Escapada

A veces es importante salir de cantabria, para ver la rutina con otra perspectiva. Cuando opositas te recomiendan que el día de descanso te olvides de todo y desconectes lo mejor posible, y muchas veces para ello lo mejor es poner tierra de por medio. Así que ahí estaba yo, llenando de nuevo la maleta rumbo a un coche vacío que había llenado hasta los topes de música para pasarme el viaje cantando.

La maleta equipada para el frío y el calor, zapatos cómodos para conducir y las ganas en la mochila.

Hay veces que los astros no se ponen de tu lado. Se abren los cielos y un día de pleno sol parece que la suerte cambia de lado y las cosas se tuercen. El coche nunca llegó a arrancar para ese viaje. Después del tetris hecho en el maletero y con Silvia esperando para subirse al carro.

Al final nos llevó a Soria un coche de alquiler, a unas horas más bien intempestivas con un atardecer increíble de fondo y acabamos pasándonos la salida del Landa -where else?- y teniendo que correr entre carreteras transitadas como si nos fuera en ello la vida. Pero nos reímos a carcajadas decidiendo en cuál de los municipios menos poblados de España íbamos a establecer nuestra residencia permanente, y llegamos a derroñadas  sanas y salvas.


Si alguna vez vais a Soria, os aconsejo llegar como nosotras, a mesa puesta, con alitas de pollo y salsa belcebú esperando en la cocina. El frio es importante, es verdad, pero el frío seco no cala tanto como el del norte y se hace bastante soportable. Nada que una cerveza alrededor de la chimenea mientras tus amigas se hacen de rogar no pueda arreglar. Tambien necesitaréis una Matilde. Matilde había asumido a la perfección su papel de anfitriona paseando la casa arriba y abajo transportando sábanas y vasos. El plan de viernes noche es la berrea. Aunque tal vez te pase como a nosotras, que ya no somos unas jovenzuelas y el cansancio de la semana os pase factura y acabéis viendo angelitos como Belen mientras os dormís en el asiento trasero del coche.


La noche debe acabar como acaban todas las buenas noches, comentando las últimas tonterías alrededor de una mesa ante la impasible mirada de Almu y su teletubbi favorito.

Los desayunos se deben hacer a lo grande, para reponer fuerzas, untando en el pan mantequilla de Soria, aunque no seas como nosotras y comas con mesura. Y luego esperar a que todas se arreglen en el jardín, rodeado de silencio, en un día claro en el que el frío parecía haberse ido para no volver y que permitía estar sentado en el jardín en mangas de camisa. Tumbarse a esperar, disfrutando del contraste entre un paisaje en el que nada hace el más mínimo ruido y una casa en la qe ninguna calla y todas hablan a la vez. Mientras Bego organiza la cámara para el posado familiar.


En Soria hay que caminar. Salir al monte y seguir un camino de piedras hasta llegar a la ermita de las vistas bonitas. Soria ni te lo imaginas, que diría Belen. Y tampoco te imaginas que vas a encontrarte gente conocida hasta en los sitios más remotos. El mundo cada vez es más pequeño.


Comer lechazo y tarta y seguir el camino hasta la Laguna Negra, sin duda uno de los sitios más sobrecogedores que he visitado en mucho tiempo. Hacer el camino entero subida en el techo del coche de Anita, disfrutar del aire completamente limpio. La subida hasta allí es empinada, pero merece la pena. Y terminar tumbadas en una roca viendo pasar el tiempo.


Volver al pueblo cuando ya es noche, y acercarse a comprar más pan para el desayuno para terminar paseando, cuando todo lo auténtico se vuelve aún más silencioso. Recoger ramas para la chimenea y cenar hummus y guacamole de Bego.

El fin de semana se hace corto, y te das cuenta cuando al día siguiente suena el despertador para acercar a Paloma a Soria. Pero el camino de vuelta merece la pena, los naranjas, los amarillos del paisaje, el desvío a santo domingo de Silos.

Es cierto que al final el sitio es lo de menos y que lo importante es coger el petate y juntar a la familia donde sea y cuando sea. Pero también es verdad que la escapada gana enteros cuando se hace en un lugar que te permite reencontrarte con la naturaleza y su esencia, donde su inmensidad te vuelve más pequeño y sus colores se diferencian tanto de los cantabros. Aunque no se puede negar que siempre prima ese sentimiento especial que te pellizca cuando, llegando a reinosa, los amarillos y naranjas se vuelven verdes por completo.

3 comentarios en “Escapada

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