Los domingos son para el verano.

Había flores amarillas en la ventana -lo recuerdo porque solía culparlas de la gran población de abejas que se movían por los alrededores-. Había flores amarillas en la ventana, unas grandes contraventanas verdes y un balcón lo suficientemente ancho como para sacar la butaca de la habitación al sol y desayunar pan con tomate todas las mañanas sin excepción. Los domingos sonaba Sweet Home Alabama de fondo y mientras me tomaba mis tostadas podía oler el primer marisco entrando en el bar de abajo. Todo lo que cocinaban en ese sitio olía a mar. La madera de la habitación recogía el calor de todo el día y hacía que me gustara ir descalza. Pocas veces usé zapatos aquel verano. El resto de la habitación era tan blanca que cuando me despertaba tenía que pensarme un par de veces lo de abrir los ojos de golpe. Era como estar dentro del sol.

 

Me gustaba la sensación de salto en el tiempo que daban aquellas mañanas de domingo en las que no pensaba absolutamente en nada que no fuera el último libro que estaba leyendo, y el ruido de las bicicletas azules que estaban de moda ese año. Todo a mi alrededor se movía con la lentitud del que sabe disfrutar de la vida despacio, no había prisa ni estrés en aquel pueblo. Si algo no había salido hoy, saldría mañana, o no saldría. Los problemas se solucionaban echando una partida de cartas.

 

La primera vez que te miré de manera diferente -y te ví de verdad- estábamos en esa habitación. Tu llegaste haciendo ruido y dando gritos -todo lo hacías a lo grande-, llevabas puesto solo un bañador y tenías el pelo mojado. A mi me encontraste como siempre, sentada en mi butaca en el balcón, con un libro en la mano y las piernas colgando por la barandilla. Te miré desde el parapeto de mis gafas de sol, un poco mosqueada por el reguero de arena que estaba segura habrías dejado a tu paso por todo el pasillo. Tú negaste con la cabeza para restarle importancia al desastre, anticipando mi reacción, y me interrumpiste sin que llegara a abrir la boca.

-“Tengo una historia para ti”.

Y pusiste mi mundo cabeza abajo.

Todavia recuerdo esas flores amarillas de la ventana.

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