20 de septiembre

Me he puesto los zapatos y he echado a andar, impulsada por mis ganas de salir de casa. El parque de las llamas últimamente tiene más frondosidad, quizá algún día llegue a convertirse en el Central Park que yo esperaba ver desde mi ventana cuando empezaron a construirlo. 

He bordeado el centro de salud y cruzado los campos de sport del sardinero. No me he detenido a tomar una caña en la tasca pero no descartó dejarme caer por ahí a la vuelta. De momento lo que quiero es que este sol de brujas de septiembre me de en la cara. 

He cruzado feygon luchando contra el viento en sus soportales y he parado en el planet a comprar unas gominolas que huelen a infancia. Yo siempre quería dentaduras porque me gustaba su textura. Tu preferías las gominolas con pica-pica.

He dejado atrás el corona y he subido las escaleras que llevan a molinucos sabiendo que la vista iba a merecer la pena. Algunos perros y sus dueños pasean junto a mí. El mar está un poco revuelto, debe ser el sur, y desde aquí puedo ver la gente que pasea por delante del chiqui. Te he saludado, pero no me has visto.

He pasado de largos molinucos y la entrada al parque de mataleñas y he dejado a mi espalda las rocas para asomarme a la playa de mataleñas, regada por algunos bañistas de última hora. El trozo verde de delante del Barco esta lleno de mesas de merienda y el forestal Park hasta arriba de niños que disfrutan de los últimos fines de semana sin deberes.

He dado la vuelta por el hipódromo y he bajado hacia el Golf de mataleñas. Los domingos al sol. Después me he colado en el parque por el lateral, sintiéndome de pronto en otra parte, ante el camino de tierra vacío. He bordeado los patos y he vuelto al camino del mar. Hay tanta gente en el parque aprovechando el buen tiempo que apenas podía caminar. 

Me he desviado del camino por la mutua y he bajado la cuesta de la facultad de turismo dando buena cuenta a las gominolas del planet. De momento voy contado cuatro personas conocidas a las que he saludado. La breve sombra que proyectan los árboles hace que no me sobre la chaqueta, y el muro de momento me protege del viento, hasta que dejó atrás el acuario y me adentro en el camino de la playa.

  
Se empiezan a notar las mareas de septiembre y las maneras del otoño. El paseo ya no es la antesala de la playa sino una autopista en hora punta llena de carritos de bebé.

Pronto dejó atrás mesones y avanzó hacia piquio, dejando a mi izquierda el mar. La cuesta que baja de piquio me sirve para reponerme de la pindia cuesta de subida, y hace que me entre él hambre. Avanzó un poco más y llego a mi destino: un helado en regma, de mantecado en cucurucho de chocolate, y vuelta a empezar.

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