Los domingos son para el verano

Salí del ensimismamiento un par de días después por culpa de un antojo de pizza. De pronto, no podía pensar en nada más que en el queso fundido mezclándose con el tomate, quería quemarme por precipitarme demasiado al coger mi trozo, y discutir contigo cuando quisieras robarme un pincho. El mejor restaurante italiano de la zona estaba a un par de pueblos de distancia, también en la costa, cuando el mar empezaba a abrirse. Tenía una terraza enana encima del mar y manteles de cuadros rojos. Todos tenían manteles de cuadros rojos, alguien tenía que haberse forrado en algún momento con esa compra. Alguien debería recorrerse el mundo de italiano de mantel de cuadros en italiano de mantel de cuadros. Podría ofrecerme voluntaria para esa tarea, y ser feliz para siempre.

El restaurante al que quería ir estaba a un par de pueblos de distancia y pasé a recogerte por casa con mi coche. Venías exultante, mi entusiasmo por la pizza es muy contagioso, y además sabías que, como siempre, mis pausas de escribir me podían tener o en un subidón o en un bajón mortífero y aquel día estaba de buen humor.

Era mi mejor estado de ánimo, probablemente, llena de energía, con ganas de comerme el mundo, con un hambre voraz. Llevaba un vestido blanco de lino que no me estorbaba, hacía meses que no me ponía reloj, y estaba morena. Sabía que estaba guapa, y la determinación me volvía sarcástica y ciertamente más divertida que la taciturnidad en la que me sumía cuando las cosas no me salían como quería. Aquí venía la montaña rusa, y era una locura, pero ahora estábamos arriba.

Había estado lloviendo todo el día, las tormentas de verano se habían sucedido, y ahora había vuelto la paz. Y el olor, ese olor a hierba mojada en verano, la calma y el silencio que llenaban el camino de la costa, hacía destacar el color de mi cara, rojo encendido. Bajamos las ventanas, y cuando el silencio empezó a ocupar demasiado espacio en el coche, te adelantaste y pusiste la radio. No recuerdo qué canción sonaba, pero sí que dijiste que era la nueva canción del verano. A mí el sonido del coche deslizándose en aquella calma que seguía a la tormenta me parecía la sintonía del verano compactada, pero siempre he sido más cursi que tú.

Llegamos al restaurante demasiado tarde para un turno convencional, pero Alberto era amigo nuestro y nos sentó en la mesa en la terraza, y nos dijo que no tuviéramos prisa. Sabíamos que no la había, y que cuando termináramos se sentaría con nosotros en la mesa y nos pondría un limoncelo con el que brindar. El mar estaba como un plato, y empezaba a refrescar. Me puse la cazadora vaquera y oteé inquieta desde mi sitio, mirando cómo Alberto metía nuestras pizzas en el horno de piedra y todo empezaba a oler como a mi me gustaba; podría alimentarme solo por el olor, a veces.

– Bueno…- dijiste. Aquí venía el peaje que tenía que pagar a cambio de que me llevaras a cenar, contarte en qué había estado inmersa los días que había desaparecido. Sonreí burlona.

– ¿No vas a dejarme cenar primero?- bromeaba, habías esperado pacientemente hasta que la promesa de pizza era suficientemente tangible; sabías que hambrienta no ibas a sacar nada de mí, pero ahora que ya estaba llegando mi cena podía mostrarme más dispuesta. – No he avanzado demasiado, estoy empezando por poner por escrito los hechos que ya tengo, antes de ponerme a investigar.

– No estamos hablando de hechos e investigación periodística, esto eres tú, tiene que verse reflejado todo lo demás.- fruncí el ceño.

– Lo sé, pero poco a poco. De momento voy a poner en orden lo que sé y después me enfrentaré a cómo me siento.

No te gustó mi respuesta, y yo sabía que no era el orden en el que debía hacer las cosas, pero estaba retrasándolo todo lo posible. Cogí un trozo de pizza recién salido del horno y me quemé, por supuesto. No quería ponerme de mal humor. Quería disfrutar de la noche.

– Te he dicho que voy a hacerlo, y lo voy a hacer.

– Creo que puede ser una buena terapia para ti.

Me reí. – Hay cosas que no se superan, y que no hace falta superar, solo es importante aprender a vivir con ellas.

– Aprender a vivir con el hecho de que ocurrieron, no con los fantasmas.

Sonreí, un poco triste. Mi madre seguía allí, los domingos cuando escuchaba a Serrat en el balcón de la cocina casi la podía oír de fondo, limpiando cazuelas, ruido blanco. Incluso en ese restaurante, sentada contigo, el silencio y las luces colgantes de la terraza me recordaban el olor a lavanda del suavizante con el que lavaba la ropa, y la noche después de selectividad que nos escapamos de Madrid para cenar pizza. Cualquier sitio por el que pasaba no era un sitio en sí mismo, no tenía entidad propia, era el sitio en el que mi madre compraba los libros de cocina, el restaurante en el que mi madre trabajaba, la terraza a la que salía a leer, el armario donde guardaba su ropa, la bolsa donde metía el pan recién hecho que amasaba los domingos, justo a tiempo para desayunar. Incluso tú, a veces, eras el chico del que mi madre se quejaba, cariñosa, porque “estaba hasta en la sopa”.

