En blanco y negro

Es una sensación extraña, como si tuviera la posibilidad de manejar el tiempo a voluntad. Las cosas para él se suceden de manera diferente. No hay urgencia, las conversaciones tienen lugar entre grandes pausas que no tiene prisa por llenar. El mensaje más breve se convierte en algo largo que contar. Y ni siquiera son pausas dramáticas, la temática no da para ello. Es, simplemente, que no existe el estrés, ni el agobio, ni la necesidad de correr o llegar a ningún lado. La comodidad, el haberse adaptado quizás demasiado. No hay mensajes que urja trasladar, simplemente detalles a los que dar innumerables vueltas. Un nuevo ingrediente vital. La rutina se expande, la sombra del tiempo –como la del ciprés- se vuelve alargada. Y no es aburrimiento, ni sopor, ni falta de ganas. Simplemente se trata de una manera distinta de tomarse la vida. Creo que nunca había conocido a nadie así, y he de reconocer que a veces me pone nerviosa. Contrasta con el resto del ambiente que se respira por aquí –en general, en el ancho mundo-, la frenética realidad del resto de las personas. Y no impide la convivencia, pero la disturba. Me pregunto en qué pensará el resto del tiempo, qué se contará a sí mismo. Y si esa facilidad para prolongar lo inevitable siempre estuvo ahí o ha sido una habilidad recientemente adquirida. El ser humano es extraordinario.

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Y que merezca la pena

“But I must admit it, that I would marry you in an instant, damn your wife I’ll be your mistress just to have you around”

Nos gusta complicarnos la vida. Darle vueltas a las cosas, hacer listas de pros y contras, pensar una y otra vez las posibles consecuencias de nuestras acciones. Y puede que lo único importante sea responder a la pregunta de si aquello en lo que piensas te hace emocionarte, si te apetece, si te hace sentir cosas diferentes. Si te hace sonrojarte, acelerarte, amontonarte, o si lo echarías de menos en caso de no tenerlo. Si lo bueno compensa lo malo, si se te hace raro no sentirlo, si te incomoda no vivirlo.


A la pregunta de por qué tanto ir y venir, siempre es posible contestar porque me apetece, porque me compensa, porque merece la pena. Todo. Los kilómetros y las esperas, los atascos y las lluvias, el tiempo perdido (invertido mejor dicho). Y de eso, como de todo, también tiene la culpa el mar.

Y lo mismo vale para todo lo demás, para tus sonrisas a medias, para el destierre de la pereza, para sacar ganas de estudiar.

La satisfacción compensa los momentos de frustración, todas las veces. Una cerveza fría, todos los cafés de madrugada. Y una tarde de sábado en la playa, toda una semana de agobios.


Porque sigue habiendo ganas, porque el primer pie que pisa el mar sigue siendo un escalofrío, y porque no hay mejor sensación que enterrar los dedos en la arena mojada. Porque las copas veraniegas en Cañadio saben a casa, y las cenas tienen otro ritmo si los comensales son los de siempre.

Porque te echo de menos a ratos y me complicas los domingos. Porque no sé estar incómoda ni hacer las cosas de otra manera. Que yo si te quiero te quiero siempre, pero que en verano te quiero más. Y ya lo tenemos a la vuelta de la esquina, llamando a la puerta. Dejando un reguero de arena en el suelo del salón y toallas tendidas en la terraza. El salitre en la piel y la espalda morena. El pelo más rubio, los pantalones más cortos y las sonrisas más grandes. Y lo que me apetece es tirarme al sol sin pensar en nada, aterrizar en el embarcadero del puntal y leer en la toalla.

Me apetece recogerme el pelo, llevar tirantes y que me hagan daño las sandalias. Bonito en Pedreña y helados a diario.

Y tú, claro. Y que merezca la pena.

El fin del mundo

Todo esto me da ganas de bailar, a todo trapo, a contraluz. Bailar como si nadie estuviera mirando, como si aún quedarán horas para el amanecer, como si mis pies fueran a solucionar todos los problemas del mundo. Bailar descalza en la playa y rompiendo el suelo con mis tacones altos. Bailar contigo, despacio. Volverme loca y soltarme el pelo. Arrancarme por bulerias y una rumba catalana. Bailar de noche, sin freno. Hasta que no podamos más. Bailar a oscuras.