Los domingos son para el verano

Una parte de mi quería olvidar a Shakespeare, a Fitzgerald, todos los cursos de literatura que había hecho los veranos de mi vida, sacar la vena rebelde que odiaban todos los profesores de lengua que habían tenido que lidiar conmigo en el instituto, desaprender todos los consejos que me habían dado mis compañeros y superiores a lo largo de mi carrera. Saltarme los pasos, salirme del sendero, fundir el camino. Quería coger el libro y empezarlo por el final. Quería coger mi investigación y hacer como JK Rowling y crear un mundo alrededor del fin. 

 

No quería tener que avanzar hacia un destino al que no quería llegar en realidad, me hubiera gustado saltarme todo el proceso periodístico e inventarme otra historia. Sabía que la que podía descubrir no iba a gustarme, lo sabía antes de empezar, y me hubiera gustado pensar que lo de mi madre sucedió de otra manera. De un modo épico y cinematográfico, que fuera Warner quien pudiera querer comprarme los derechos y no Almodóvar. 

 

Es cierto que en el fondo todo aquello, aquella sensación, no era más que una manifestación de esa lucha constante que tenemos desde pequeños entre lo que nos gustaría que la vida fuera y lo que realmente termina siendo. Todas aquellas veces que me sentaba delante de mi ordenador creyéndome alguien que no era, sabiéndome una persona diferente a la que proyectaba. Era esclarecedor, saber qué era lo que me bloquea. Pero a la vez frustrante. 

 

Afortunadamente, los años me habían concedido una vía de escape para aquella tensión, me había costado mucho ensayo error, pero sabía qué necesitaba cuando ese estado de ánimo me invadía. Me puse un jersey fino encima de la camiseta blanca que llevaba puesta, unos vaqueros y salí a la calle. 

 

El día se había cerrado por completo y el cielo acompañaba mi humor, era uno de esos días del norte en los que el viento amenaza tormenta pero que es una lotería saber si el cielo descargará o no. Yo no iba lejos, de todas maneras. Atravesé la puerta de madera, giré a la izquierda y entré en el bar. Como todas las tardes, las mesas estaban llenas. Las paredes de piedra y el suelo de azulejo le daban una frialdad al local que contrastaba con la calidez de su dueña, Rosario. Para no desentonar, me acerqué a la barra y pedí un carajillo. Rosario me sonrió y me señaló la mesa de la esquina. – “Creo que tu mesa te está esperando”. 

 

No estabas, pero encontré a tu abuelo jugando a las cartas y me hizo un guiño para que me acercara. Estaba echando la partida con sus perpetuos compañeros de las tardes, pero sabía que cuando me acercara me harían un hueco. – “Estoy pelada”- les dije, mientras me encogía de hombros. Tu abuelo se rio –“entonces tendrás que ganarnos”.