2019

Ahora que se acaba el año y nos toca volver sobre nuestros pasos, creo que puedo concluir que la lección más grande de 2019 ha sido aprender a estar presente. Más aún, más si cabe. Y es una enseñanza que me ha enseñado tanto, a nivel personal, emocional, profesional y social, que ahora no hago más que pensar en ello. Estar presente con los demás pero no solo eso, también conmigo. Presencia en el presente. Esto es lo que me llevo este año.

Lugares. Cañadio.

Juraría que ese verano tu espalda lucia lunares nuevos. Estabas más morena que nunca, y lo sabías. El también lo había notado. Me había costado solo media hora ubicarte desde mi sitio estratégico, a la derecha del primer árbol; pero como siempre, él te había encontrado primero.

Te miraba como quien mira la luz de junio. Como me temo que yo lo miraba a él. Se le veía concentrado, seguramente pensando qué decirte, soplándose el flequillo de vez en cuando como siempre que estaba nervioso. Y yo le dejaba hacer.

Habíais pasado de ser mi tortura a mi fascinación, y hacía años que seguía sus intentos frustrados de acercarse a ti.

Le costó una copa más armarse de valor, pero por fin reunió fuerzas, miró a ambos lados, y se dispuso a atravesar los escasos 20 metros que os separaban.

Pude ver llegar la tragedia a cámara lenta y cómo la anticipación del desastre iba cobrando poco a poco forma en su cara. Ya había levantado el brazo para llamar tu atención cuando de El Ventilador, copa en mano, salió quien me imagino sería el novio que te habías traído de Madrid; se acercó a ti y te dio un beso.

Nuestro pobre Quijote dio la vuelta sobre sus talones y volvió a la casilla de salida. Una ventana se había cerrado. Lo vi encogerse de hombros mientras se servía otra copa. Su gesto lo decía todo: “tal vez el año que viene”.

Los domingos son para el verano ()

Hubo una época en que aquello habría sido lo más habitual; pillarme con un libro encima, digo.
Los paseaba, los desgastaba de tanto moverlos para arriba y para abajo. Y de leerlos, sin mesura y sin control, sin dormir, sin comer hasta que lo terminaba y entraba en ese trance en el que dejan las buenas páginas y del que nos cuesta un poco salir a veces, cuando tenemos que asumir que nuestro mundo no es el que estas contienen, sino el tangible que espera fuera.

Como digo, eso era lo habitual antes pero era una costumbre que había perdido, de la antigua yo a la que no le preocupaban los dolores de espalda y salía de casa cada día como si la abandonara. Ahora rara vez me pillaba en un renuncio la pagina que asomaba por la esquina superior del bolso.

En cualquier caso, llámalo casualidad, coincidencia o destino, ese día llevaba un libro. Acababa de descubrir a la autora e indagaba en una de sus historias buscando material para un artículo. Resultó que tú también la conocías, y te gustaba -al menos eso decías-. Me preguntaste qué me había parecido el libro y empezamos a hablar. Así de fácil. Tú no lo recuerdas así, pero en mi cabeza es una película que se repite. El recuerdo que me persigue viene de ti y de tu insolencia, la confiada desfachatez que tenías, siempre tan insultantemente seguro de tus movimientos. Te inclinaste para coger el libro invadiendo mi espacio sin haber sido invitado, como si superas de antemano que ahí ibas a ser bienvenido, sonriendo con suficiencia. Creo que yo, pobre ingenua, pensé en pararte. Lo poco que me costó claudicar.

Nunca terminé ese libro, la vida se metió en medio. Después me daba angustia leerla, cuando todo me recordaba a esa época. Hoy me he sentado otra vez. Ha sido como reencontrarme con una versión de mi misma que no recordaba. Como curarme de a pocos. Como dejar de echar de menos. Bueno no, ha sido dejar de echar de menos. A ella también la echaba de menos.

Diciembre

Era complicado, por eso era divertido. Sentirse así. Desbocada, con la sensación de poder con todo, sabiendo que era feliz (la peor seguridad que existe), con todo el miedo que implicaba perderlo. Sabiendo que había construido una red de seguridad que la separaba del suelo, y la caída. Que el esfuerzo la había catapultado hasta esa situación en la que sabía como fracasar para remontar. El lugar en que ahora se sentía en casa. Y que no pasaba nada. Nunca pasaba nada.

