Una mesa.

Todos tenemos un primer recuerdo, una polaroid en el fondo de la cabeza, con un deje de filtro en sepia por el paso del tiempo, seguramente porque ese recuerdo no es de un momento concreto si no de alguna foto que vimos en un momento dado. En el mío salgo comiendo. Salgo comiendo una barra de pan entera porque el perro de mis primos le había echado el ojo y yo tenía que ser más rápida.

Esa es mi vida. Hoy me he resbalado en la ducha y en todas las imágenes que me han venido a la mente en sucesión, en forma de peli, las últimas que iba a ver en mi vida, en todas estaba comiendo.

Si tuviera que elegir una metáfora de cómo han transcurrido estos primeros 28 años de mi vida, elegiría una mesa. Y para el epílogo seguramente también; no hagáis un funeral -diría- sentaos a comer. Cualquier excusa es buena.

La mesa como excusa, como catarsis, como solución, como causa y como consecuencia.

Dame una mesa, dame de comer, y cambiaré el mundo. Creo que mi totem es un gremling, para esto hemos quedado.

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Y que el mundo diga que tú eres buena

Era un bar pequeño, semi escondido, camuflado entre el resto de casas de la zona, todas iguales. Si ibas deprisa casi podías pasar de largo sin verlo (qué terrible infortunio). Él era extranjero, o eso creían todos, por su acento andaluz y sus maneras sureñas. Venía del sur como vienen todos, buscando cobijo del sol. Y se fue a la montaña por lo que van todos, buscando cobijo del ruido. Lo regentaba de manera desgarbada e incierta, así era él; alguien que tenía la idea justa de hostelería antes de abrir las puertas de aquella casa de madera oscura y pintar un cartel en la pared al que llamar por su nombre. Un punto de egocentrismo y poca imaginación; pero también un sentido práctico, era a él a quién todo el mundo conocía y a él al que iban a ver. Le gustaba su bar, del que obtenía lo suficiente, nunca más; y esto porque era famoso por su generosidad, porque a nadie le faltó qué comer nunca si él estaba de guardia. Se sentaba en el banco de madera que franqueaba la puerta y que él mismo había construido. Siempre con sombrero, siempre guiñando un ojo y siempre con una copa de blanco en la mano. Cuando su mujer le negaba otra copa desde dentro se le oía decir “y que el mundo diga que tú eres buena…”.

2018

2018 me ha enseñado que a veces se gana y a veces se aprende, pero que ganar es mejor. Que la vida cambia a una velocidad de vértigo, para bien o para mal. Que es tan importante saber despedirse como saber volver. Que tu casa siempre será tu casa y, a la vez, que tenemos la capacidad de convertir en hogar un millón de sitios diferentes. Que no hay nada más fundamental que saber rodearse de lo que te hace bien. Que a veces es mejor dar un paso atrás y esperar a ver cómo evolucionan las cosas. Que luchar por mantener a nuestro lado a la gente que vale puede tener su recompensa. Que a veces hay que nadar en contra de la corriente. Que tenemos una capacidad infinita de querer bien, sólo hay que trabajarla. Que no hay nada más importante que saber dar las gracias y pedir perdón y que no pasa nada por pedir ayuda. Que todo termina por ordenarse. Que hay que trabajar el conocerse bien. Que todos los aviones son dinero bien invertido, especialmente aquellos que traen consigo un reencuentro. Que hay algo poético en echar de menos. Que todo se reduce a en quién piensas cuando tienes algo importante que contar. Y, sobretodo, que tenemos que seguir emocionándonos, todo el tiempo, de todas las maneras. 2018 ha sido una revolución, pórtate bien 2019.

