Almost

Es verano -en los recuerdos siempre es verano-. El sol me calienta la espalda mientras salgo, a duras penas, al paso, de una siesta en la playa; darse la vuelta es mirar a los ojos al sol y eso aún no está en mis planes. A lo lejos alguien juega a las palas, a mi derecha conversación inconexa, planes para esta noche, diatribas sobre la mejor hora para coger la lancha. Pongo mala cara, no me gusta que nadie me recuerde que este duermevela en el que me encuentro no va a ser infinito.

Lancha de vuelta, viento de cara, sacudirse con mimo la arena con la toalla. Una mano me ayuda a tocar tierra con los pies. Un paseo lento, arrastrado -el salitre en la piel me vuelve melosa- y de premio un helado. Son casi las 9 y empieza a echarse de menos una sudadera.

(Puede que mi cabeza sea el único lugar en el que está cuenta atrás se oye fuerte, brava, como un latido; pero de verdad tengo la sensación de que estamos rozando el verano con la punta de los dedos).

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