Me tocaste el brazo, resoplé y volví a la cena contigo, y a mi pizza. Y a la conversación intrascendente. Dejé que cambiaras de tema delicadamente y me contaras los últimos cotilleos de la semana. El mar seguía siendo salado, tus abuelos seguían bien, y tú querías tener un perro, nada había cambiado. Cuando llegué en mayo pensé que iba para quince días, no tenía intención de pasar más tiempo del que la burocracia me aconsejara entre las paredes de casa de mi madre. Ahora, tres meses después, me moría de ganas de que dieras el paso, adoptaras el perro, y fuera un poco mío. Los acontecimientos se estaban precipitando.

Cuando terminamos la pizza pedimos el tiramisú de Alberto, que llevaba (o eso decía) el mejor Mascarpone de toda la provincia, y nos tomamos un chupito con él. Alberto llevaba solo un par de años en el pueblo, cuando después de recorrer el mundo llegó, de vuelta de todo. Siempre había tenido intención de encontrar un lugar recóndito donde montar un restaurante español y vivir una vida tranquila, hasta que se dio cuenta de que el lugar más recóndito era su casa, y el restaurante italiano que su padre regentaba. Lo bueno era que sus experiencias en el extranjero le hacían ser el mejor relator de anécdotas de los alrededores, y el chupito de limoncelo siempre acababa convirtiéndose en tres o cuatro negronis. Auténticos, con la receta italiana que le había enseñado el mejor coctelero de Roma -si sus anécdotas no tendían a la hipérbole, no eran tal-. Si el día era verdaderamente propicio, su padre podía dejarse caer por el restaurante para supervisar el cierre y sentarse también con nosotros; y el dúo cómico que formaban, el uno con la cabeza en las nubes y el otro intentando ponerle los pies en la tierra, no tenía parangón.

Salimos de allí un poco borrachos, con el punto suficiente – o la excusa necesaria- para dar un paseo antes de coger el coche. Si me hubieran hecho en ese momento el cuestionario Proust, y me hubieran pedido que describiera un momento de felicidad perfecta, creo que podría ser ese. Nunca es una respuesta obvia, siempre tendemos a comparar un momento con otro a la hora de intentar definir cuál consideramos que es nuestra felicidad. Muchas veces pensamos en pasado y decimos “en ese momento era feliz” y obviamos un presente en el que seguramente también lo seamos. Pero ese momento, el olor a lluvia de verano, la carretera despejada, la satisfacción, los dos negronis, los últimos restos de tomate aún en la comisura del labio, el paseo sin prisa, mi vestido blanco y tu pantalón azul, desde luego se podía acercar bastante.

Cuando llegamos al coche y me senté en el asiento del copiloto, me miraste un poco serio antes de arrancar.

– ¿Ya me has perdonado?- no me esperaba la pregunta, porque hacía años que no me la hacías, pensé que habías renunciado ya a obtener una respuesta. Aun así, mi estado de ánimo me dio la rapidez para darte una respuesta firme sin complicarme demasiado.

– No tengas prisa- contesté con una sonrisa enorme que decía lo que tú ya intuías y yo todavía no me atrevía a decirte. – No tengas prisa.

Los domingos son para el verano

Me había despertado intensa, como si esos días que había estado flotando, ligera, fueran solo una cuenta pendiente con la profundidad. Las contraventanas rayaban la pared con luz, y eso me hacía feliz. Dejé que el sol fuera creciendo antes de abrir la ventana y permitir que entrara, imparable. Solo entonces me aventuré a hacer café.

El escritorio de mi habitación había acumulado polvo el último mes, como un recordatorio constante de que no estaba haciendo uso de él, la culpabilidad llamando a la puerta, un grillo infatigable que amanece trasnochado y canta a todas horas. Cuando volví de la cocina, con mi taza favorita en la mano, tenía claro que aquel día lo iba a dedicar a escribir. Ese estado de ánimo en el que me encontraba era pura inspiración para mí.

La brisa del mar se colaba aún por la ventaba, haciendo bailar a las cortinas, revolviendo los papeles que había caídos por distintos sitios de la habitación. Aunque solía escribir a ordenador, todo lo imprimía, era la única forma de autoeditarme y corregirme en aquello que no quería decir. Mi escritura a ordenador era tosca, ruda. El bolígrafo era el utensilio que me hacía refinarme.

El color también era importante -manías-, despejaba de la vista todo aquello que pudiera llamarme la atención en un momento de concentración. Dejaba los blancos, los neutros. Recogía el bañador naranja y apartaba las flores amarillas de mi campo de visión. El suelo de madera empezaba a calentarse con el sol, siempre escribía descalza.

Tenía el arranque, me faltaban las ideas. En mi cabeza se repetía constantemente “me llamo Íñigo Montoya, tú mataste a mi padre, prepárate a morir”, pero intuía que necesitaba un comienzo algo menos dramático. En cualquier caso, fue pulsar la primera tecla y no parar de aporrear el teclado en toda la mañana. Te dije que no me molestaras, intuyendo que entrarías en mi casa como un obús para concretar lo que habíamos hablado la noche anterior. Siempre respetabas esos ratos, así que no estaba preocupada. Sabías que te llamaría cuando hiciera un descanso, pero que eso podía pasar en cualquier momento entre el mediodía y el fin de semana.

A media mañana hice una pausa y salí al balcón. Era un domingo de verano, lento, perezoso. No había gente en la calle y el azul era más intenso que nunca. Era un buen día para empezar un libro.