Cerrado por vacaciones

Me di la vuelta y eché un ojo a la cafetería. Estaba –por fin- vacía. Llevaba todo el día intentando que los pocos clientes que tenía apuraran el café y salieran por la puerta para poder poner el cartel de cerrado. “Cerrado por vacaciones”. Qué bien sonaba eso. Una de las cosas más bonitas que alguien podría haberme dicho en ese momento. Pasé la fregona por el local, con intención de dejarlo todo listo y no tener que volver a poner un pie en ese sitio hasta septiembre. Algunos pensaban que estaba loca por cerrar los días de más turismo, pero a mí me daba exactamente igual. Y no solo me daba exactamente igual eso, si no que estando de vacaciones me daba igual que lloviera, tronara, se quemara la cafetería o viniera un tsunami a por nosotros. Estaba apagada, fuera de cobertura, no era posible localizarme ni dar conmigo. No estaba para urgencias, ni golpes de estado, ni recados, ni peticiones o preguntas. Estaba para mí, única y exclusivamente. Para desconectar, recargar pilas y sacar ganas de algún lado para volver a empezar en septiembre. Ya podía intuir la depresión post vacacional. Tenía toda la intención de desenchufar el cerebro y dejarme arrastrar por la corriente. No tomar ninguna decisión, dejarme caer en la arena, sumergirme en el mar y volver a salir a la superficie cuando hubiéramos cambiado de mes. Comer sin prisa, disfrutar del vino, descubrir sitios, vivir en un estado perenne de relajación. No quitarme las gafas de sol, mojarme si cayera tormenta y dormitar el noventa por ciento del tiempo. No tener prisa por nada ni por nadie. Recordar a qué sabe la vagancia y la desocupación. Aprender a no hacer nada otra vez, como cada verano. Colgué de nuevo el cartel de “Cerrado por vacaciones”, como cada año, y le he dicho a la preocupación que no me busque, que no me va a encontrar. Si hay nubes, quiero que me pillen lejos o en el mar.

Los salmones nadan contra la corriente.

Me he colgado de tu ventana y he decidido enredarme en tus escalones, de tu balcón no me muevo. He decidido quedarme contra viento y marea, como los salmones, río arriba capeando los temporales.

Y tú me has abierto la puerta, has descolgado el cartel de reservado y has puesto manteles limpios en la mesa del desayuno. Has sacado a pasear las ganas y tu sonrisa de medio lado y me has mirado como me miras a veces, cuando quieres decirme que sí.

Me ha dado la bienvenida el sol a raudales colándose por las rendijas de las contraventanas, haciendo un guiño tan suyo que me ha dejado descolocada.

Has roto los pocos esquemas que tenía, has hecho una bola de papel con ellos y has encestado un triple desde el otro lado de la habitación.

Me has desarmado y ahora hay caos donde antes había orden, y orden donde solo había caos. Y has pintado de colores los grises y le has dado luz a las sombras.

Y ahora solo veo pestañas donde antes había preguntas.

Las sorpresas

Empezó como empiezan las cosas que no tienen mucho sentido: sin preguntar. Y se quedó. Se quedó cambiando un poco mi forma de pensar y de ver el mundo, haciendo evolucionar mi perspectiva y que me diera cuenta de dónde quiero llegar. A día de hoy soy firme defensora de la teoría de que -a pesar de la importancia de la materia prima- somos el resultado de las decisiones que tomamos, las personas que conocemos y los sitios que visitamos. Y que el rumbo y el cariz que toman nuestros pasos, decide en cierto modo dónde vamos a terminar, o dónde no vamos a terminar; al fin y al cabo este viaje en el que estamos no tiene por qué tener más sentido que el placer de vivirlo.

Gap

Lo llaman el síndrome del folio en blanco, pero no creo que deba aplicarse únicamente a los escritores. Esa frustración que acompaña la necesidad de empezar un proyecto de cero y no saber por dónde hacerlo tiene vigencia en muchos otros aspectos vitales. Depende mucho de la personalidad, pero generalmente vendrá acompañada de procrastinación, hambre (gula) y un montón de variantes más del aburrimiento. En algunos casos, también esa conocida presión en el pecho que va pareja al agobio que entraña la mezcla entre la acuciante necesidad de hacer un millón de cosas, y el posponer el sentarse a hacerlas. No sentarte te provoca cargo de conciencia, pero a la vez tu cabeza no está por la labor.

Esto, amigos, es falta de inspiración. Y surge cuando menos te lo esperas. Para mí, cuando más agobiada estoy con el estudio, cuando llego a un sitio nuevo y tengo que montar mi vida, cuando me apetece escribir pero tengo poco que decir, o simplemente cuando quiero hacer demasiadas cosas a la vez.

Y es, sin duda, mi peor estado de ánimo.

Azul

Me ha enseñado a querer mejor y a no sentirme culpable por querer más. A pensar antes de hablar, y a dejar que el corazón domine. A intentar encontrar una balanza pero sabiendo que el equilibrio es imposible. Me ha hablado de la templanza y es consciente de lo mucho que me sobra cuando te veo llegar.

Me ha hecho como soy, ha pintado el fondo de mis fotos de azul y ha dado luz a mis pestañas. Conoce mis lunares y cómo esquivar mis muros. Sabe qué botones pulsar para conseguir que me deje llevar. Se hace eco de mis pisadas y distingue mis miradas, y mis sonrisas. Me deja la puerta abierta, por si quiero regresar.

