Seguridad

Si hay algo que creo que ha marcado mi infancia y mi adolescencia en un sitio como Santander, o Cantabria por extensión, es la sensación de seguridad de las ciudades pequeñas.

Tenía muy pocos años cuando empecé a ir sola andando al colegio -ventajas de vivir en el cerca- y a partir de ahí comencé a disfrutar de mi independencia. La independencia de saber que podía demorarme un poco en llegar a casa, que podía parar a comprar gominolas con el dinero que me había sobrado del fin de semana, hacer parada en el súper a comprar el pan.

  
Después bajar a la playa y a Mesones por las tardes, dar vueltas alrededor del barrio y pasar las tardes solos en el colegio, volviendo a casa andando aunque ya fuera de noche. Bajar al centro en autobús, y pasar las tardes dando vueltas mirando escaparates, coger el 12 al Corte Inglés y ver la última película de estreno. Volver a casa en el último bus.

Quedar por las tardes a última hora e ir a las Rocas, bajar al centro a las 11, siempre de noche cerrada, con el frío en la cara. Poco importaba, teniendo en cuenta que la sensación de madurez nos abrigaba.

Coger un taxi, ya más mayores, para volver a casa de madrugada. Olvidarnos del taxi al salir del BNS en verano y volver andando, cruzar al túnel a las 12 de la noche camino de Cañadio. Habrá habido momentos de nerviosismo y de tensión, no lo dudo, pero no tengo ningún recuerdo en la memoria que retrate algún día que decidiera quedarme en casa por miedo a salir a la calle o que cambiara el bus por el taxi por no saber a quién iba a encontrarme.

  
Si pienso en mi infancia y en mi adolescencia -a pesar de haber tenido en casa normas bastante estrictas- lo que viene a mi cabeza es la palabra libertad. Incluso ahora, vivo en una ciudad en la que dar paseos es algo habitual, por cualquier calle; incluso en aquellos momentos en que el país en general y nuestra comunidad autónoma en particular no han sido propiamente seguras, la sensación de confianza no me ha abandonado.

En una ciudad como esta es fácil aprender desde bien pequeño qué puedes y no puedes hacer, dónde puedes o no puedes ir o cómo debes comportarte en general en la calle. Es sencillo aprender a ser civilizado. Es más difícil aprender a ser tolerante y a respetar. Por mucho que a lo largo de mi vida me haya encontrado con gente muy diferente, no ha sido hasta hace pocos años cuando me he dado cuenta de lo enriquecedor que eso es para uno mismo.

A veces hay momentos en la vida de una persona, y de una generación, en que es necesario coger aire, sentarse en un rincón, y dar gracias. Hemos sido afortunados por la seguridad y por la independencia, aunque no hayamos sabido valorarlas. Ahora nos toca devolver algo de esto de la mano del respeto y la tolerancia, e intentar conservar eso que hizo que nuestra infancia y adolescencia fueran las que han sido.

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