Las siete y veintisiete

La memoria es caprichosa. Los recuerdos la mayoría de las veces aparecen sesgados y adaptados a las emociones del momento. La vida les pasa por encima cambiando el color con que los vemos, y mientras hasta una determinada edad los creemos felices una vuelta de tuerca hace que se vuelvan agridulces.

Ahora que casi no puedo crear recuerdos, me paso el día sacando brillo a los antiguos. Me apetece volver de la playa, cansada del sol, y tener por delante una hora entera para deshacer el moño que llevo en el pelo, darme una ducha templada y ponerme el pijama sin prisa. Sentir que estoy perdiendo el tiempo por derecho, no hacer esas cosas con las prisas de quien sabe que hace algo que no debe. O volver de la playa a las 12, después de haber empalmado la arena con el café con las cañas, con el terraceo. Y que no me preocupe el sueño, porque se que voy a tener un día entero para recuperarme. Que no me agobie dormir de más sino que siempre tenga la sensación de estar durmiendo de menos.

Dicen que lo que más perdura en nuestra cabeza son los olores, el olor a crema solar, a sal, el olor a sol. Las rutinas cambian tanto que a veces tienes un día libre y se te olvida qué era lo que hacías cuando eso pasaba.


El otoño es la estación de los recuerdos. Cuando aún no ha creado los suyos el frío invernal y los que son obra del verano están todavía dolorosamente recientes. Cuando echo la vista atrás, no recuerdo un solo día lluvioso de verano, al contrario, siempre me veo en una lancha al puntal día tras día, en una toalla en la segunda, en un avión o en un coche rumbo a quién sabe dónde. Sé que hubo otros que fueron aburridos, que hizo frío y llovió hasta hartarse pero solo porque tengo presente la sensación de desconsuelo.

La memoria es caprichosa. A veces hace desaparecer las mejores cosas como por arte de magia. Recuerdos que tenías vívidos se vuelven borrosos y poco cristalinos. Mezcla fechas y días, te hace creer que has vivido cosas que solo has visto fotos, te recuerdas riendo en tu mañana más triste. Hay cosas que se te olvidan del todo. Y cuanto más avancemos en el camino más constante será esa sensación de haber perdido recuerdos insustituibles.

Y, sin embargo, para no olvidar sólo hace falta una noche de verano, una botella de vino y una mesa rodeada de amigos. Los secretos resuenan mejor en una noche calurosa y se esconden mejor del frío del invierno.

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