“The Unexpected Virtue of Ignorance”

No sé qué tiene que lo hace tan especial, y eso me encanta. Lo desconocido. La incertidumbre.

Esa sensación que normalmente me molesta hasta la extenuación, hay días que se transforma en la ilusión de los comienzos. La certeza de la existencia de las cosas inciertas, lo que aún no se sabe. La falta de seguridad en los propios conocimientos. Todo lo que queda por aprender, todo lo que queda por ver.

Saber que somos ignorantes en casi todos los sentidos, que podemos aún conocer nuevos sitios, gente nueva, nuevas sensaciones que nos despierten curiosidad. Eso es lo que muchas veces se traduce en motivación renovada.


En estos casi seis meses que llevamos de año he aprendido tantas cosas sobre mí misma que no sabría por donde empezar. Y también he aprendido que en Cantabria a veces hay tormentas de verano, que la primavera puede venir en forma de sol y no en forma de persistente lluvia y que la playa del Sardinero también puede disfrutarse calzada. Que los vinos saben igual de bien entresemana y que puede que debamos tomarnos las cosas con más calma.

He aprendido que no hay nada que pueda impedirnos continuar, que en La Posada del Mar hay que pedir atún rojo y que en el Nobrac de vez en cuando también se cogen vacaciones. La diferencia entre las trufas de verano y de invierno, a qué saben las despedidas, y la importancia de ser paciente.

Además, hoy hace un año que empezó desotilezayturnedo y de este proyecto he aprendido que aún me quedan mil cosas por aprender.

He aprendido dónde están mis límites y a saber esperar. Y lo más importante, he aprendido a quererme como me gustaría que me quisieran los demás.Pero sobretodo, que hay días de primavera en los que lo mejor es desaprenderlo todo, sentarse al borde del acantilado en la Virgen del Mar, y ver el tiempo pasar a nuestro lado.

 

Pd. Felicidades.

 

 

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Todos los días 

Si algo he aprendido de ti, es que las cosas saben mejor si se comparten. Que un éxito no lo es tanto si no se celebra con alguien, y que un fracaso lo es menos si se reparte el peso entre varios. Toda la vida me has oído decir que las personas vienen a cumplir un papel en nuestro camino, y parece que el tuyo es el de la perpetuidad, uno muy protagonista.

Si tuviera que definirte en una palabra, probablemente diría que eres libre. Siempre lo has sido, a pesar de los condicionantes que te han venido impuestos desde fuera. Y esa libertad para ver por encima de las cosas a pesar de tu estatura, para decidir entregarte a la aventura sin freno, es una de las cosas que más admiro de ti.

No hay un lugar de Santander en que no tenga un recuerdo contigo -muchos de ellos silenciosos a pesar de tu facilidad de palabra- ni una parte de mi camino que no haya compartido contigo. Has sabido como hacer para entenderme y te he visto celebrar conmigo avances como si hubieran sido tuyos -muchas veces lo son-. La confianza, la lealtad, se construyen, y subsisten a las piedras del camino. Un buen puñado de años.

Esta entrada lleva demasiado tiempo siendo un borrador y tu demasiado tiempo orbitando conmigo. Y lo que hemos llorado… -en el río de la pila, en un bordillo en una verbena una noche de fuegos, en la catedral con mala iluminación, en la cala; nos gusta la variedad-. Y lo que nos hemos reído; sobretodo lo que nos hemos reído.

Puede que sea verdad que este va a ser nuestro año, puede que empecemos a aparcar a la primera en el rio a las 9 de la noche, que en los bares que nos hacen sentir en casa siempre haya mesa libre y que cuando lleguemos a la segunda este verano no tengamos a nadie alrededor interrumpiendo las siestas. Tal vez sea el año en que de verdad decidimos hacer algo con nuestra puesta en forma, puede que nos acerquemos un poco más a la independencia. Quizás se alineen los astros y luzca el sol cuando paseemos el sardinero, y dejemos de andar bajo la lluvia. Puede La Tasca empiece a repartir a domicilio y que elijamos las películas a la primera. Puede que terminemos de tachar los puntos de nuestra Bucket List.


O puede que sigamos como siempre y las tragedias se sucedan, pero que le vamos a hacer si disfrutamos con el drama. Sea como sea, será bueno si es compartido alrededor de la cerveza o un buen vino. En cualquier caso, vamos a seguir disfrutando de las cosas como nos gusta, con la moderación que de vez en cuando imprimo sin querer y las ganas que tu me has inculcado. Creciendo en paralelo. Sin pasar en casa más tiempo del imprescindible, poniéndonos morenas sin tomar el sol, asumiendo que ya somos ¨las de siempre¨en casi todas partes. Y que venga el mal por donde quiera.

https://youtu.be/Tm88QAI8I5A

Save tonight 

Cuando se es joven a veces se cae en el error de pensar que la vida es infinita. Que tenemos aún tiempo para hacerlo todo, que podemos permitirnos el lujo de dejarnos arrastrar por la desgana.

