Con los pies fríos

Hace casi 365 días y como una premonición, pronosticamos para 2016 rarezas a borbotones. Y no nos equivocamos. Ha sido el año en el que he dejado de saber cuando camino hacia casa y cuando me alejo de ella. El año de los cambios en mayúsculas, del todo o nada, de la buena fe. El año en que nos gobernaron los fantasmas de la navidad pasada.

En cualquier caso, esta es la época del año en que todo eso se nos olvida. Dejamos atrás todos los puntos que la nostalgia de la última noche del año nos hará recuperar y nos centramos en meternos en el espíritu de la vuelta a casa; en algún sitio alguien debería instalar un reloj que marcara la cuenta atrás para Peñaherbosa.

Otra

Siempre he oído decir que es de admirar quien se crece ante la adversidad. Que el dolor, los obstáculos, nos hacen mejorar y fortalecernos. Creo que no es del todo cierto. No me echéis a los leones. Creo, y lo creo de verdad, que es la felicidad y la plenitud la que nos enseña más cosas. Que la serenidad, la ilusión, el equilibrio, nos otorgan el balance y la base que necesitamos para amortizar el aprendizaje. Las emociones grandes, inmensas, inabarcables, nos ciegan en cierta manera, nos enfocan tanto en ellas, que nos hacen olvidarnos de que hay algo más allá de donde nos encontramos. El dolor, el sufrimiento, los baches, tienen un poco de eso, de desmesura. Pero la felicidad sencilla, la de andar por casa, esa es otra cosa.

No te echaré de menos en septiembre

Este frío al volver a casa, como un viejo conocido al que no sabías que echabas de menos hasta que lo vuelves a ver. Todos los tonos de rosa con los que me recibe el cielo por la mañana, abierto sin mesura, de par en par, solo para mi. La Luz a raudales por las esquinas, esta luz distinta, que solo vaticina comienzos y que encierra todos los secretos que ha dejado a su paso el verano. Esta luz que te hace querer empezar cosas. El orden. Leer primero a La Luz del atardecer y después a La Luz de la bombilla. La manta a los pies de la cama. Las cenas con cazadora en la terraza. La helada. Septiembre.

Los domingos son para el verano (next)

Muchos años después, cuando el tiempo había pasado, aún te sentía conmigo. Nunca me paré a analizar qué consecuencias podía tener aquello o qué importancia debía darle. Simplemente estabas. Si me concentraba un segundo podía volver perfectamente a aquel verano y a aquellas sensaciones. A aquella incertidumbre. Era como un olor. Igual de intenso. Nunca supe si era un súper poder o una maldición, pero ibas conmigo a todos lados.

Todos tenemos un septiembre que llega de golpe a ordenarnos el verano, pero el mío nunca terminaba de llegar. La forma en que me descolocó todo quizás fue demasiado extrema, tu forma de poner mi mundo cabeza abajo, y las malditas flores amarillas.

Qué buen final para una historia, dirías ahora. Menos mal que por suerte o por desgracia tu y yo sabemos que no fue así como terminó todo.

Fue un día de octubre. Una de las plantas con flores amarillas de la ventana decidió que su existencia en este mundo estaba de más, que estaba de vuelta de todo. Y se tiró. Fue un suicidio silencioso en un día de sur y no me di cuenta hasta llegar a la calle. Crucé la puerta y ahí estaba, mirada perdida, impasible, un poco desafiante “¡ja! ¡invierno a mí!” parecía decir. El epítome del otoño, la antítesis de lo inmarcesible. Morir joven y dejar un cuerpo bonito, está claro.

 

He de confesar que la imagen me desconcertó por un momento, y más aún cuando volví de trabajar y la planta había desaparecido sin rastro alguno. Me asomé a la ventana incluso como queriendo esperarla, creyendo en parte haberlo imaginado. No era así, efectivamente había dejado cojas a sus hermanas y su ausencia delataba la falta de simetría del salón.

 

Pensé durante un momento que alguna metáfora tenía que haber detrás de todo aquello, algo que aprender. Después descarté ese pensamiento y sonreí; esto solo quería decir una cosa: mi estación favorita había comenzado y era su manera de anunciar a bombo y platillo su llegada. Estoy aquí, y vengo a arrasar un montón de cosas que no echarás de menos. Ni siquiera las flores amarillas de la ventaba habían sobrevivido a aquel verano.

Fue un día de octubre. Una de las plantas con flores amarillas de la ventana decidió que su existencia en este mundo estaba de más, que estaba de vuelta de todo. Y se tiró. Fue un suicidio silencioso en un día de sur y no me di cuenta hasta llegar a la calle. Crucé la puerta y ahí estaba, mirada perdida, impasible, un poco desafiante “¡ja! ¡invierno a mí!” parecía decir. El epítome del otoño, la antítesis de lo inmarcesible. Morir joven y dejar un cuerpo bonito, está claro.

