Los salmones nadan contra la corriente.

Me he colgado de tu ventana y he decidido enredarme en tus escalones, de tu balcón no me muevo. He decidido quedarme contra viento y marea, como los salmones, río arriba capeando los temporales.

Y tú me has abierto la puerta, has descolgado el cartel de reservado y has puesto manteles limpios en la mesa del desayuno. Has sacado a pasear las ganas y tu sonrisa de medio lado y me has mirado como me miras a veces, cuando quieres decirme que sí.

Me ha dado la bienvenida el sol a raudales colándose por las rendijas de las contraventanas, haciendo un guiño tan suyo que me ha dejado descolocada.

Has roto los pocos esquemas que tenía, has hecho una bola de papel con ellos y has encestado un triple desde el otro lado de la habitación.

Me has desarmado y ahora hay caos donde antes había orden, y orden donde solo había caos. Y has pintado de colores los grises y le has dado luz a las sombras.

Y ahora solo veo pestañas donde antes había preguntas.

Las sorpresas

Empezó como empiezan las cosas que no tienen mucho sentido: sin preguntar. Y se quedó. Se quedó cambiando un poco mi forma de pensar y de ver el mundo, haciendo evolucionar mi perspectiva y que me diera cuenta de dónde quiero llegar. A día de hoy soy firme defensora de la teoría de que -a pesar de la importancia de la materia prima- somos el resultado de las decisiones que tomamos, las personas que conocemos y los sitios que visitamos. Y que el rumbo y el cariz que toman nuestros pasos, decide en cierto modo dónde vamos a terminar, o dónde no vamos a terminar; al fin y al cabo este viaje en el que estamos no tiene por qué tener más sentido que el placer de vivirlo.