Últimamente tengo la sensación de que estamos dejandonos llevar por el deber y olvidándonos del querer. Como opositora tengo muy claro cuáles son mis prioridades y cómo debo organizar un día a día que gira alrededor del estudio, pero eso no quiere decir que no esté aprovechando mi tiempo.
Estamos en edad de disfrutar de todas las cosas que nos van sucediendo, de las incertidumbres y los miedos, de los trabajos que esperamos solo sean un alto en el camino, de las inversiones a futuro que esperamos tengan una recompensa tangible.


Aún nos sobran ganas, aún podemos reirnos de nosotros mismos y hacer el ridiculo. Aun podemos vivir sin importarnos lo que los demás piensen. Está permitida una parada en boxes de vez en cuando, por supuesto, pero es importante volver a arrancar cuando empecemos a encontrarnos demasiado cómodos.
La evolución nos ha puesto las cosas en bandeja, todo es incluso demasiado fácil a nuestro alrededor, pero eso no debiera impedirnos valorar lo que tenemos. La veintena es momento de asentamiento, pero de asentamiento dinámico. Momento de mirar alrededor y decidir quién vale la pena, de valorar la lealtad por encima de todas las cosas y disfrutar de los silencios cómplices.
Ya tendremos edad de dejarnos caer en el mundo haciendo repaso de lo que nos hemos reído. Porque nos estamos riendo. A carcajadas. Disfrutar con tranquilidad y asumiendo las consecuencias pero no dejando nunca de sentirnos vivos. Que es ahora y siempre cuando debiera apetecernos ser felices, y contar a nuestro alrededor con gente que disfrute viéndonos serlo.


Y ahora que se empieza acercar el verano, tomar las copas más frías y más despacio, disfrutar del sol en la nuca, meter los pies en la orilla de la segunda, cruzar en lancha un domingo a pasear el puntal. Bailar, todo el tiempo. Para celebrar, para olvidar y para reírse. Y no arrepentirse, que basta los mayores errores pueden ser una forma de crecer.
Ya tendremos tiempo de dejarnos llevar por la marea.

https://youtu.be/zHxnm1-gVS4

Si pronuncias mi nombre, desaparezco.

Si pronuncias mi nombre, desaparezco”

Esta adivinanza, escondida en uno de los grandes diálogos de una obra de arte como es La Vida es Bella, ha sido una de las más repetidas en las sobremesas de mi casa.

Para una sociedad como la española, para la que hablar más alto significa tener razón y donde compartir información y cotilleo es el pan de cada día, el silencio es una criatura legendaria.

La comunicación es uno de los pilares en la base de nuestra vida diaria. Tratamos de comunicarnos cada vez con más gente y más rápido, aunque desgraciadamente eso no significa que nos comuniquemos mejor.


Aquí en Cantabria, en la cantabria de verdad, la verde, la de Vega de Pas o Cabuerniga, el silencio es patrimonio cultural. Las montañas callan todo lo que ven y lo único que altera el sonido del río es la moto que pasa a lo lejos yendo más rápido de lo que debiera.

Los que somos de ciudad, buscamos el silencio en las cosas pequeñas, en la playa de enero, en la noche estrellada o en la compañía de un buen amigo.

El silencio es capaz de lo mejor y de lo peor, puede darnos paz o provocarnos la mayor de las inquietudes. El silencio de una llamada, una explicación, una respuesta que no llegan. El silencio de una sala de espera. El silencio nos tranquiliza, nos exaspera y nos aterra en la peor de sus versiones.

Porque el silencio puede ser complicidad, amor, confianza; pero también puede ser indiferencia, incertidumbre o miedo.


A veces lo mejor, es romperlo o dejar de desearlo. A veces es mejor hacerlo desaparecer.

A veces. Pero hoy no.

Las cosas que merecen la pena.

If you love somebody enough

You’ll follow wherever they’ll go

That’s how I got to Memphis

That’s how I got… Everywhere

Las llamadas a tres, las buenas noches, despertarse en mitad de la noche desvelarse por un mensaje y sentir la necesidad de hablar por skype a las dos de la mañana. Coger vuelos de 200, 900 y 8000 km. Visitar en sitios nuevos, plantar bandera en otros países, conocer nuevas rutinas en el extranjero.


Celebrar un cumple varias veces en diferentes ciudades, jugarte una bronca en el trabajo por una despedida, dejar de estudiar por una llamada de teléfono.

