Volver

Antes te gustaba más volver. Me llamabas y me decías “a que no sabes dónde estoy?” Y yo adivinaba que acababas de coger el tren, aunque solo se oyera silencio de fondo. Me escribías un mensaje que decía “estoy aquí” cuando en realidad querías decir “estoy en casa”, solo que tu reputación no te dejaba ser tan explícito.

Aparecías por sorpresa donde menos te esperaba, cuando peor me venía, cuando más me apetecía.


Va por temporadas, a todos hay una época que se nos hace cuesta arriba volver a casa. Pero ahora es Navidad, y de esta ni siquiera tú te escapas.

Y aunque sea una Navidad atípica, en la que el sur nos recibe diariamente y las noches parecen veraniegas, hay cosas que nunca cambian.

Actualmente hay siete grupos de whatsapp manteniendo la conversación “que hacemos en nochevieja”, y los que no hablan de eso están ahora mismo decidiendo a qué hora quedar en peñaherbosa.

Hablas con los de fuera y les dices que se lo piensen bien, que igual les compensa no volver a casa en nochebuena para compartir champán el mediodía del día 24 en las calles de Santander. La gente está cambiando turnos en el trabajo y haciendo tetris en los coches que salen de Madrid el 24 a primera hora para llegar a tiempo.

Ávila y valor han sacado los adornos navideños y están preparando el chocolate de la madrugada del 1 de enero, ese que sabe diferente. Las comidas de empresa se encadenan sin piedad y organizar una cena navideña familiar cuesta diez o doce llamadas de teléfono. No contemplo ahora mismo en mi calendario ningún minuto de las navidades que no vaya a pasarme comiendo.


Lo que antes eran cenas ahora se planean como maratones culinarias de todo el día, para aprovechar al máximo los momentos que podemos compartir entre amigos. Y las despedidas y las bienvenidas se solapan.

El sábado he intentado tres parkings distintos antes de conseguir aparcar, y mi agenda de regalos empieza a amontonar cosas por encontrar. Las tarjetas de crédito calientan en la banda, temiendo el momento de salir a jugar; y el pequeño comercio confía en que el encanto de Santander y el sur le hagan ganar esta partida a los grandes almacenes.

He visto colas en monerris que daban la vuelta a la manzana y en mi casa ya se está sorteando quien compra los roscos este año. Hace un par de días que de postre solo se toma turrón.

No veo el momento de empezar a ver maletas a medio deshacer donde antes había suelo, y de quejarme de que en esta ciudad comienza a haber demasiada gente.

Hay cosas que son inevitables; Ramón García va a dar las campanadas, aún hay indecisos que no saben qué van a votar el domingo (y no les importa), la lotería tampoco me va a tocar este año, el 1 de enero amaneceré a tiempo para el Danubio azul y tú te quejaras el día 6 por tener que irte.

Y ese es el encanto de estas fechas, que aunque el mundo siga girando, se para un poco cuando llega diciembre.

https://youtu.be/vY7sabq_C1U

Pd. (Y quería decir que con esta ya van 50 veces que os cuento cosas, así, con la tontería…)

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