Los domingos son para el verano. VIII.

Llevabas una camiseta roja. Si, definitivamente era roja. La última vez que te vi llevabas una camiseta roja y unos pantalones negros que yo odiaba y que -sospecho que precisamente por eso- no te quitaste en todo el verano. La primera vez que vi esos pantalones negros fue una noche en un concierto de algún grupo que estaba de moda por aquel entonces y del que después de esa noche nunca volví a oír hablar. El concierto era lo de menos. Hacía calor, el sol se escondía tarde y era nuestro último verano antes de la universidad, nos hubiéramos apuntado a cualquier plan que hubiera surgido que implicara beber cerveza caliente sentados en la playa. Era el verano de no pensar.

Nos sentábamos en la playa y hablábamos de planes de futuro que después no se harían realidad, sabiendo que probablemente aquel fuera el último verano que compartiríamos excursiones nocturnas. Más tarde la vida nos enseñaría las vueltas que puede llegar a dar y cómo nos estábamos preocupando por nada, anticipando despedidas que nunca tendrían lugar e imaginando que éramos poco menos que infinitos. De alguna manera nos gustaba crear drama a nuestro alrededor porque no teníamos un drama real al que prestar atención.

Volvimos a casa y, como siempre, robaste unas flores amarillas para mí. Esas flores amarillas estaban por todos lados, es lo primero que veo siempre que empiezo a recordar. Eso y que siempre llevabas encima alguna forma de comida. Esa noche era parte de una bolsa de pipas que habías comprado esa tarde en el chiringuito. Para alguien que siempre está hambriento, tenerte al lado era poco menos que un seguro de vida. Sacaste las pipas y me soltaste un largo monólogo sobre la universidad.

Cualquiera diría que hemos pasado por tres vidas diferentes desde aquella noche. Desde luego, yo no me identifico con aquella chica del vestido de lunares que comía pipas y fumaba sin ganas.

Fue tres años después cuando volví a verte. Ni rastro de tu camiseta roja y tus pantalones negros, cuando me crucé contigo ibas impecablemente vestido de traje y corbata. Me contaste que ibas a una entrevista de trabajo, querías empezar cuanto antes las prácticas, y yo te dije que siempre me había imaginado verte de bata blanca; me contestaste que yo seguía igual. Y efectivamente, así era, no sentía en mi misma todos aquellos cambios que teóricamente la universidad debiera haberme dado. Aunque me duró poco, los dos años siguientes me hicieron pegar un giro de 180 grados y convertirme en una personas completamente distinta. Aunque eso ya es otra historia.

 

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