Silencio

Hay gente que no sabe (ni quiere) lidiar con el drama. Gente que pone mala cara cuando a su pregunta de qué tal respondes algo diferente al habitual “muy bien”. Él era una de esas personas. Cuando te veía mala cara inclinaba la cabeza hacia un lado, sonreía hacia el otro y decía “ya será menos” y seguía su camino. Cuando notaba tensión a su alrededor, en vez de hacerse partícipe o mediador avanzaba hacia quien tuviera más cerca, le apretaba los omoplatos como quien hace un masaje –pero en realidad provocando un dolor agudo que terminaba en la base del cuello y pedía a gritos la intervención del ibuprofeno- y seguía su camino, como quien ha resuelto un problema. Lo arreglaba todo brindando -costumbre muy extendida entre los de su generación- brindando y haciendo aspavientos con la mano, como si quisiera barrer los problemas.

Nunca elevaba la voz, y eso precisamente le hacía tener más razón que nadie. No imponía sus argumentos porque no le interesaba. Simplemente los exponía delante de quien fuera como diciendo “este es quien soy, no pienses que vas a cambiarme”. Y era verdad, nadie le cambió nunca. Hizo y deshizo a su antojo durante toda su vida. Y eso era irritante, incómodo e intimidante para los de su alrededor, a veces incluso inaceptable. Y él sonreía, se colocaba el sombrero y después de dedicarles un último movimiento de cabeza los dejaba atrás, a ellos y a sus opiniones encontradas. Y, ¿sabes que te digo? Que ole.