Loco

No te voy a mentir, es muy posible que esté loca. A veces estas cosas suceden de esta manera, un día estas completamente cuerdo y al día siguiente eres un caso perdido. Si somos honestos, yo era una clara candidata a que algo así me sucediera. Un millón de cosas en la cabeza y una mente muy poco compartimentada. De manual. Debí haberlo visto venir.

No nos equivoquemos, mi locura y yo nos llevamos bien. Aunque hace poco que nos conocemos hemos estrechado lazos, yo le cuento qué tal me ha ido el día y ella me pone en contacto con el sombrerero de Alicia, dice que haríamos buena pareja. Igual me conoce más de lo que parece.

Generalmente, esta locura coincide con esos días en que se levanta viento sur. Mi cabeza se queja y las ideas van, vienen, giran en mi mente al compás que marca el viento. Pero otras veces simplemente me levanto de aquella manera, las voces que me acompañan se despiertan con más ganas y organizan conciertos multitudinarios. Y, las menos, la culpa es tuya.

Cuando pasan estas cosas, mi principal consuelo es que a pesar de mi enfermedad, probablemente sea la persona más cuerda que conozco – y para muestra mi amigo el que decidió que las rabas del faro eran una buena excusa para hacerse 3000 kilómetros -. Otros días esto no es suficiente y me refugio en la calma. La calma que encuentro en Santillana del Mar y sus calles empedradas, o en los acantilados de Suances. La tranquilidad te asalta en cada esquina de la provincia, en los bosques desiertos, en las vistas de las rutas montañeras, en el silencio de la noche en alguna playa.

Sentarme con una botella de vino al borde de la bahía, el primer baño del año en una playa vacía. El sonido del agua en uno de los úlitmos bancos de la Virgen del Mar, el contrasentido de pensarte grande y pequeño ante la inmensidad del cantábrico. La primera bocanada de aire salado. El olor a mar.

Dejarme caer en las escaleras en silencio antes de subir a casa, o hablar por teléfono alargando el momento antes de volver a estar rodeada de voces. Leer un libro en un banco de Piquio y las siestas en Covachos. Cruzar el puente de las Llamas en coche mientras suena Romeo and Juliet.

La calma depués de la tormenta cuando vuelves a extender tu toalla en la playa después de un chaparrón, ver películas en casa mientras fuera el infierno llueve. Cenar en la terraza, los cafés en el Balneario de Magdalena en primavera. Los conciertos desde la piscina del Tenis. El silencio después de contarme que no puedes más y vas a dejarlo todo. Por qué pasan cosas malas a la gente buena. Esos momentos de paz antes de volver a coger aire, la pérdida voluntaria de las preocupaciones antes de recuperar las ganas.

La tranquilidad de tomar unas rabas un día de sol en el machi, la última caña en un faro en el que ya no queda nadie viendo cómo se pone el sol. El paseo de la curva de mataleñas por el día, y el nocturno por el chiqui. De nuevo el ruido de las olas. Cruzar en bote la bahía.

Después de todo esto, puede que las voces de mi cabeza no desaparezcan, pero desde luego amainan con la tormenta. Me vuelvo incoherente, insensata, y de nuevo cuerda. Yo soy de las que llevan su locura en la intimidad de su mente, pero no dudes que está ahí, y a veces mis ideas pierden su base racional. Aunque siga pareciendo la más sensata de todos, aunque no adivines mi desequilibrio emocional.

Y en el fondo me gusta, me da la oportunidad de conocer nuevos escondites y excusas para refugiarme del mundanal ruido, excusas para alejarme de ti, y para alejarme de mí misma. Así que mi locura y yo estamos haciendo buenas migas, puede que pronto te la presente.

pd. Las fotos son cortesías de mi amiga la que va a dejarlo todo y montar un chiringuito en la playa.

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