La grandeza de las cosas pequeñas

Esta mañana el café estaba caliente cuando me he levantado y tocaba estrenar caja de cereales. El albornoz había mantenido el calor que le había dejado el sol y he podido darme una ducha de provocar sequía sin que nadie me molestara.


Cuando he salido de casa, el sol empezaba a asomar en el horizonte, naranja y poderoso. Las vistas eran de llorar. He cogido el coche con el depósito lleno y he encontrado sitio en el centro a la primera. He desayunado por segunda vez un pincho de una tortilla que acababan de hacer. He apurado mi segundo café y he salido a una calle mucho menos desierta de lo que esperaba. A estas alturas el sol ya lucia en lo alto y he podido pasear por la bahía sin abrigo.

Me he acercado a comer a El Italiano y había mesa. He comido un plato de pasta que me ha transportado lejos y que me ha traído de vuelta a tiempo para ver llegar el ferry.

He cogido el autobús que me tocaba, que justo pasaba por la parada, y me he bajado en el sardinero. En mesones unos músicos tocaban por Sabina, y el sol seguía brillando.

Y por la noche me apetece llamar a todos para contarles que me he dado un paseo de una horas por el mar que me ha dejado la espalda destrozada pero que ha sido lo mejor del día.


Somos de naturaleza quejosa. Disfrutamos con las críticas a modos de vida propios y ajenos, buscamos consuelo en los que nos escuchan. Pero a veces se nos pasa por alto lo afortunados que somos, y que en el fondo -muy en el fondo- no debiéramos tener motivos para enfadarnos. Ni con la vida, ni con los otros.

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