VEINTICINCO

2016 va a ser el año de los 25. Hay quien dice que el cuarto de siglo no tiene tanto de particular. Yo creo que se olvida de los 25 veranos que ya hemos vivido, de las 25 veces que hemos desayunado en el hotel sardinero el día de reyes. De las casi 25 veces que hemos ido a peñaherbosa -pocas menos se me hacen-. Se olvida de las 25 veces que hemos visto amanecer volviendo a casa, de los tantos cotillones en el tenis y en el zeppelin, de los 25 pares de zapatos que hemos estrenado en nochevieja.

Las 25 veces que hemos salido a comprar bikinis en días lluviosos, las más de 25 noches de sofá, manta y peli, las casi 25 cenas de navidad y de fin de verano, los 25 reencuentros en familia. Los más de 25 planes de viaje fracasado, los 25 viajes que sí llegaron a buen puerto, las 25 veces que he aparecido en tu casa con la maleta a cuestas. Los 25 besos inesperados, los 25 cumpleaños de 18, las otras tantas noches cerradas en la taberna del tenis.

A veces se nos olvidan las 25 expediciones en busca de porciones de tarta para compartir, o las 25 cenas de pinchos que hemos dejado este verano a nuestras espaldas. Las 25 llamadas de teléfono que hicieron falta para convencerte de que no dejaras la carrera, o de que a veces es mejor dejar las cosas por imposibles. Se nos olvidan los 25 millones de mensajes de grupo cada vez que pasan un par de horas sin conectarnos, se nos olvidan los 25 amaneceres de cumpleaños que estamos dejando a nuestra espalda.

Son más de 25 las copas de celebración que hemos tomado, y muchas más de 25 veces nos han cantado cumpleaños feliz. Hemos llorado juntos más de 25 veces para terminar recordándonos cómo reír. Hemos pasado muchos más de 25 exámenes y perdido en hacer nada más de 25 horas en las que supuestamente debíamos estar trabajando. Y más de 25 horas son las que hemos pasado sentadas en un banco de piquio viendo pasar las olas.

Hemos necesitado más de 25 paseos para aprender a conocernos entre todos, y más de 25 mensajes para dejar de echarnos de menos. Y ya van veinticinco -sino más- conversaciones de whatsapp que han empezado “he estado pensando que para la fiesta de los 25…”

Si hemos sido capaces de hacer todas estas cosas en un cuarto de siglo… ¡qué no haremos con el tiempo que nos queda! Feliz salida de los 24, generación del 91.

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20 de septiembre

Me he puesto los zapatos y he echado a andar, impulsada por mis ganas de salir de casa. El parque de las llamas últimamente tiene más frondosidad, quizá algún día llegue a convertirse en el Central Park que yo esperaba ver desde mi ventana cuando empezaron a construirlo. 

He bordeado el centro de salud y cruzado los campos de sport del sardinero. No me he detenido a tomar una caña en la tasca pero no descartó dejarme caer por ahí a la vuelta. De momento lo que quiero es que este sol de brujas de septiembre me de en la cara. 

He cruzado feygon luchando contra el viento en sus soportales y he parado en el planet a comprar unas gominolas que huelen a infancia. Yo siempre quería dentaduras porque me gustaba su textura. Tu preferías las gominolas con pica-pica.

He dejado atrás el corona y he subido las escaleras que llevan a molinucos sabiendo que la vista iba a merecer la pena. Algunos perros y sus dueños pasean junto a mí. El mar está un poco revuelto, debe ser el sur, y desde aquí puedo ver la gente que pasea por delante del chiqui. Te he saludado, pero no me has visto.

He pasado de largos molinucos y la entrada al parque de mataleñas y he dejado a mi espalda las rocas para asomarme a la playa de mataleñas, regada por algunos bañistas de última hora. El trozo verde de delante del Barco esta lleno de mesas de merienda y el forestal Park hasta arriba de niños que disfrutan de los últimos fines de semana sin deberes.

He dado la vuelta por el hipódromo y he bajado hacia el Golf de mataleñas. Los domingos al sol. Después me he colado en el parque por el lateral, sintiéndome de pronto en otra parte, ante el camino de tierra vacío. He bordeado los patos y he vuelto al camino del mar. Hay tanta gente en el parque aprovechando el buen tiempo que apenas podía caminar. 