He de confesar que la imagen me desconcertó por un momento, y más aún cuando volví de trabajar y la planta había desaparecido sin rastro alguno. Me asomé a la ventana incluso como queriendo esperarla, creyendo en parte haberlo imaginado. No era así, efectivamente había dejado cojas a sus hermanas y su ausencia delataba la falta de simetría del salón.

Pensé durante un momento que alguna metáfora tenía que haber detrás de todo aquello, algo que aprender. Después descarté ese pensamiento y sonreí; esto solo quería decir una cosa: mi estación favorita había comenzado y era su manera de anunciar a bombo y platillo su llegada. Estoy aquí, y vengo a arrasar un montón de cosas que no echarás de menos. Ni siquiera las flores amarillas de la ventana sobrevivieron a aquel verano.

De vuelta

Estamos de vuelta, de vuelta de todo -o eso creemos-, pobres infelices. Pobres que piensan que todo lo saben y que no les queda nada por aprender. Que a cada comentario responden con un “y yo más” y a cada consejo con un “aplícate el cuento”. Pobres nosotros que estamos renunciando a la forma más pura de riqueza por pensar que no necesitamos más. Que no necesitamos más que a nosotros mismos porque no puede el mundo enseñarnos nada. Estamos de vuelta, o de vuelta y media.

Humo

Estoy empezando a entender que cuando cambias, cuando evolucionas, cuando empiezas a parecerte a aquello que querías ser, cuando te aferras a lo que consideras tus mejores virtudes y las muestras orgulloso ante el mundo, entonces todos los años son tu año. Que cuando consigues establecer los pilares que quieres que conformen tu vida, tus principios, tus valores y tú sacro orden de prioridades el conocimiento personal se vuelve algo apasionante. Convertirnos en alguien que nos resulten interesante a nosotros mismos, ese objetivo. Y tener la certeza, porque no hay certeza más absoluta que esta, que el individualismo está sobrevalorado. Es humo.

Magia

Hoy he comentado, sobre una escritora que he descubierto, que es magia. Lo que no he dicho en voz alta, pero si he pensado, es que me he enamorado irremediablemente, y que ahora va a ser mandatorio para mi leer todo lo que escriba -porque así soy yo, no hay vuelta atrás cuando me enamoro-.
Contaba ella, que sus compañeros de profesión la vacilan porque escribe únicamente sobre lo cotidiano, y la empujan a “salir de la zona de confort” y escribir sobre los grandes temas humanos. Qué desfachatez. Qué desfachatez no apreciar que precisamente lo cotidiano es también magia, y que es de ahí de donde nacen todas las grandes cuestiones.
Nadie tiene la vida que aparece en las películas, está de moda la intensidad, todo lo profundo y grandilocuente, cuando en el fondo todas esas cosas no son más que la sombra alargada de un día a día vacío. Si las grandes reflexiones no surgen de lo cotidiano, es que estás desatendiendo tu vida. O eso creo yo.

2019

Ahora que se acaba el año y nos toca volver sobre nuestros pasos, creo que puedo concluir que la lección más grande de 2019 ha sido aprender a estar presente. Más aún, más si cabe. Y es una enseñanza que me ha enseñado tanto, a nivel personal, emocional, profesional y social, que ahora no hago más que pensar en ello. Estar presente con los demás pero no solo eso, también conmigo. Presencia en el presente. Esto es lo que me llevo este año.

Lugares. Cañadio.

Juraría que ese verano tu espalda lucia lunares nuevos. Estabas más morena que nunca, y lo sabías. El también lo había notado. Me había costado solo media hora ubicarte desde mi sitio estratégico, a la derecha del primer árbol; pero como siempre, él te había encontrado primero.

Te miraba como quien mira la luz de junio. Como me temo que yo lo miraba a él. Se le veía concentrado, seguramente pensando qué decirte, soplándose el flequillo de vez en cuando como siempre que estaba nervioso. Y yo le dejaba hacer.

Habíais pasado de ser mi tortura a mi fascinación, y hacía años que seguía sus intentos frustrados de acercarse a ti.

Le costó una copa más armarse de valor, pero por fin reunió fuerzas, miró a ambos lados, y se dispuso a atravesar los escasos 20 metros que os separaban.

Pude ver llegar la tragedia a cámara lenta y cómo la anticipación del desastre iba cobrando poco a poco forma en su cara. Ya había levantado el brazo para llamar tu atención cuando de El Ventilador, copa en mano, salió quien me imagino sería el novio que te habías traído de Madrid; se acercó a ti y te dio un beso.

Nuestro pobre Quijote dio la vuelta sobre sus talones y volvió a la casilla de salida. Una ventana se había cerrado. Lo vi encogerse de hombros mientras se servía otra copa. Su gesto lo decía todo: “tal vez el año que viene”.