Los domingos son para el verano.

I.

Había flores amarillas en la ventana -lo recuerdo porque solía culparlas de la gran población de abejas que se movían por los alrededores-. Había flores amarillas en la ventana, unas grandes contraventanas verdes y un balcón lo suficientemente ancho como para sacar la butaca de la habitación al sol y desayunar pan con tomate todas las mañanas sin excepción. Los domingos sonaba Sweet Home Alabama de fondo y mientras me tomaba mis tostadas podía oler el primer marisco entrando en el bar de abajo. Todo lo que cocinaban en ese sitio olía a mar.

La madera de la habitación recogía el calor de todo el día y hacía que me gustara ir descalza. Pocas veces usé zapatos aquel verano. El resto de la habitación era tan blanca que cuando me despertaba tenía que pensarme un par de veces lo de abrir los ojos de golpe. Era como estar dentro del sol.

Me gustaba la sensación de salto en el tiempo que daban aquellas mañanas de domingo en las que no pensaba absolutamente en nada que no fuera el último libro que estaba leyendo, y el ruido de las bicicletas azules que estaban de moda ese año. Todo a mi alrededor se movía con la lentitud del que sabe disfrutar de la vida despacio, no había prisa ni estrés en aquel pueblo. Si algo no había salido hoy, saldría mañana, o no saldría. Los problemas se solucionaban echando una partida de cartas.

La primera vez que te miré de manera diferente -y te ví de verdad- estábamos en esa habitación. Tú llegaste haciendo ruido y dando gritos -todo lo hacías a lo grande-, llevabas puesto solo un bañador y tenías el pelo mojado. A mí me encontraste como siempre, sentada en mi butaca en el balcón, con un libro en la mano y las piernas colgando por la barandilla. Te miré desde el parapeto de mis gafas de sol, un poco mosqueada por el reguero de arena que estaba segura habrías dejado a tu paso por todo el pasillo. Tú negaste con la cabeza para restarle importancia al desastre, anticipando mi reacción, y me interrumpiste sin que llegara a abrir la boca.

-“Tengo una historia para ti”.

Y pusiste mi mundo cabeza abajo.

Todavía recuerdo esas flores amarillas de la ventana.

II.

Cruzar aquella puerta de madera oscura era como dar un salto a otro mundo, uno mucho más húmedo. El salitre te sacudía por dentro y te dejaba fresco y relajado, con ganas de verano perpetuo. Los manteles de cuadros en el balcón le daban un aire bucólico al restaurante de abajo, que los tendía al aire sobre su fachada verde.

A pesar de ser las once de la mañana, el puerto ya estaba lleno de barcos que venían de vuelta con el pescado del día, y el sol pegaba con fuerza. En ese pueblo –el mío- cualquier hora era buena para sacar el vino blanco a las mesas de madera de la terraza. Acababa de desayunar, pero bien podría haberme sentado al aire a tomar unas quisquillas.

Eché un vistazo hacia atrás, por encima del hombro, y te vi sentado en mi butaca del balcón. Habías cogido prestado uno de mis sombreros de paja y guiñabas un ojo intentando evitar el sol mientras leías el periódico. – “Tengo una historia para ti”.- y yo te había escuchado, había asentido, y había puesto una excusa rápida para bajar a la calle, lejos de lo que me contabas. Tú, más allá de intentar seguirme –porque ya entonces sabías bien como funciono- te habías quedado en casa esperando mi vuelta. Más o menos así ha sido desde entonces para los dos; yo intentando salir corriendo y tú sabiendo que no iba a llegar lejos.

Me adentré un poco hacia el pueblo buscando la sombra que me daban sus casas de colores. Como todos los domingos, había mercado en la plaza. Los rapes me observaban desde los puestos, todo lo feos que eran, y la fruta fresca se esforzaba por tapar el olor a pescado. Definitivamente no era un pueblo silencioso. La gente del norte no habla mucho; pero cuando le da por hablar, sin duda habla alto. Ni siquiera es un esfuerzo por vender más. En realidad el mercado es una exposición de producto más que una invitación a la compra. Aquí el que llega el domingo por la mañana a la plaza sabe de antemano qué va a comprar y dónde. Y la oferta y la demanda se reparten entre los locales, como una versión evolucionada del trueque.

Me paré a echar un vistazo a la fruta de Valentina y esperé a que se obrara el milagro. Valentina es una señora charlatana, quizás con demasiados años para seguir al pie del cañón bajo un sol de justicia, pero a la que le da la vida bajar al puesto los domingos y socializar con la gente que sale de misa. Sé que le caigo bien, y si la pillo en un buen día quizás me regale unas fresas. Sonreí mientras me contaba que su nieta estaba en Italia; “se fue con una beca Erasmus de esas y no ha vuelto, miedo me da que le eche el lazo un italiano y no la vuelva a ver”.

