Fogonazos

Una caña en el faro. Un atardecer en la playa. Una cerveza belga en Budapest. Un vino tinto en Logroño. Un blanco en Verona. Al final, todo acaba reducido a beber. No al qué si no a con quién.Ver amanecer desde el balcón antes de salir de viaje. Que suene Read my mind en el aleatorio de spotify, la perspectiva de escuchar I will wait en un bar de Irlanda. Ir a verte a Nueva York. Hacer brunch un domingo en Madrid. 24 horas en Pamplona. Un viaje relámpago a Barcelona y enamorarme otra vez.

Quisquillas a la brasa en Filipinas. Una nevera azul en el Cubas. Un bote al puntal. Una isla desierta. Un isla lleno de gente. Cocido en otoño. Los árboles rojos de camino a Logroño, girasoles amarillos de vuelta a casa. La humedad en el cuerpo otra vez, y en el pelo. El salitre en los labios, el sol en la piel. Un rayo de sol en un día de lluvia. Escuchar la tormenta desde el salón. El momento en que se encienden las luces en el cine después de una buena peli. Los primeros segundos después de oír cantar a alguien que lo hace bien.


Un chocolate caliente en un día de frío. La sensación de saber que has dado bien los temas al salir de clase cuando ya no hay nadie en la calle y el momento es tuyo. Llegar a casa después de un día de trabajo intenso. Superar los límites que te habías impuesto, y que salga bien. Superar los límites que te habías impuesto, y que salga mal.

Estrenar. Descubrir un restaurante nuevo. Recomendar un libro a alguien, y que le guste. Salir de la realidad un domingo y meterte en un libro. Una canción que te gusta cuando estabas yéndote del bar. Que te inviten a desayunar. Un concierto. Mirarte al espejo y verte bien.

Una hamburguesa de recena en el Algarbe, french toast en Chicago, una tarde en el Louvre. Una sobremesa. Un café Madrid. Más quisquillas en Sanse. Una llamada de cinco segundos a deshoras, colgar el teléfono después de una hora y media y sentirte en casa.

Comer.

El verde. El mar. Octubre. Febrero. Vivir.