Salerno

Todas las casas eran amarillas, y todas las contraventanas verdes -al menos en mi cabeza-. Mi pequeño paraíso arquitectónico, los techos altos que se adivinaban tras las ventanas. Me habías llevado ahí, a tu casa, y podía intuir a tu yo pequeño corriendo por esas calles. Y me hacía sentir un poco más cerca de ti, conocerte otro poco. Lo que me gusta a mi conocer a alguien. Te sentía reír mientras me hablabas de negronis y criticabas todo café que no fuera italiano -del Sur- y cualquier tipo de pasta que no fuera italiana -del Sur- y tu familia me abría su casa como si yo perteneciera a su mundo. Y yo sentía encajar otra pieza del puzzle cada rato que pasaba. Esa luz, la luz de la plaza en que comimos mozzarela y vino. Siempre me acordaré de esa luz y de ese agua salado, desde donde la belleza era a veces inabarcable. Un pedacito de cielo, y un pedacito de ti y de tu alma italiana, y un agosto abarrotado de gente.

Producción

Los últimos seis meses han pasado volando. Literalmente. Han sido como un cohete al infinito, fogonazo, alma que lleva el diablo, fuerza motriz en estado puro, no los he visto pasar, ni llegar, ni irse. He hecho un millón y medio de cosas en seis meses y ahora que soy consciente, su marcha me ha dejado congelada. Pero no por frío, si no congelada como se congelan las imágenes en las películas. Congelada y expectante, a ver qué viene después. Ahora, qué?

My pleasure

Hay algo ciertamente curioso en los placeres culpables. En sentir desazón en la conciencia por algún tipo de disfrute. La intimidad de lo escondido. Me encantan ese tipo de comportamientos tan propios del ser humano, todas las veces que el placer nos reporta culpabilidad de algún modo.
Mi placer culpable de hoy es quedarme en casa, dar la espalda a la vida social y cambiarla por un largo baño de espuma, un buen libro y una película con palomitas.
Mis grandes placeres me traen la culpabilidad de sentir no estar exprimiendo mi tiempo al máximo. Pero estoy en proceso de aprendizaje. Poco a poco voy descubriendo que perder el tiempo es, muchas veces, la mejor manera de aprovecharlo.

Bittersweet

El otro día tuve por un breve momento la sensación de haber conseguido convertirme en quien siempre había querido ser. Fue efímero, y menos mal, qué chasco llegar a la meta. Qué agridulce y catastrófico sería haber conseguido ya lo que esperaba de mi, sería quitarle la diversión a todo, y si no hay diversión entonces ¿qué hacemos aquí? Reinventarnos, evolucionar, querer ser siempre mejor que antes y saber siempre donde vamos queriendo llegar pero sin dejar de ir nunca. Los objetivos están para alcanzarlos, dar una vuelta a su alrededor y tirarlos más lejos. O eso, o la nada. No hay más. La vida es drástica.

Los domingos son para el verano

Muchos años después, cuando el tiempo había pasado, aún te sentía conmigo. Nunca me paré a analizar qué consecuencias podía tener aquello o qué importancia debía darle. Simplemente estabas. Si me concentraba un segundo podía volver perfectamente a aquel verano y a aquellas sensaciones. A aquella incertidumbre. Era como un olor. Igual de intenso. Nunca supe si era un súper poder o una maldición, pero ibas conmigo a todos lados.

Todos tenemos un septiembre que llega de golpe a ordenarnos el verano, pero el mío nunca terminaba de llegar. La forma en que me descolocó todo quizás fue demasiado extrema, tu forma de poner mi mundo cabeza abajo, y las malditas flores amarillas.

Qué buen final para una historia, dirías ahora. Menos mal que por suerte o por desgracia tu y yo sabemos que no fue así como terminó todo.

 

Fue un día de octubre. Una de las plantas con flores amarillas de la ventana decidió que su existencia en este mundo estaba de más, que estaba de vuelta de todo. Y se tiró. Fue un suicidio silencioso en un día de sur y no me di cuenta hasta llegar a la calle. Crucé la puerta y ahí estaba, mirada perdida, impasible, un poco desafiante “¡ja! ¡invierno a mí!” parecía decir. El epítome del otoño, la antítesis de lo inmarcesible. Morir joven y dejar un cuerpo bonito, está claro.

He de confesar que la imagen me desconcertó por un momento, y más aún cuando volví de trabajar y la planta había desaparecido sin rastro alguno. Me asomé a la ventana incluso como queriendo esperarla, creyendo en parte haberlo imaginado. No era así, efectivamente había dejado cojas a sus hermanas y su ausencia delataba la falta de simetría del salón.

Pensé durante un momento que alguna metáfora tenía que haber detrás de todo aquello, algo que aprender. Después descarté ese pensamiento y sonreí; esto solo quería decir una cosa: mi estación favorita había comenzado y era su manera de anunciar a bombo y platillo su llegada. Estoy aquí, y vengo a arrasar un montón de cosas que no echarás de menos. Ni siquiera las flores amarillas de la ventana sobrevivieron a aquel verano.