Salerno

Todas las casas eran amarillas, y todas las contraventanas verdes -al menos en mi cabeza-. Mi pequeño paraíso arquitectónico, los techos altos que se adivinaban tras las ventanas. Me habías llevado ahí, a tu casa, y podía intuir a tu yo pequeño corriendo por esas calles. Y me hacía sentir un poco más cerca de ti, conocerte otro poco. Lo que me gusta a mi conocer a alguien. Te sentía reír mientras me hablabas de negronis y criticabas todo café que no fuera italiano -del Sur- y cualquier tipo de pasta que no fuera italiana -del Sur- y tu familia me abría su casa como si yo perteneciera a su mundo. Y yo sentía encajar otra pieza del puzzle cada rato que pasaba. Esa luz, la luz de la plaza en que comimos mozzarela y vino. Siempre me acordaré de esa luz y de ese agua salado, desde donde la belleza era a veces inabarcable. Un pedacito de cielo, y un pedacito de ti y de tu alma italiana, y un agosto abarrotado de gente.

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