocaste el brazo, resoplé y volví a la cena contigo, y a mi pizza. Y a la conversación intrascendente. Dejé que cambiaras de tema delicadamente y me contaras los últimos cotilleos de la semana. El mar seguía siendo salado, tus abuelos seguían bien, y tú querías tener un perro, nada había cambiado. Cuando llegué en mayo pensé que iba para quince días, no tenía intención de pasar más tiempo del que la burocracia me aconsejara entre las paredes de casa de mi madre. Ahora, tres meses después, me moría de ganas de que dieras el paso, adoptaras el perro, y fuera un poco mío. Los acontecimientos se estaban precipitando.

Cuando terminamos la pizza pedimos el tiramisú de Alberto, que llevaba (o eso decía) el mejor Mascarpone de toda la provincia, y nos tomamos un chupito con él. Alberto llevaba solo un par de años en el pueblo, cuando después de recorrer el mundo llegó, de vuelta de todo. Siempre había tenido intención de encontrar un lugar recóndito donde montar un restaurante español y vivir una vida tranquila, hasta que se dio cuenta de que el lugar más recóndito era su casa, y el restaurante italiano que su padre regentaba. Lo bueno era que sus experiencias en el extranjero le hacían ser el mejor relator de anécdotas de los alrededores, y el chupito de limoncelo siempre acababa convirtiéndose en tres o cuatro negronis. Auténticos, con la receta italiana que le había enseñado el mejor coctelero de Roma -si sus anécdotas no tendían a la hipérbole, no eran tal-. Si el día era verdaderamente propicio, su padre podía dejarse caer por el restaurante para supervisar el cierre y sentarse también con nosotros; y el dúo cómico que formaban, el uno con la cabeza en las nubes y el otro intentando ponerle los pies en la tierra, no tenía parangón.

Salimos de allí un poco borrachos, con el punto suficiente – o la excusa necesaria- para dar un paseo antes de coger el coche. Si me hubieran hecho en ese momento el cuestionario Proust, y me hubieran pedido que describiera un momento de felicidad perfecta, creo que podría ser ese. Nunca es una respuesta obvia, siempre tendemos a comparar un momento con otro a la hora de intentar definir cuál consideramos que es nuestra felicidad. Muchas veces pensamos en pasado y decimos “en ese momento era feliz” y obviamos un presente en el que seguramente también lo seamos. Pero ese momento, el olor a lluvia de verano, la carretera despejada, la satisfacción, los dos negronis, los últimos restos de tomate aún en la comisura del labio, el paseo sin prisa, mi vestido blanco y tu pantalón azul, desde luego se podía acercar bastante.

Cuando llegamos al coche y me senté en el asiento del copiloto, me miraste un poco serio antes de arrancar.

– ¿Ya me has perdonado?- no me esperaba la pregunta, porque hacía años que no me la hacías, pensé que habías renunciado ya a obtener una respuesta. Aun así, mi estado de ánimo me dio la rapidez para darte una respuesta firme sin complicarme demasiado.

– No tengas prisa- contesté con una sonrisa enorme que decía lo que tú ya intuías y yo todavía no me atrevía a decirte. – No tengas prisa.

XX.

Hacía frío. Un frío inaudito para la época del año en la que estábamos. Un frío húmedo que se te metía en los huesos y dificultaba la respiración. Me había despertado en mitad de la noche buscando una manta, tirando de los cojines que había amontonado a los pies de la cama con la esperanza de que me abrigaran un poco. Se oía la lluvia en la ventana caer sin tregua, a bocajarro, sin cuidado. Adoraba estar en casa con la acústica de las gotas en la ventana de fondo, pero el frío me tenía confundida.

Me asomé al exterior, el mar estaba revuelto, revolucionado, una marejada golpeaba las olas contra el cantil del muelle. Un desasosiego me recorrió entera. No era normal esa tormenta, no era normal. Tampoco se había anunciado, habíamos pasado del paseo después de cenar en el italiano, de la calma absoluta al caos, en menos de 6 horas.

Me levanté, incapaz de dormir, y busqué una chaqueta. Fui a la cocina y me preparé un vaso de leche que metí en el microondas, intentaba entrar en calor.

Alargué la mano y cogí de la encimera uno de los muchos libros que había empezado aquel verano. Nada reflejaba mi estado de animo como mis hábitos lectores, y no había conseguido pasar de la página 30 de ninguno de los libros que había comenzado. Éste transcurría en una isla desierta, en un día de sol abrasador. Sonreí al percatarme de la ironía, pero me lo llevé a la cama a ver si conseguía transportarme.

Me habías dejado en casa hacía sólo unas horas pero tuve el arranque de llamarte, quería saber si la tormenta te había despertado. Deseché la idea. A ti no te despertaba ni la tormenta, ni el camión de la basura, ni si me apuras una charanga que mandamos un año a tocar el cumpleaños feliz bajo tu ventana. Si llegara un terremoto tendría que rodearte, incapaz de hacerte volver al mundo de los conscientes. Para ti esa tormenta del demonio sería solo una anécdota que oirías en el bar al día siguiente. Pensé en Fernando, para él la tormenta sería una mañana achicando agua. Para mi iba a ser oficialmente otra noche de insomnio.

XXI.

Me sigo riendo cuando lo pienso. Yo, física. La universidad olía a plastico y a pintura fresca los primeros días. Tuvimos la suerte de ser la primera promoción de aquella facultad. Una construcción nueva pero un edificio oscuro y casi sin ventanas, no fuera a ser que se escapase el conocimiento. Ja! El conocimiento corría a sus anchas por aquellas aulas, nada lo retenía. Desde luego nuestros jóvenes cerebros no lo hacían. Ni ganas, teníamos demasiado ansia por descubrir el otro lado de la vida universitaria.

No hubo ni un solo día de los que entre por aquella puerta que no me preguntara “qué hago yo aquí”. Me rondaba la cabeza todo el día, pero luego me iba a casa y me olvidaba. Y así en un círculo vicioso que se repitió hasta que llegó junio y los exámenes y entonces la realidad llamó a mi puerta y fueron las notas las que me gritaron “tú que haces aquí?” Aquella fue la primera vez que hice caso a alguien. Y menos mal. La cantidad de consecuencias diferentes que podría haber tenido cualquier otra opción nunca las sabremos, pero si sabemos que un paso después de otro fue lo que me condujo hasta aquí. Y eso me llevo de mi año en físicas.

Eso y un día de junio, cuando la negación empezaba a dar paso a la aceptación del fracaso, el primer gran fracaso. El peso sobre mis hombros comenzaba a diluirse, apoyado en el sostén que me daba empezar a intuir que mi destino era una decisión ya tomada. Había unos 25 grados a la sombra, yo había intentado mi tercer examen de la facultad, y tú cruzabas el campus de camino a tu última clase. Hacía tiempo que no nos veíamos y por eso solo me lanzaste un saludo. Pero fue otra más de tu inexorable capacidad para tener una presencia firme en todas mis grandes decisiones vitales.

Ese día lo único que hice fue cambiar mi tarde de estudio por unas cervezas al sol, pero se fraguaba algo mayor, por supuesto. Quién sabe, quizá si las cosas hubieran sido de otra manera ahora estaría trabajando en la nasa y no dejándome flotar en el mismo mar de siempre.

Tampoco sé si eso me gustaría. Y creo que no quiero saberlo.