El señor Matías me guiñó un ojo y me sugirió que dejara trabajar a Valentina y le comprara una merluza fresca mientras el sobrino del cura del pueblo –que acababa de llegar de Madrid- se paseaba entre los puestos con su bici nueva provocando maldiciones a su paso. Los domingos de plaza son un revuelo constante. Casi parece que aquí no pasaran cosas. Casi.

Por el rabillo del ojo alcanzo a ver en un puesto al fondo las flores amarillas que adornan mi ventana.

III.

Salgo del mercado con las manos llenas de bolsas -así de fácil de convencer soy en lo que a comida se refiere- y bajo hacia el puerto buscando a Fernando. Fernando es alto y moreno, con la complexión fuerte que les da el mar a los pescadores. A veces me parecía que te incomodaba un poco su presencia. Es dicharachero y siempre tiene un piropo a mano; el tipo de persona que te apetece encontrarte por las mañanas.Me llama guapa y me ayuda con las bolsas mientras subo a su barco. Como siempre, tiene un desayuno tardío preparado en cubierta que yo le cambio por algunas de las frambuesas que me ha regalado Doña Valentina. Puede que sea una costumbre adquirida de sus días en el mar, pero Fernando entrecierra un poco los ojos cuando habla, como si le molestara el sol. Me acerca una rebanada de su hogaza de pan y me pregunta qué tal llevo el día. No es un tipo solitario, pero sé que agradece mi presencia después de una larga mañana de pesca.

El barco rojo de Fernando se llama Libertad, y siempre me ha hecho gracia lo bien que le sienta ese nombre a su patrón. Fernando va, viene, hace y deshace, no tiene compromisos ni más preocupación que la pesca. A menudo coge su barco y desaparece una temporada, solo para volver aún más moreno y con más historias que contar. Cuando llegué al pueblo me enamoré de él, no te voy a engañar; es un ritual por el que todas hemos pasado. Pero pronto te hace ver que es imposible atarlo a ningún lugar. Hoy me cuenta cosas de su amiga Celia; hace tiempo que habla de ella. Me pregunto cuánto durará.

Desde el barco de Fernando te veo entrar en el bar de Miguel. Sé que me has visto y has fingido no verme, pero también sé que me estás esperando. Así que le pido a Fernando que me lleve a dar un paseo por el mar.

Llevo toda la mañana sin parar de darle vueltas a lo que me has dicho, intentando atar los cabos sueltos de la historia, luchando por encontrarle una explicación lógica. Pero de momento no estoy teniendo ningún resultado positivo. Sé que sabes que me puede la curiosidad. Que la deformación profesional es más grande que cualquier otra cosa, y tiene siempre más peso que mis ganas de no complicarme la vida. Aunque te haya repetido por activa y por pasiva que estoy de vacaciones y todos los que me conocen estén de acuerdo en que las necesito.

Soy consciente de que esta curiosidad es uno de mis peores defectos, he aprendido por las malas que a veces hay cosas que es mejor no saber. Pero es más fuerte que yo. Mi jefe lo sabe, y por eso me mantiene en mi puesto. Desde que empecé la carrera de periodismo sospeché que iba a ser buena en mi trabajo, pero nunca creí que llegara a convertirse en una obsesión.

Fernando da un giro brusco al barco y me saca de mis pensamientos.

– “Venga, vamos a darnos un baño”.

IV.

Salgo del agua a coger aire y tengo que reconocer que echaba de menos esto. Los últimos dos años había renunciado a pasarme por aquí y no me había dado cuenta de lo que eso había supuesto para mi salud mental. Explorar nuevos territorios es una de las cosas más gratificantes que he hecho con mi tiempo, pero es verdad que a veces no hace falta irse tan lejos. A pesar de mi miedo irracional a lo que se oculta debajo de la superficie, estar cubierta de agua en el centro de la pequeña bahía resulta reconfortante. Cojo una gran bocanada de aire y vuelvo a meter la cabeza bajo el agua. Mi mente se queda en blanco.

Sé que más arriba me espera un cielo despejado y las montañas que rodean la zona. Y la casa amarilla del acantilado que llevo años planeando comprar. Quizás debiera dejar de darle vueltas y apropiármela de una vez. Tal vez si tuviera dinero… La pintaría de blanco y la reformaría de arriba abajo pero sin cambiar nada. Vuelvo a salir del agua y la resignación se vuelve a apoderar de mí. Se me pasa por la cabeza la idea de sugerirte comprar esa casa a medias. Me río de mi propia estupidez y Fernando me mira divertido. Yo me encojo de hombros, ya sabe cómo soy.