Despertarse en casas ajenas que huelen a hogar, hablar hasta quedarse dormido, compartir pizza y peli una tarde de domingo.

Hacer tartas de chocolate, dar paseos en los que expulsar todo lo que pasa por la mente sabiendo que no va a ser juzgado. Guardar secretos. Callarse a veces. Tener conversaciones incómodas otras. Ceder una camisa, una falda, ceder un amor.


Dejarse los datos en una llamada de whatsapp, hacer 20 km andando por no saber cómo hablar quieta. Pasarse una salida en la autovia por estar enfrascado en una conversación. Volver pronto a casa una noche, no volver a casa el día que querías dormir. Madrugar cuando lo hacía falta.

Comprar regalos sorpresa, improvisar una cena, discutir durante siglos por organizar un plan. Llegar cinco minutos más tarde a casa, quedar el día que el sofá te atrapaba, quitarse el pijama un día de turbon.

Escuchar por decimoquinta vez la misma historia, forzar un sonrisa el peor día de tu semana, cambiar un festival por una cena tranquila a dos.

Poner al otro por delante, olvidar el egoísmo. Priorizar lo importante. Cada uno da lo que recibe y luego recibe lo que da.

Disfrutar

En el año 2015 nos han sobrepasado los acontecimientos. El mundo se ha empeñado en hacernos creer que no estamos aquí para ser felices. Que debemos cambiar nuestra forma de hacer y ver las cosas y decidir renunciar a nuestros derechos y a nuestras libertades en favor de la reprensión.

 

Foto cortesía de la señorita Ana Moro.

Lo siento, en esta no me pillan. Si 2015 ha sido grandioso ha sido porque todos los segundos de este año han sido importantes en algún sentido, y me pienso apuntar la misma dinámica para 2016.

Se anuncian cambios para este año nuevo, aquí y en el extranjero -y aún no tengo claro que vayan a ser cambios buenos-. Pero no me importa. Nuestra generación no está tan perdida como quieren hacernos creer y me niego a pensar en el hombre como un lo(c)bo  para el hombre.


Mis propósitos de año nuevo se reducen a disfrutar, todo el tiempo, y a seguir pasándomelo como una enana a pesar de ver cada vez más cerca la curva de los 25.

Y el fin podría haberme pillado en París, o volando, o en Túnez. Es imposible vaticinar o prever algo así, tan terriblemente drástico. Pero no se preocupen, que si se empeñan en que tiene que llegar, a mí el fin del mundo, me va a pillar bailando.

https://youtu.be/LL-QrBZZyNY

Feliz 2016!

Con-fianza.

Me gusta ser de confianza, y tener confianza en los demás. La confianza que sabes que te has ganado. No me gusta la gente que se toma demasiadas confianzas cuando aún no las merecen.

Me gusta ser leal, y tener tu lealtad. Que sepas que tienes mi respeto y saber que me vas a respetar siempre. Que tengamos la solidez necesaria para que me digas qué hacemos bien y qué mal.

Saltar a una amistad sin red, admirar con los ojos cerrados, luchar contra la marea.

La confianza es una de las cosas más difíciles de conseguir y más fáciles de perder, y más duras de recuperar. La confianza en los demás, la confianza en uno mismo. La confianza que los demás te hacen tener en ti mismo. La confianza en que mañana va a seguir saliendo el sol, en este o aquel partido político, en una empresa para la que trabajas, en la persona con quien convives.


Confiar en que nunca te va a faltar de nada, confiar en que el mundo se va a arreglar solo, confiar en la inteligencia ajena. Contar con la prudencia de los demás y actuar en consecuencia, olvidarnos de pensar antes de tomar decisiones. Enfadarse sin razón con aquellos en quien más confías porque tienes la seguridad de que van a encontrar el modo de perdonarte.

Confiar en la bondad de la gente, en la inagotable infinidad de los recursos naturales, en el poder de la mente. Tener la seguridad de que a los demás les importa tu destino, dar por supuesto que la gente que quieres no se va a marchar.

Confiar en tus aptitudes y capacidades, en tus decisiones y tus elecciones, en que tu manera de hacer las cosas es la más correcta. Confiar en que los demás van a ver de ti lo que crees que proyectas.

Confiar en que la lealtad se devuelve con más lealtad. Confiar en nuestra propia capacidad de autocrítica, y en el fin de las críticas ajenas. Seguridad en tus relaciones.


He de reconocer que a medida que evoluciona el mundo es más difícil ganarse mi confianza, y creo que eso puede ser algo negativo.

El individualismo nos ha absorbido y parece que a veces solo queremos de los demás lo que podemos necesitar de ellos. Tal vez es que la propia sociedad comienza a desconfiar de sí misma. Estamos requiriendo demasiadas garantías para fiarnos de los otros.

