Ella se llamaba viernes

Me gustan estos días en que el sol aún piensa que es verano pero el frío empieza a asomar por las esquinas. Las manos huelen a mandarina y cuando llego a estudiar por la mañana me pongo la sudadera grande encima de la ropa.

Hablo contigo por teléfono durante horas en mi descanso y me cuentas historias para no dormir -aunque prefiero cuando me las cuentas en directo y aprovechas para escenificarlas-.

Las llamadas de los martes se habían pedido una excedencia de la que hemos tenido que sacarlas con agua hirviendo pero ha merecido la pena la espera.


El verano es complicado para las relaciones de a pie, se pierden en los momentos de calor y en las risas enlatadas de los viernes por la noche. Parece que el bns es el único punto de encuentro y que cada vez que nos vemos tenemos la misma conversación. Quizás debamos empezar a plantearnos hablar por fascículos o volver a las cartas, siempre hemos sido de viejas costumbres, old habits die hard.

Nos ha unido nuestra relación epistolar, nuestro amor por la comida y los encuentros inesperados. Pero se nos da mejor el invierno que el verano, llamadas de martes, cenas de sábado y aperitivo en domingo.

Ahora te debo una visita, un paseo por el paseo Pereda en el que vayamos de uniforme y que siempre termina en helado de regma y una tarde en la segunda, sacar las gafas de sol a la altura de piquio y que el paseo termine convirtiéndose en una media maratón alrededor del sardinero.

Porque siempre quedará Santander.

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