Me he desviado del camino por la mutua y he bajado la cuesta de la facultad de turismo dando buena cuenta a las gominolas del planet. De momento voy contado cuatro personas conocidas a las que he saludado. La breve sombra que proyectan los árboles hace que no me sobre la chaqueta, y el muro de momento me protege del viento, hasta que dejó atrás el acuario y me adentro en el camino de la playa.

  
Se empiezan a notar las mareas de septiembre y las maneras del otoño. El paseo ya no es la antesala de la playa sino una autopista en hora punta llena de carritos de bebé.

Pronto dejó atrás mesones y avanzó hacia piquio, dejando a mi izquierda el mar. La cuesta que baja de piquio me sirve para reponerme de la pindia cuesta de subida, y hace que me entre él hambre. Avanzó un poco más y llego a mi destino: un helado en regma, de mantecado en cucurucho de chocolate, y vuelta a empezar.

Walk upon the river like it’s easier than land

La bolsa de viaje. Las gafas de sol para el coche. Parar a repostar en Puente San Miguel. Revistas y dulces para el camino. Biodramina para pasar el desfiladero de la Hermida. Aire fresco. Echar de menos el bañador al pasar por las Termas. Los reflejos del sol en el pelo. Viejas glorias sonando en la radio. Llegar y respirar naturaleza. Cambiarse y a la calle. Un par de cervezas en el jardín encantado. Romerías modernas. Un dj cubano y una sudadera cuando cae la noche. Salir en planos. Bailar en planos. Dolor en los gemelos. La desvergüenza de estar rodeado de desconocidos. Una pizza de emergencia. Y otra vez a bailar.


El paseo por el río a las cinco de la mañana. Bares clandestinos donde las normas no valen. La semana que pesa. Cerrar con el sol y volver a casa con los madrugadores. Que no te despierte ni un ruido. Amanecer por la tarde. Croissants y conversaciones en la cocina. Reencuentros con nosotros mismos. Café que sabe a lo conocido. Mejores amigos. Fin de semana.


Pinchos a la hora de merendar. Pelea a muerte con el cansancio. Vuelta al coche – cama. Cantar por tallest man on earth. Que la niebla se convierta en lluvia. Llegar a casa a punto de desfallecer. Casa vacía. Domingo de estudio. Domingo de estudio y festival de Jazz en la calle del sol.

Mar y montaña. Lluvia y sol. Música y letras. Así es Cantabria.

Las siete y veintisiete

La memoria es caprichosa. Los recuerdos la mayoría de las veces aparecen sesgados y adaptados a las emociones del momento. La vida les pasa por encima cambiando el color con que los vemos, y mientras hasta una determinada edad los creemos felices una vuelta de tuerca hace que se vuelvan agridulces.

Ahora que casi no puedo crear recuerdos, me paso el día sacando brillo a los antiguos. Me apetece volver de la playa, cansada del sol, y tener por delante una hora entera para deshacer el moño que llevo en el pelo, darme una ducha templada y ponerme el pijama sin prisa. Sentir que estoy perdiendo el tiempo por derecho, no hacer esas cosas con las prisas de quien sabe que hace algo que no debe. O volver de la playa a las 12, después de haber empalmado la arena con el café con las cañas, con el terraceo. Y que no me preocupe el sueño, porque se que voy a tener un día entero para recuperarme. Que no me agobie dormir de más sino que siempre tenga la sensación de estar durmiendo de menos.

Dicen que lo que más perdura en nuestra cabeza son los olores, el olor a crema solar, a sal, el olor a sol. Las rutinas cambian tanto que a veces tienes un día libre y se te olvida qué era lo que hacías cuando eso pasaba.


El otoño es la estación de los recuerdos. Cuando aún no ha creado los suyos el frío invernal y los que son obra del verano están todavía dolorosamente recientes. Cuando echo la vista atrás, no recuerdo un solo día lluvioso de verano, al contrario, siempre me veo en una lancha al puntal día tras día, en una toalla en la segunda, en un avión o en un coche rumbo a quién sabe dónde. Sé que hubo otros que fueron aburridos, que hizo frío y llovió hasta hartarse pero solo porque tengo presente la sensación de desconsuelo.

