Save tonight 

Cuando se es joven a veces se cae en el error de pensar que la vida es infinita. Que tenemos aún tiempo para hacerlo todo, que podemos permitirnos el lujo de dejarnos arrastrar por la desgana.

Últimamente tengo la sensación de que estamos dejandonos llevar por el deber y olvidándonos del querer. Como opositora tengo muy claro cuáles son mis prioridades y cómo debo organizar un día a día que gira alrededor del estudio, pero eso no quiere decir que no esté aprovechando mi tiempo.
Estamos en edad de disfrutar de todas las cosas que nos van sucediendo, de las incertidumbres y los miedos, de los trabajos que esperamos solo sean un alto en el camino, de las inversiones a futuro que esperamos tengan una recompensa tangible.


Aún nos sobran ganas, aún podemos reirnos de nosotros mismos y hacer el ridiculo. Aun podemos vivir sin importarnos lo que los demás piensen. Está permitida una parada en boxes de vez en cuando, por supuesto, pero es importante volver a arrancar cuando empecemos a encontrarnos demasiado cómodos.
La evolución nos ha puesto las cosas en bandeja, todo es incluso demasiado fácil a nuestro alrededor, pero eso no debiera impedirnos valorar lo que tenemos. La veintena es momento de asentamiento, pero de asentamiento dinámico. Momento de mirar alrededor y decidir quién vale la pena, de valorar la lealtad por encima de todas las cosas y disfrutar de los silencios cómplices.
Ya tendremos edad de dejarnos caer en el mundo haciendo repaso de lo que nos hemos reído. Porque nos estamos riendo. A carcajadas. Disfrutar con tranquilidad y asumiendo las consecuencias pero no dejando nunca de sentirnos vivos. Que es ahora y siempre cuando debiera apetecernos ser felices, y contar a nuestro alrededor con gente que disfrute viéndonos serlo.


Y ahora que se empieza acercar el verano, tomar las copas más frías y más despacio, disfrutar del sol en la nuca, meter los pies en la orilla de la segunda, cruzar en lancha un domingo a pasear el puntal. Bailar, todo el tiempo. Para celebrar, para olvidar y para reírse. Y no arrepentirse, que basta los mayores errores pueden ser una forma de crecer.
Ya tendremos tiempo de dejarnos llevar por la marea.

https://youtu.be/zHxnm1-gVS4

Si pronuncias mi nombre, desaparezco.

Si pronuncias mi nombre, desaparezco”

Esta adivinanza, escondida en uno de los grandes diálogos de una obra de arte como es La Vida es Bella, ha sido una de las más repetidas en las sobremesas de mi casa.

Para una sociedad como la española, para la que hablar más alto significa tener razón y donde compartir información y cotilleo es el pan de cada día, el silencio es una criatura legendaria.

La comunicación es uno de los pilares en la base de nuestra vida diaria. Tratamos de comunicarnos cada vez con más gente y más rápido, aunque desgraciadamente eso no significa que nos comuniquemos mejor.


Aquí en Cantabria, en la cantabria de verdad, la verde, la de Vega de Pas o Cabuerniga, el silencio es patrimonio cultural. Las montañas callan todo lo que ven y lo único que altera el sonido del río es la moto que pasa a lo lejos yendo más rápido de lo que debiera.

Los que somos de ciudad, buscamos el silencio en las cosas pequeñas, en la playa de enero, en la noche estrellada o en la compañía de un buen amigo.

El silencio es capaz de lo mejor y de lo peor, puede darnos paz o provocarnos la mayor de las inquietudes. El silencio de una llamada, una explicación, una respuesta que no llegan. El silencio de una sala de espera. El silencio nos tranquiliza, nos exaspera y nos aterra en la peor de sus versiones.

Porque el silencio puede ser complicidad, amor, confianza; pero también puede ser indiferencia, incertidumbre o miedo.


A veces lo mejor, es romperlo o dejar de desearlo. A veces es mejor hacerlo desaparecer.

A veces. Pero hoy no.