En blanco y negro

Es una sensación extraña, como si tuviera la posibilidad de manejar el tiempo a voluntad. Las cosas para él se suceden de manera diferente. No hay urgencia, las conversaciones tienen lugar entre grandes pausas que no tiene prisa por llenar. El mensaje más breve se convierte en algo largo que contar. Y ni siquiera son pausas dramáticas, la temática no da para ello. Es, simplemente, que no existe el estrés, ni el agobio, ni la necesidad de correr o llegar a ningún lado. La comodidad, el haberse adaptado quizás demasiado. No hay mensajes que urja trasladar, simplemente detalles a los que dar innumerables vueltas. Un nuevo ingrediente vital. La rutina se expande, la sombra del tiempo –como la del ciprés- se vuelve alargada. Y no es aburrimiento, ni sopor, ni falta de ganas. Simplemente se trata de una manera distinta de tomarse la vida. Creo que nunca había conocido a nadie así, y he de reconocer que a veces me pone nerviosa. Contrasta con el resto del ambiente que se respira por aquí –en general, en el ancho mundo-, la frenética realidad del resto de las personas. Y no impide la convivencia, pero la disturba. Me pregunto en qué pensará el resto del tiempo, qué se contará a sí mismo. Y si esa facilidad para prolongar lo inevitable siempre estuvo ahí o ha sido una habilidad recientemente adquirida. El ser humano es extraordinario.

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