Los domingos son para el verano (II)

Cruzar aquella puerta de madera oscura era como dar un salto a otro mundo, uno mucho más húmedo. El salitre te sacudía por dentro y te dejaba fresco y relajado, con ganas de verano perpetuo. Los manteles de cuadros en el balcón le daban un aire bucólico al restaurante de abajo, que los tendía al aire sobre su fachada verde.

A pesar de ser las once de la mañana, el puerto ya estaba lleno de barcos que venían de vuelta con el pescado del día, y el sol pegaba con fuerza. En ese pueblo –el mío- cualquier hora era buena para sacar el vino blanco a las mesas de madera de la terraza. Acababa de desayunar, pero bien podría haberme sentado al aire a tomar unas quisquillas.


Eché un vistazo hacia atrás, por encima del hombro, y te vi sentado en mi butaca del balcón. Habías cogido prestado uno de mis sombreros de paja y guiñabas un ojo intentando evitar el sol mientras leías el periódico. – “Tengo una historia para ti”.- y yo te había escuchado, había asentido, y había puesto una excusa rápida para bajar a la calle, lejos de lo que me contabas. Tú, más allá de intentar seguirme –porque ya entonces sabías bien como funciono- te habías quedado en casa esperando mi vuelta. Más o menos así ha sido desde entonces para los dos; yo intentando salir corriendo y tú sabiendo que no iba a llegar lejos.

Me adentré un poco hacia el pueblo buscando la sombra que me daban sus casas de colores. Como todos los domingos, había mercado en la plaza. Los rapes me observaban desde los puestos, todo lo feos que eran, y la fruta fresca se esforzaba por tapar el olor a pescado. Definitivamente no era un pueblo silencioso. La gente del norte no habla mucho; pero cuando le da por hablar, sin duda habla alto. Ni siquiera es un esfuerzo por vender más. En realidad el mercado es una exposición de producto más que una invitación a la compra. Aquí el que llega el domingo por la mañana a la plaza sabe de antemano qué va a comprar y dónde. Y la oferta y la demanda se reparten entre los locales, como una versión evolucionada del trueque.


Me paro a echar un vistazo a la fruta de Valentina y espero que se obre el milagro. Valentina es una señora charlatana, quizás con demasiados años para seguir al pie del cañón bajo un sol de justicia, pero a la que le da la vida bajar al puesto los domingos y socializar con la gente que sale de misa. Sé que le caigo bien, y si la pillo en un buen día quizás me regale unas fresas. Sonrío mientras me cuenta que su nieta está en Italia; “se fue con una beca Erasmus de esas y no ha vuelto, miedo me da que le eche el lazo un italiano y no la vuelva a ver”.

El señor Matías me guiña un ojo y me sugiere que deje trabajar a Valentina y le compre una merluza fresca mientras el sobrino del cura del pueblo –que acaba de llegar de Madrid- se pasea entre los puestos con su bici nueva provocando maldiciones a su paso. Los domingos de plaza son un revuelo constante. Casi parece que aquí no pasaran cosas. Casi.

Por el rabillo del ojo alcanzo a ver en un puesto al fondo las flores amarillas que adornan mi ventana.

 

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