Y que el mundo diga que tú eres buena

Era un bar pequeño, semi escondido, camuflado entre el resto de casas de la zona, todas iguales. Si ibas deprisa casi podías pasar de largo sin verlo (qué terrible infortunio). Él era extranjero, o eso creían todos, por su acento andaluz y sus maneras sureñas. Venía del sur como vienen todos, buscando cobijo del sol. Y se fue a la montaña por lo que van todos, buscando cobijo del ruido. Lo regentaba de manera desgarbada e incierta, así era él; alguien que tenía la idea justa de hostelería antes de abrir las puertas de aquella casa de madera oscura y pintar un cartel en la pared al que llamar por su nombre. Un punto de egocentrismo y poca imaginación; pero también un sentido práctico, era a él a quién todo el mundo conocía y a él al que iban a ver. Le gustaba su bar, del que obtenía lo suficiente, nunca más; y esto porque era famoso por su generosidad, porque a nadie le faltó qué comer nunca si él estaba de guardia. Se sentaba en el banco de madera que franqueaba la puerta y que él mismo había construido. Siempre con sombrero, siempre guiñando un ojo y siempre con una copa de blanco en la mano. Cuando su mujer le negaba otra copa desde dentro se le oía decir “y que el mundo diga que tú eres buena…”.

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