Gris

A veces se me quitan las ganas de quererte, y es que se me desviste el alma cuando te tengo delante. Y la vida es bastante complicada por si misma como para sentir tanto.

Digo que te me quedas pequeña, que me ahogo en tus calles salpicadas de gotas de lluvia y que el mar ya no se me antoja infinito. Que hay lugares en la tierra que te harían sonrojarte, y playas en otros mundos que te hacen parecer de juguete.
Pienso que tu gente de cuando en cuando es demasiado conocida, tu clima demasiado húmedo, tus calles demasiado vacías, tu tráfico demasiado lento.
Te me presentas gris por la mañana y me da un vuelco el corazón que me lo vuelve del revés y me lo vacía. Y me obligas a desear coger el petate y echar a volar. No es culpa tuya, pero a veces te levantas con el pie izquierdo y te cubres de nubes por completo y haces que yo no quiera levantarme en absoluto.
Hay ocasiones en las que dejo de disfrutar lo disfrutable. Los jardines no me parecen tan verdes, las flores no me parecen tan coloridas, me enfado porque el mar es tan azul.

Me dan ganas de sentarme y tener una larga conversación contigo, que me cuentes qué puedes hacer para que me sienta mejor. Que me recuerdes que los atardeceres en isla me dejan sin respiración y que la luz de las once de la mañana te pone de guapo subido. Que me lleves el sonido de las olas hasta casa, para reconciliarme contigo. Que me cuentes de un nuevo restaurante donde el estómago me haga volver a quererte. Que me digas que por muy lejos que vaya, siempre voy a pensar en volver.
Y es que aunque nunca seas fea, hay días que te levantas menos favorecida, más cotilla, más pécora, y tus paredes no callan. Hay veces que te faltan cosas que enseñarme, cosas que mostrarme, cosas que contarme. Y que en tus esquinas no me encuentro con quien esperaba encontrarme.

Y, es curioso, esos días en el fondo tampoco dejo de pasearte. Son cosas de la convivencia estas idas y venidas, este desencanto pasajero. No todos los días podemos llevarnos a las mil maravillas. Y tú eso lo sabes, y por eso en esos días en un momento en que me pillas despistada caminando la bahía, sacas al sol a guiñarme un ojo por detrás de los raqueros y haces que el enfado se me olvide.

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