Ha sido la vía más rotunda para aprender a echar de menos, y la forma más libre de sinceridad. Es mi casa fuera de casa y mi plan de escape cuando no quiero volver. La nostalgia y la solución a las dudas. En fin, la dirección.

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“I found my heart and broke it here, made friends and lost them through the years. I know I’ve grown, but I can´t wait to go home”.

 

Los domingos son para el verano. VIII.

Llevabas una camiseta roja. Si, definitivamente era roja. La última vez que te vi llevabas una camiseta roja y unos pantalones negros que yo odiaba y que -sospecho que precisamente por eso- no te quitaste en todo el verano. La primera vez que vi esos pantalones negros fue una noche en un concierto de algún grupo que estaba de moda por aquel entonces y del que después de esa noche nunca volví a oír hablar. El concierto era lo de menos. Hacía calor, el sol se escondía tarde y era nuestro último verano antes de la universidad, nos hubiéramos apuntado a cualquier plan que hubiera surgido que implicara beber cerveza caliente sentados en la playa. Era el verano de no pensar.

Nos sentábamos en la playa y hablábamos de planes de futuro que después no se harían realidad, sabiendo que probablemente aquel fuera el último verano que compartiríamos excursiones nocturnas. Más tarde la vida nos enseñaría las vueltas que puede llegar a dar y cómo nos estábamos preocupando por nada, anticipando despedidas que nunca tendrían lugar e imaginando que éramos poco menos que infinitos. De alguna manera nos gustaba crear drama a nuestro alrededor porque no teníamos un drama real al que prestar atención.

Volvimos a casa y, como siempre, robaste unas flores amarillas para mí. Esas flores amarillas estaban por todos lados, es lo primero que veo siempre que empiezo a recordar. Eso y que siempre llevabas encima alguna forma de comida. Esa noche era parte de una bolsa de pipas que habías comprado esa tarde en el chiringuito. Para alguien que siempre está hambriento, tenerte al lado era poco menos que un seguro de vida. Sacaste las pipas y me soltaste un largo monólogo sobre la universidad.

Cualquiera diría que hemos pasado por tres vidas diferentes desde aquella noche. Desde luego, yo no me identifico con aquella chica del vestido de lunares que comía pipas y fumaba sin ganas.

Fue tres años después cuando volví a verte. Ni rastro de tu camiseta roja y tus pantalones negros, cuando me crucé contigo ibas impecablemente vestido de traje y corbata. Me contaste que ibas a una entrevista de trabajo, querías empezar cuanto antes las prácticas, y yo te dije que siempre me había imaginado verte de bata blanca; me contestaste que yo seguía igual. Y efectivamente, así era, no sentía en mi misma todos aquellos cambios que teóricamente la universidad debiera haberme dado. Aunque me duró poco, los dos años siguientes me hicieron pegar un giro de 180 grados y convertirme en una personas completamente distinta. Aunque eso ya es otra historia.

 

Silencio

Hay gente que no sabe (ni quiere) lidiar con el drama. Gente que pone mala cara cuando a su pregunta de qué tal respondes algo diferente al habitual “muy bien”. Él era una de esas personas. Cuando te veía mala cara inclinaba la cabeza hacia un lado, sonreía hacia el otro y decía “ya será menos” y seguía su camino. Cuando notaba tensión a su alrededor, en vez de hacerse partícipe o mediador avanzaba hacia quien tuviera más cerca, le apretaba los omoplatos como quien hace un masaje –pero en realidad provocando un dolor agudo que terminaba en la base del cuello y pedía a gritos la intervención del ibuprofeno- y seguía su camino, como quien ha resuelto un problema. Lo arreglaba todo brindando -costumbre muy extendida entre los de su generación- brindando y haciendo aspavientos con la mano, como si quisiera barrer los problemas.

Nunca elevaba la voz, y eso precisamente le hacía tener más razón que nadie. No imponía sus argumentos porque no le interesaba. Simplemente los exponía delante de quien fuera como diciendo “este es quien soy, no pienses que vas a cambiarme”. Y era verdad, nadie le cambió nunca. Hizo y deshizo a su antojo durante toda su vida. Y eso era irritante, incómodo e intimidante para los de su alrededor, a veces incluso inaceptable. Y él sonreía, se colocaba el sombrero y después de dedicarles un último movimiento de cabeza los dejaba atrás, a ellos y a sus opiniones encontradas. Y, ¿sabes que te digo? Que ole.