Me ayuda a subir de nuevo al barco y volvemos al puerto. Hace años solíamos pasarnos la tarde sentados en el barco, comiendo pipas y esperando a que cayera el sol para ver anochecer desde la bahía. Más tarde cambiamos las pipas por los gin tonics, pero no dejamos esa costumbre. Últimamente parece que hemos crecido en direcciones opuestas y tenemos menos cosas que contarnos, los silencios son menos ligeros y más incómodos, ya no es tan fácil huir como antes de las preocupaciones. Ahora te alcanzan también en el mar. Especialmente a Fernando, que a pesar de su carácter ufano no puede ocultar que la crisis también ha hecho mella en su modo de vida. Me pregunto si se arrepiente de haber dejado la universidad. Le sonrío a medias mientras bajo del barco, me guiña un ojo y se vuelve; aún le queda trabajo.

Yo me siento en el embarcadero y te oigo llegar a mi espalda. A estas alturas ya sé reconocer tus pasos lentos y comedidos, temes despertar a la bestia. Te sientas a mi lado sin decir nada y sonrío. Entre nosotros despliegas la pipa de la paz: vino blanco y percebes que –estoy segura- has quitado a tu abuelo en un despiste. Miro tus pies descalzos que cuelgan sobre el mar.

– “Estás moreno”.- digo, y escucho tu respiración pausada.

V.

Cojo un percebe y me doy cuenta de que podemos considerar este mi tercer desayuno. Y que probablemente a estas alturas me haya pasado ya el 90 por ciento de mi vida comiendo. Miro las bolsas con las que he salido cargada del mercado y sonrío. El diez por ciento restante de mi vida lo he pasado pensando en qué voy a comer. Y realmente no tengo ningún remordimiento al respecto. Te miro darle un trago a la botella de vino. Tú tampoco lo haces mal. Has desayunado en tu casa, en la mía, y has empalmado el café en el bar con el aperitivo conmigo. Va a ser verdad eso que dicen “Dios los cría…”

Me haces cosquillas en el brazo y me sacas de mis pensamientos.

-¿Que vas a hacer?

Esa ha sido siempre la pregunta que más miedo me ha dado. La que me obligaba a tomar una decisión. Esa que volvía real todo lo que había estado rondando mi mente hasta entonces.

-“No me gusta esa pregunta, ¿tienes otra?”

Sonríes.- “Ya sabes que no”.

Sé que no. Nunca me has dejado eludir una respuesta o contestarte de manera evasiva. Por lo general, sabes cuando te estoy mintiendo. Y eso me exaspera. Manipular la verdad ha sido siempre uno de mis hobbies, precisamente porque trabajando es algo que no me gusta hacer.

-“Sinceramente, no lo sé. Es una historia demasiado interesante para dejarla pasar y tú lo sabes”.

Asientes a mi lado.-“Pero puede que descubras cosas sobre ti misma que no te gusten. Lo sé, las ventajas e inconvenientes están claros”.

-“puedo empezar a trabajar en ello y dejarlo cuando piense que puede ser demasiado para abarcarlo todo”.

Más que oírte, siento tu pecho moverse a mi lado mientras te ríes a carcajadas.

-“podrías, pero no lo vas a hacer”.

Finjo enfadarme pero en seguida desisto. Los dos sabemos que tienes razón. Me quito las gafas de sol y te miro a los ojos por primera vez en todo el día.

-“te encanta ponerme en esta situación, ¿verdad? Siento que lo estás disfrutando”.

Te noto en los ojos que sonríes y te encoges de hombros.

– “alguien tiene que hacerlo”.

Pongo los ojos en blanco. -“no es verdad”. Suspiro y vuelvo la mirada al mar. -“ahora mismo no me apetece nada estar contigo”.

Tú reprimes un bufido, te ríes y me pasas un brazo por los hombros.

-“Es la decisión correcta”.

-“Aún no he tomado ninguna”.

Sonríes y me das un pequeño empujón. -“Claro que si”.

Y es lo último que dices, porque por una vez consigo pillarte por sorpresa y tirarte al agua.

VI.

Nos conocimos hace innumerables veranos, ya no me acuerdo cuántos, pero sé que fue justo aquí. Y sé que llevabas un bañador rojo y yo un vestido blanco, y que me quitaste mi sombrero de paja y te lo pusiste dedicándome una de tus sonrisas de medio lado. Después me tiraste al agua.

