Esto es todo.

Hoy he llegado a casa del puntal, envuelta en salitre, con el pelo rizado y marcas de sol. Con los restos del helado aún en la mano, he entrado por casa a las 8, dejando un charco de arena en el suelo de la cocina, con cansancio de sol. 

Me he dado un baño en la piscina y una ducha interminable y he dejado que el pelo se secara al aire. 

Me he dejado caer en el sofá con esa sensación que solo se tiene en verano, cuando sabes que no hay ninguna preocupación que te vaya a levantar de ahí, y he respirado.


He hecho como que veía la tele mientras cotilleaba cosas en el móvil y me he levantado tiempo después echando ya de menos la sal en mi piel. Me han gustado mis marcas de sol y las mejillas coloradas de la playa.

He cenado un sándwich a toda velocidad y he bajado andando al centro con la chaqueta en la mano. Con una sonrisa indeleble en la cara y los restos del cansancio escondidos en casa en la bolsa de la playa, para la siesta de mañana.

He escuchado el murmullo de cañadio que ha ido subiendo de intensidad a medida que me aproximaba y, por fin, he subido al bar La Calle a pedirme una copa. 

La felicidad sabe a la primera copa del primer día de verano en la primera noche de cañadio. Y punto.

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