Provinceo y cocido

2012-09-07 15.18.25

Son las diez de la mañana y abres un ojo a medias al sonido del despertador. El instrumento preferido del demonio suena y suena otra vez mientras la noche de ayer martillea en tu cabeza. “No son horas para un sábado” piensas. 

Consigues bajar un pie de la cama, y al cabo de un rato el otro, y te arrastras hacia la ventana a oscuras para subir al persiana. El primer rayo de sol te hace entrecerrar los ojos. Parece que hace bueno. En un gesto más antiguo que el mundo abres un poco la ventana y sacas el brazo fuera para ver qué tal hace. Ni aplicaciones ni programas de veinte minutos en la televisión pública, ese gesto es el que te salva la vida.

Vuelves a cerrar los ojos mientras intentas recordar por qué el despertador está sonando a las diez de la mañana de un sábado. Porque es sábado, ¿verdad? Bajas la vista hacia el móvil que ya tienes en la mano y ves que en el grupo de whatsapp de tus amigos ya hay unos quince mensajes nuevos. Todos con la misma leyenda “arriba todo el mundo”. Vale, vamos de ruta. 

Lo que parecía un buen plan la noche anterior ahora ya no parece tan buena idea. Los que no salieron anoche están frescos como lechugas y poniendo verde al personal que aún queda por amanecer.

Te retuerces un poco más dentro de tu somnoliento cuerpo y decides que por el bien de tu vida social debes ponerte en marcha. Rebuscas entre los cajones algo que ponerte porque, no nos engañemos, el treking no es lo tuyo y tu armario lo demuestra. 

Rápidamente entras en la ducha esperando que te despeje, y sales poco después de casa con un desayuno a medias y un montón de por si acasos ( que esto es Cantabria y siempre hay un “por si llueve”, “por si refresca”, “por si sale el sol”, “por si viene el arco iris”).

Después de los 30-40 minutos de rigor de espera en el punto de encuentro a los que han llegado tarde, te pones en carretera. El clima promete, parece que hay sol, las nubes se difuminan, suena the lumineers y la carretera primaveral es constante e infinitamente verde, y las montañas te arropan durante todo el camino. Solo por esto ha merecido la pena madrugar.

Te pasas la salida que te pasas siempre porque lo sábados no son buenos días para perder las viejas costumbres, y llegas a tu destino más tarde de lo esperado. Los que se han guiado más por GPS que por instinto te esperan ya tomando una caña pre-ruta, porque hacer deporte no hace que dejemos de ser nosotros, y encuentras aparcamiento en un pueblo diminuto -que todo lo que tiene de pequeño lo tiene de auténtico-.

Empiezas la ruta con energía, sin palo al ristre y de avanzadilla, y echas la vista atrás desde la primera subida mirando a tus amigos y pensando que parecen un grupo de urbanitas plantados con photoshop en un escenario idílico. A medio camino se para a la sombra, como está mandado, y la ruta que en principio iba a ser rápida se alarga lo indecible, porque caminar entre bosques no es tan fácil como parece y porque es complicado abandonar un sitio como las Cascadas de la Miña solo por voluntad propia.

Llegas al restaurante finalmente a una reserva que has llamado para mover ya un total de tres veces y un Casa Lucas lleno hasta los topes en el que solo queda una mesa larga como un día sin pan en el que os sentais todos a comer cocido. Porque sí, aquí se viene a comer cocido. Hasta tu amiga la que se ha pedido una ensalada para disimular es pillada en un renuncio metiendo el tenedor en tu plato de alubias. Y chuletón, porque por todos es sabido que el cocido del Valle de Cabuerniga no termina de ser una comida completa. Y postre, porque ¿qué es una comida si no va acompañada de dulce? Y si estos buenos señores del restaurante no tuvieran más que hacer, a lo mejor decidías volver a empezar los platos y quedarte a comer en bucle.

Los hay que después de una comida así necesitan una línea directa con la siesta, y se suceden las disputas sobre quién vuelve conduciendo y quién inconsciente en el asiento del copiloto mientras su cuerpo emplea todas sus energias en hacer la más que necesaria digestión.

 Los demás hacen de tripas corazón y deciden bajar la comida de paseo por Bárcena Mayor, un pueblo aún más pequeño y más auténtico que el anterior, de calles empedradas y bancos a la sombra.

  
Al volver a casa, si tienes suerte, habrá comenzado a anochecer y ahora el verde de los montes se mezclará con el naranja y las vistas te impedirán quedarte dormido al volante. Y hasta ahí tu estado alerta, porque vas a necesitar una siesta si quieres seguir el ritmo de los que ya están haciendo planes para el día siguiente. Que descanses.

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