Por fin he conseguido mi revancha. Te observo salir del agua riendo a carcajada limpia y noto esa sensación tan familiar que tengo siempre que estoy contigo, la sensación de estar en casa.

-“Está te la concedo, rubia. Solo has tardado 8 años. Bien hecho”.

Me río. Por supuesto tú te acuerdas de cuánto tiempo hace que nos conocemos. Porque tú te acuerdas de todo. Seguramente hasta sabrás qué te dije antes de marcharte aquel verano. Y a pesar de todo aquí sigues. La parte de mi que se despidió de ti es la que más aborrezco de todas.

Me acerco al borde del embarcadero, me quito el vestido y salto al agua contigo. Esta fresca y se agradece el descanso con el calor que hace fuera. Con un ojo vigilo mis compras y con el otro controlo que no me hagas una aguadilla.

Flotamos un rato en el agua sin decir nada. Lo cierto es que en este pueblo hay muchas veces en que no hace falta llenar los silencios con palabras. El sonido del mar ya cubre ese trabajo. El Sol está ya en lo alto y, aunque parezca mentira, mi estómago me indica que es la hora de comer. Desde donde estás, oyes revolverse a mi tripa y sonríes.

– “Vamos, que seguro que mi abuela te invita a comer”.

Salimos del agua y subimos despacio la cuesta hasta casa de tus abuelos. Llevo las sandalias en la mano, mis pies agradecen el suelo de piedra. Elena nos saluda desde la ventana, con Martina en brazos. No me puedo creer que mis amigos hayan empezado ya a ser padres. Martina tiene unos muslos gordos y unos papos aún más grandes. Te observo de reojo mientras le devuelves la sonrisa y te noto algo nostálgico, como siempre que ves a Martina. Debe ser raro que tu ex novia tenga una hija con otra persona. La vida en los pueblos es curiosa. Me adelanto un poco y te cojo del brazo. Es absurdo, pero una parte de mí quiere marcar territorio. Me lanzas una mirada burlona y seguimos subiendo. Hace demasiado calor para tener prisa.

Casi arriba, nos cruzamos con tu abuelo que llega de marisquear. Mucho más ágil que nosotros, nos ha adelantado a mitad de cuesta. Es increíble la vitalidad que puede llegar a tener este hombre. Me da un beso y nos enseña lo que ha pescado. Mi estómago ya se empieza a anticipar a lo bien que vamos a comer.

La casa azul de tus abuelos no ha cambiado en todo este tiempo. Azul oscuro, con contraventanas blancas y esa enredadera de la ventana que tu abuela se empeña en conservar contra viento y marea, a pesar de que esté habitada por numerosos insectos que yo, personalmente, aborrezco. Parece que tu abuela les hubiera cogido cariño.

Me acerco a la cocina de leña para ver si puedo ayudar con la comida y como siempre tu abuela, con una olla en el fuego que parece perenne, rechaza mi ayuda. Me señala el cajón de los manteles y me pide que ponga la mesa al fresco; así que salgo al jardín y cubro la mesa de debajo de la higuera. Cuando termino corto un par de rosas y las pongo en un vaso para adornar la comida. Seguramente esta acción me salga cara cuando tu abuela las vea.

Vuelvo a entrar y te encuentro jugando a las cartas, en el mismo sitio en el que te encontré el primer día del segundo verano, cuando abrí la puerta con la determinación de quien tiene claro lo que quiere y me di de bruces con la realidad. Confieso que verte picar a tu abuelo mientras jugáis al chinchón me gusta más que encontrarme a Elena leyendo en el sofá. Pero también es verdad que aquel día aprendí que la vida no espera a que te decidas a tomar decisiones, y eso me ha enseñado a ser más ágil, lo cual agradezco.

– “Me da tiempo a jugar una?”.

VII.

Me haces un hueco en el sofá y me invitas a sentarme. Te veo relajado, pero un tanto alerta, como siempre que estas con tus abuelos. Tú deformación profesional de médico rural también hace mella en ti. Te fijas si hace algún movimiento extraño o si al moverse se le escapa algún gesto de dolor. Pero él es más hábil que tú y sabe disimularlos. No tiene ninguna intención de dejar que le pilles en un renuncio y le quites de trabajar la huerta.

Hace un gesto de victoria cuando te gana y se levanta de la mesa. Desde el salón le veo darle un apretón cariñoso a tu abuela cuando llega a la cocina y sonrío. Te pareces mucho a él. Lo que son las cosas, después de cinco años sin pensar en ti de esa manera hoy parece que no puedo pensar en otra cosa. Sacudo la cabeza y ocupó la silla que tú abuelo ha dejado libre.

