Los domingos son para el verano

Me había despertado intensa, como si esos días que había estado flotando, ligera, fueran solo una cuenta pendiente con la profundidad. Las contraventanas rayaban la pared con luz, y eso me hacía feliz. Dejé que el sol fuera creciendo antes de abrir la ventana y permitir que entrara, imparable. Solo entonces me aventuré a hacer café.

El escritorio de mi habitación había acumulado polvo el último mes, como un recordatorio constante de que no estaba haciendo uso de él, la culpabilidad llamando a la puerta, un grillo infatigable que amanece trasnochado y canta a todas horas. Cuando volví de la cocina, con mi taza favorita en la mano, tenía claro que aquel día lo iba a dedicar a escribir. Ese estado de ánimo en el que me encontraba era pura inspiración para mí.

La brisa del mar se colaba aún por la ventaba, haciendo bailar a las cortinas, revolviendo los papeles que había caídos por distintos sitios de la habitación. Aunque solía escribir a ordenador, todo lo imprimía, era la única forma de autoeditarme y corregirme en aquello que no quería decir. Mi escritura a ordenador era tosca, ruda. El bolígrafo era el utensilio que me hacía refinarme.

El color también era importante -manías-, despejaba de la vista todo aquello que pudiera llamarme la atención en un momento de concentración. Dejaba los blancos, los neutros. Recogía el bañador naranja y apartaba las flores amarillas de mi campo de visión. El suelo de madera empezaba a calentarse con el sol, siempre escribía descalza.

Tenía el arranque, me faltaban las ideas. En mi cabeza se repetía constantemente “me llamo Íñigo Montoya, tú mataste a mi padre, prepárate a morir”, pero intuía que necesitaba un comienzo algo menos dramático. En cualquier caso, fue pulsar la primera tecla y no parar de aporrear el teclado en toda la mañana. Te dije que no me molestaras, intuyendo que entrarías en mi casa como un obús para concretar lo que habíamos hablado la noche anterior. Siempre respetabas esos ratos, así que no estaba preocupada. Sabías que te llamaría cuando hiciera un descanso, pero que eso podía pasar en cualquier momento entre el mediodía y el fin de semana.

A media mañana hice una pausa y salí al balcón. Era un domingo de verano, lento, perezoso. No había gente en la calle y el azul era más intenso que nunca. Era un buen día para empezar un libro.

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