Puede que sea el insistente sur que sobrevuela Santander  desde hace ya demasiados días, pero tengo la impresión de que estamos todos  volviéndonos locos y que el instinto de supervivencia es el que está marcando nuestro camino.

Es quizá por eso que las campañas de Navidad cada vez buscan más drásticamente apelar a nuestro sentido de la solidaridad. Tal vez necesitamos que nos recuerden que no estamos solos y hay gente que necesita poder confiar en nosotros. Aunque aún confió en que no sea algo que haga falta que nos recuerden.

Lo que no puede ser no puede ser y, además, es imposible.

De un tiempo a esta parte la ilusión por hacer planes no es tan intensa. La rutina se ha puesto en marcha y no parece que se vaya a detener. He oído más de una vez que hay cosas que dan pereza. Pereza. No hay nada que me guste de esa palabra.

No tenemos EDAD para tener pereza. No tenemos edad para que no nos apetezca conquistar el mundo si nos lo proponemos, pasar el menor tiempo posible durmiendo y cambiar de plan todos los días.

No tienen que ser planes importantes, solo planes que despierten nuestras ganas. Ir a todos los estrenos de cine que podamos por mucho que sigan subiendo el precio a las entradas, hacer una ruta montañera, plantarnos un sábado a comer en Burgos, e incluso quedarnos en casa viendo series en el sofá, porque nos apetezca.

Vamos a desterrar la pereza que aún me quedan un millón de cosas por contarte, a mis piernas les quedan kilómetros por recorrer y mis ojos hay mil paisajes que todavía no han visto.

Vamos a volvernos locos y a comprar vuelos para el sitio más barato, para el sitio más cercano, apuntarnos a clases de baile y montar espectáculos gratuitos los viernes por la noche.

Me han dicho que hay una ermita en Cantabria que aún no conocemos, hace siglos que no vamos a los tojos a comer cocido. Llevamos tres dias de sur continuo -buen tiempo y excusa para hacer locuras- y aún no te he visto salir a tomar el aire.

La pereza es la enemiga del conocimiento. Abre un libro, abre dos, devoralos de una sentada. No tienen que ser cosas grandes. A veces las mejores ideas son las que parecen más insignificantes. Prueba cosas nuevas. Sal diciendo que “la última y a casa” y acaba volviendo con él sol.

Que no te de pereza salir de casa porque todos sabemos que después no vas a querer volver a entrar. Duerme lo justo para aguantar el ritmo. Destierra la pereza. Hay que saber espabilar incluso después de un día entero estudiando en casa. Incluso después de que él sofá te haya atrapado toda la tarde.

La pereza es mala consejera. Desconfía de cualquiera que te haga perder el tiempo. Vive, que estos años no vuelven.

No nos moverán.

Hola, otoño. Perdona que no me levante pero me pillas cansada. El verano me ha pasado por encima como un tractor en plena siega y me ha chupado más energía.

Luchar contra los propios principios es complicado, y mandar a tu cuerpo sentarse a estudiar cuando lo que está en tu modus operandi es salir a disfrutar de sol, del calor y la gente, agota.


Nos lo hemos pasado bien, en cualquier caso. Los ratos esporádicos de Cañadio y baile han merecido la pena. Y es cierto que estás haciendo la transición agradable, te lo debo conceder, estos ratos de sol que nos regalas y nos cogen por sorpresa se agradecen. Pero no engañas a nadie.

Cuando menos lo pensemos vas a traer a la lluvia de visita, y se nos van a estropear los domingos en el faro y los sábados de hockey. Las cenas en terraza y las noches de río. Que nos conocemos.

Los dedos se nos van a encoger dentro de los zapatos y la humedad nos va a llegar hasta el alma. No creas que vamos a amilanarnos por ello, tenemos el chubasquero armado y los paraguas sacado brillo, no vas a poder con nosotros.

Nos tienes en guardia preparando la lista de bares con terraza cubierta y mirando de reojo las paredes exteriores de los restaurantes analizando cuáles tienen estufas y cuáles no. Hemos reservado mesa vitalicia en el Cantabria.

Estamos haciendo recuento de suministros y turnándonos para hacer cenas en casa, y alguien me dejó en la mesa el otro día la cartelera de la filmoteca, para que vaya despejando mi agenda.


Ya hemos bajado del altillo las bufandas y conozco a algunos que tienen preparada una ruta del cocido por Cantabria para los fines de semana. No nos vas a intimidar.

Hemos comprado vuelos para descansar de tu forma de hacer las cosas y hemos decidido que tu llegada nos viene estupendamente para adelantar trabajo y poder dedicarnos en unos meses en cuerpo y alma al verano.

Trae la lluvia, que estamos preparados para todo.

Oh we’re still the greatest
The greatest
The greatest