Los domigos son para el verano (V)

Cojo un percebe y me doy cuenta de que podemos considerar este mi tercer desayuno. Y que probablemente a estas alturas me haya pasado ya el 90 por ciento de mi vida comiendo. Miro las bolsas con las que he salido cargada del mercado y sonrío. El diez por ciento restante de mi vida lo he pasado pensando en qué voy a comer. Y realmente no tengo ningún remordimiento al respecto. Te miro darle un trago a la botella de vino. Tú tampoco lo haces mal. Has desayunado en tu casa, en la mía, y has empalmado el café en el bar con el aperitivo conmigo. Va a ser verdad eso que dicen “Dios los cría…”

Me haces cosquillas en el brazo y me sacas de mis pensamientos.

-¿Que vas a hacer?

Esa ha sido siempre la pregunta que más miedo me ha dado. La que me obligaba a tomar una decisión. Esa que volvía real todo lo que había estado rondando mi mente hasta entonces.

-“No me gusta esa pregunta, ¿tienes otra?”

Sonríes.- “Ya sabes que no”.

Sé que no. Nunca me has dejado eludir una respuesta o contestarte de manera evasiva. Por lo general, sabes cuando te estoy mintiendo. Y eso me exaspera. Manipular la verdad ha sido siempre uno de mis hobbies, precisamente porque trabajando es algo que no me gusta hacer.

-“Sinceramente, no lo sé. Es una historia demasiado interesante para dejarla pasar y tú lo sabes”.

Asientes a mi lado.-“Pero puede que descubras cosas sobre ti misma que no te gusten. Lo sé, las ventajas e inconvenientes están claros”.

-“puedo empezar a trabajar en ello y dejarlo cuando piense que puede ser demasiado para abarcarlo todo”.

Más que oírte, siento tu pecho moverse a mi lado mientras te ríes a carcajadas.

-“podrías, pero no lo vas a hacer”.

Finjo enfadarme pero en seguida desisto. Los dos sabemos que tienes razón. Me quito las gafas de sol y te miro a los ojos por primera vez en todo el día.

-“te encanta ponerme en esta situación, ¿verdad? Siento que lo estás disfrutando”.

Te noto en los ojos que sonríes y te encoges de hombros.

– “alguien tiene que hacerlo”.

Pongo los ojos en blanco. -“no es verdad”. Suspiro y vuelvo la mirada al mar. -“ahora mismo no me apetece nada estar contigo”.

Tú reprimes un bufido, te ríes y me pasas un brazo por los hombros.

-“Es la decisión correcta”.

-“Aún no he tomado ninguna”.

Sonríes y me das un pequeño empujón. -“Claro que si”.

Y es lo último que dices, porque por una vez consigo pillarte por sorpresa y tirarte al agua.

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