La memoria es caprichosa. A veces hace desaparecer las mejores cosas como por arte de magia. Recuerdos que tenías vívidos se vuelven borrosos y poco cristalinos. Mezcla fechas y días, te hace creer que has vivido cosas que solo has visto fotos, te recuerdas riendo en tu mañana más triste. Hay cosas que se te olvidan del todo. Y cuanto más avancemos en el camino más constante será esa sensación de haber perdido recuerdos insustituibles.

Y, sin embargo, para no olvidar sólo hace falta una noche de verano, una botella de vino y una mesa rodeada de amigos. Los secretos resuenan mejor en una noche calurosa y se esconden mejor del frío del invierno.

Bienvenido

Bienvenido, septiembre. Entra, pasa sin llamar.

Has vuelto a pasarte por aquí. Entre tú y yo, innecesario. Sé que puede parecerte que realmente nunca te habías ido, pero te estarías equivocando. No has llegado despacio y sin hacer ruido como otras veces, sino que has llegado con todo, bombos y platillos, esquivo pero directo. Y esta vez lo has hecho todo mucho más rápido, nada de la cámara lenta a la que me tienes acostumbrada.

Has dejado caer el baño de realidad de costumbre sin parangón, sin misericordia. Te has llevado las ganas y a los exiliados, te has llevado los amores de verano y la luz de agosto. Nos has dejado un poco más vacíos y un poco más solos. Pero traes contigo tu caracterísitca luz otoñal, y eso nos gusta.

Eres el mes de entretiempo, de estrenar los últimos coletazos de la ropa de rebajas y mezclarla con las nuevas prendas de ropa de temporada, de salir por la noche con cazadora de cuero y piernas al aire, de sorprendernos a media mañana con un viento sur que hace que nos sobren todas las capas.

Eres el mes de los nuevos comienzos, de la vuelta a la rutina, de la añoranza y el echar de menos. Eres el mes que más tememos pero en el que más cómodos estamos, el mes de los cumpleaños y el que más rápido pasa.


El mes del río de la pila por excelencia, cuando las primeras medias comienzan a asomar en las noches más frías, cuando aún estamos guapos y morenos del verano y las copas se disfrutan más allá del toldo.

El mes de la mudanza y los buenos propósitos, pero también el mes de las despedidas.

Bienvenido, septiembre. Entra, pasa sin llamar, estoy preparada para tu personalidad agridulce y tus amaneceres de sol.

Por mucho que el corte inglés intente hacernos creer lo contrario, el 1 de septiembre nunca ha sido para nosotros sinónimo de vuelta al cole. El 1 de septiembre era el comienzo de una de las mejores épocas del verano, cuando toda tu familia empezaba a trabajar y tu aún seguías de vacaciones. Cuando el mundo madrugaba, pero tu podías quedarte un rato más en la cama.

Después, para los que terminábamos los últimos los exámenes de junio y empezábamos el verano con retraso, era el momento en que tus amigos empezaban la universidad mientras tu te quedabas remoloneando en la playa otros 20 días.

El 1 de septiembre despertaba nuestros más bajos instintos de auto complacencia. Pero también las ganas de empezar. Aunque no lo reconociéramos, el verano se alargaba un poco demasiado y una parte de ti deseaba la vuelta al cole -la vuelta al recreo mejor dicho-, estrenar ropa y ver a gente de la que no habías sabido nada en todo el verano. La magia de las relaciones infantiles, volvías y el mundo no había cambiado ni un ápice.

Además septiembre despertaba nuestras ansias de aventura, aún lo hace creo, esa incertidumbre acerca de qué te deparará el nuevo curso, los propósitos de estudiar al día, de atender un poco más, de disfrutar un poco más una época que -aunque al principio parecía eterna- cada vez avanzaba más deprisa.

En cierto modo esto lo hemos perdido. Ahora que hemos terminado el colegio e incluso la carrera, septiembre es sinónimo de salto al abismo, de lanzarse sin paracaídas a un rutina que volvemos tediosa sin darnos cuenta, de vuelta al estudio y fin de la diversión. Por supuesto, sólo porque queremos verlo de esta manera, porque cuando todo se ve negro es difícil disfrutar de los grises.

Retomemos el espíritu infantil que hemos ido dejando atrás. Septiembre es uno de los mejores meses del año. Sí tienes la suerte de vivir en el norte probablemente haga mejor tiempo que en verano, Santander se pone más guapa que nunca y alargar los planes unas horas más cuando ya se ha ido el sol solo exige una sudadera. Que no se acaba la vida, sólo se vuelve un poco más fría.