Los domingos son para el verano

Siendo sincera, tengo dudas de que el recuerdo que tengo de aquellos días se ajuste a la realidad de lo que verdaderamente fue. Peco mucho de esto, de tener una memoria creativa; a veces recuerdo con implacable nitidez cosas que ni siquiera ocurrieron, o desarrollo un recuerdo entero basado en una fotografía vieja y entiendo que eso ya me da el derecho a autoproclamarme presente en ese espacio tiempo. Todos tenemos defectos. Por eso no estoy segura de si mi memoria me engaña o no, pero no me preocupa, generalmente los escenarios que yo edito me satisfacen.

En todo caso, la luz era especial, difícil de imaginar. Era una luz suave de principios de verano, esa luz que parece diseñada para catapultar la belleza. Estábamos en un embarcadero de madera, y había cerveza. No tengo claro si el embarcadero daba al mar, o a un lago, pero había agua, porque la luz se reflejaba en ella. Por aquella época estaba leyendo algún libro que me tenía horas embobada reflexionando, no recuerdo cuál, pero vamos a pensar que algo pretencioso, por adornar.  El caso es que estoy segura de que era culpa mía que lleváramos toda la tarde en un silencio denso y espeso, uno un tanto incómodo, pero no lo suficiente como para animarme a romperlo. Yo era consciente de que se estaba formando un malentendido, y que tú pensabas que yo estaba dando vueltas a cómo empezar a desgranar la tarea que me habías pedido, cuando en el fondo yo solo estaba teniendo un debate interno de esos que solía tener a veces cuando leía a un autor que era apabullantemente mejor que yo, discutiendo conmigo misma si sería capaz de volver a escribir.

Yo había decidido disfrutar del proceso, estaba retrasando lo máximo posible ese momento en que la balanza se daría la vuelta y las responsabilidades se proyectarían en mí. Hacía siglos que había tomado una decisión, pero era una que no quería tomar y estaba postergando lo inevitable hasta el infinito, disfrutando de las semillas que tú creías estar plantando. Sabía que se acercaba el momento de decirte que sí, pero esa tarde de principios de verano se parecía a una metáfora en la que quería vivir. Aceptar sería como empujar la primera pieza del dominó, y entonces desaparecería esa luz, y ese silencio denso, y toda esa paz que nos rodeaba, y tendríamos que empezar a hablar.

Siendo sincera, tengo dudas de que el recuerdo que tengo de aquellos días se ajuste a la realidad de lo que verdaderamente fue. Peco mucho de esto, de tener una memoria creativa; a veces recuerdo con implacable nitidez cosas que ni siquiera ocurrieron, o desarrollo un recuerdo entero basado en una fotografía vieja y entiendo que eso ya me da el derecho a autoproclamarme presente en ese espacio tiempo. Todos tenemos defectos. Por eso no estoy segura de si mi memoria me engaña o no, pero no me preocupa, generalmente los escenarios que yo edito me satisfacen.

En todo caso, la luz era especial, difícil de imaginar. Era una luz suave de principios de verano, esa luz que parece diseñada para catapultar la belleza. Estábamos en un embarcadero de madera, y había cerveza. No tengo claro si el embarcadero daba al mar, o a un lago, pero había agua, porque la luz se reflejaba en ella. Por aquella época estaba leyendo algún libro que me tenía horas embobada reflexionando, no recuerdo cuál, pero vamos a pensar que algo pretencioso, por adornar.  El caso es que estoy segura de que era culpa mía que lleváramos toda la tarde en un silencio denso y espeso, uno un tanto incómodo, pero no lo suficiente como para animarme a romperlo. Yo era consciente de que se estaba formando un malentendido, y que tú pensabas que yo estaba dando vueltas a cómo empezar a desgranar la tarea que me habías pedido, cuando en el fondo yo solo estaba teniendo un debate interno de esos que solía tener a veces cuando leía a un autor que era apabullantemente mejor que yo, discutiendo conmigo misma si sería capaz de volver a escribir.

En el fondo todo formaba parte del mismo proceso, el proceso de convencimiento, ese en el que llevabas trabajando meses y que empezaba a dar unos frutos que tú te morías de ganas por recoger. Eras como una hormiga negra, pequeña y silenciosa, trabajando sin descanso, pasando desapercibido; pero con un alma de cigarra que pugnaba por salir, porque llegara por fin el momento de tumbarse a la bartola y dar por inaugurado un verano sin responsabilidades.

Yo había decidido disfrutar del proceso, estaba retrasando lo máximo posible ese momento en que la balanza se daría la vuelta y las responsabilidades se proyectarían en mí. Hacía siglos que había tomado una decisión, pero era una que no quería tomar y estaba postergando lo inevitable hasta el infinito, disfrutando de las semillas que tú creías estar plantando. Sabía que se acercaba el momento de decirte que sí, pero esa tarde de principios de verano se parecía a una metáfora en la que quería vivir. Aceptar sería como empujar la primera pieza del dominó, y entonces desaparecería esa luz, y ese silencio denso, y toda esa paz que nos rodeaba, y tendríamos que empezar a hablar.

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