Noviembre dulce

He desarrollado la capacidad de abstraerme completamente del mundo, de sentirme en casa solo por estar conmigo misma, y he dejado de saber qué es sentirse solo para aprender a disfrutar de todos los formatos de la soledad. Lo llamo superpoder, porque he empezado a abrazar todos los momentos de la vida y he dejado de creer en el desperdicio del tiempo.

Quiero pensar que esto me ha enseñado a querer mejor, que aprendiendo a quererme he dejado de buscar el amor por el amor y he empezado a regalar cariño de manera gratuita. Al menos, ese es para mi el objetivo.

He aprendido tantas cosas de mí este año que he llegado a pensar que mi personalidad se está desdoblando. He conocido el abismo y he tonteado con el miedo y ahora he dejado paso a la calma.

He eliminado la desesperación y he encontrado el placer a perderme, a estar perdida y a no querer encontrarme, ni que me encuentren. Y ahora las casas no son casas, son personas. Y qué afortunada soy de tener casas repartidas por todo el mundo a las que entrar sin llamar a la puerta, y de saber que cuando llegan los fantasmas la solución está a un billete de avión de distancia.

Ya no huyo ni escapo del miedo, ahora se viene conmigo, crece conmigo. Y nos encanta.

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