– “Prepárate para perder”.

Jugamos a las chinchón como quien juega al poker, analizando cada gesto y levantando las cejas a cada rato. No conozco a nadie con peor perder que tú, y los dos sabemos que yo disfruto compitiendo. En un momento dado la tensión hace que se me escape una patada por debajo de la mesa y te inclinas por la sorpresa. Me entra un ataque de risa que sólo se ve acrecentado por tu cara de cabreo mayúsculo. Esa cara dice que no vamos a saber quién gana la partida. Antes de darte tiempo a incorporarte echo a correr por el pasillo mientras oigo de fondo a tu abuela que nos pide que tengamos cuidado. Rápidamente recuperas posiciones y me alcanzas subiendo las escaleras. Acabo retorciéndome en el suelo, suplicando clemencia e intentado recuperar fuelle.

El descansillo de las escaleras está lleno de fotos antiguas, algunas de las cuáles casi ni se distinguen por la cantidad de color que se ha llevado por delante el sol. En casa de tus abuelos siempre me he sentido a gusto, pero una parte de mí siempre se ha sentido intimidada. No hay nada más importante para vosotros que la familia, como se ve en cada rincón de esta casa, y precisamente lo que me incomoda es la sensación familiar que transmite. El sentimiento de pertenencia me aterra. La posibilidad de decepcionarlos de algún modo. Me espanta. Sacudo la cabeza y agradezco la mano que me ofreces para ayudarme a levantarme. Contigo es más fácil dejarme querer, estamos hechos a prueba de bombas. Sabes que voy a decepcionarte continuamente, pero has decidido seguir aquí, por razones que desconozco. Sospecho que eres un poco masoquista.

Salimos al jardín y nos sentamos a la mesa deseando tomar un caldo caliente a pesar de la temperatura ambiental. Es el efecto del caldo de la abuela Julia, que te invita a tener frío solo para poder pedirlo.

 

VIII.

 

Llevabas una camiseta roja. Si, definitivamente era roja. La última vez que te vi llevabas una camiseta roja y unos pantalones negros que yo odiaba y que -sospecho que precisamente por eso- no te quitaste en todo el verano. La primera vez que vi esos pantalones negros fue una noche en un concierto de algún grupo que estaba de moda por aquel entonces y del que después de esa noche nunca volví a oír hablar. El concierto era lo de menos. Hacía calor, el sol se escondía tarde y era nuestro último verano antes de la universidad, nos hubiéramos apuntado a cualquier plan que hubiera surgido que implicara beber cerveza caliente sentados en la playa. Era el verano de no pensar.

Nos sentábamos en la playa y hablábamos de planes de futuro que después no se harían realidad, sabiendo que probablemente aquel fuera el último verano que compartiríamos excursiones nocturnas. Más tarde la vida nos enseñaría las vueltas que puede llegar a dar y cómo nos estábamos preocupando por nada, anticipando despedidas que nunca tendrían lugar e imaginando que éramos poco menos que infinitos. De alguna manera nos gustaba crear drama a nuestro alrededor porque no teníamos un drama real al que prestar atención.

Volvimos a casa y, como siempre, robaste unas flores amarillas para mí. Esas flores amarillas estaban por todos lados, es lo primero que veo siempre que empiezo a recordar. Eso y que siempre llevabas encima alguna forma de comida. Esa noche era parte de una bolsa de pipas que habías comprado esa tarde en el chiringuito. Para alguien que siempre está hambriento, tenerte al lado era poco menos que un seguro de vida. Sacaste las pipas y me soltaste un largo monólogo sobre la universidad.

Cualquiera diría que hemos pasado por tres vidas diferentes desde aquella noche. Desde luego, yo no me identifico con aquella chica del vestido de lunares que comía pipas y fumaba sin ganas.

Fue tres años después cuando volví a verte. Ni rastro de tu camiseta roja y tus pantalones negros, cuando me crucé contigo ibas impecablemente vestido de traje y corbata. Me contaste que ibas a una entrevista de trabajo, querías empezar cuanto antes las prácticas, y yo te dije que siempre me había imaginado verte de bata blanca; me contestaste que yo seguía igual. Y efectivamente, así era, no sentía en mi misma todos aquellos cambios que teóricamente la universidad debiera haberme dado. Aunque me duró poco, los dos años siguientes me hicieron pegar un giro de 180 grados y convertirme en una personas completamente distinta. Aunque eso ya es otra historia.