Los bares de nuestra vida.

El repaso a los bares de nuestra vida exige volver a aquella época en la que la mayor preocupación de la semana era pensar qué nos poníamos, y para vosotros qué tal os iba en la clasificación de la liga interna. Se salía de otra manera. No se llegaba al viernes cansado pero luchando contra tu propia naturaleza para aprovechar al máximo un fin de semana sin trabajar. Ni tampoco se salía tarde de casa, porque cuando tú vas yo vengo y la hora en la que salimos de casa ahora era en la que antes nos tocaba volver. El modelito del viernes se pensaba durante toda la semana, y te ponías de acuerdo con tus amigas para adaptarte a la dinámica de moda -vale, en esto puede que alguna no haya cambiado tanto-.

Los primeros pinitos en el O’clock dieron pronto paso a las noches en el Soho. A las copas a medias, a las cocteleras de piruleta, a la incertidumbre de si te dejarían entrar sin dieciseis años. A El Canto Del Loco sonando en las esquinas, mandando mensajes a través de las canciones. A las inevitables caídas cuando el suelo se encharcaba, a las excursiones al baño que duraban horas, todo tu mundo concentrado en unos cincuenta metros cuadrados. Cumpleaños en mayo y fiestas de fin de semana. Todos los fin de exámenes iban -íbamos- a morir al Soho. A las doce en casa, doce y media en casa, a la una en casa, “mamá que todas se quedan más”. Allí llegábamos a las diez o a las once después de una cena temprana en telepi y parecía que la noche duraba días.

Poco a poco fueron pasando los fines de semana y el Soho daba paso a las doce a la peregrinación al Pasarela. Sensación de discoteca por ganar metros cuadrados, y unos baños más amplios con un espejo en la entrada que durante un año fue el sitio donde más selfies se hicieron de todo Santander, cuando los selfies aún no se llevaban. Todos los cotilleos salían de ese baño, y todas las noches acababan en la tarima cantando la Casa Azul. Parecía que los diecisiete sólo podían celebrarse ahí, y nos aferramos a la idea de ese bar hasta que seguir ahí empezó a hacerse insostenible.

Hubo otros después, claro, el Wendal, el Montreal de las fiestas de primero de carrera, el Kudeta… pero los dieciocho fueron del Molly. Todos las fiestas de 18 acabaron ahí. Una cada fin de semana religiosamente. Era la época dorada, cuando el BNS abría siempre y no existía incertidumbre sobre qué ruta seguir. Había quien llegaba pronto y se sentaba en las mesas de la esquina, hasta que había echado las suficientes ganas para bailar a media pista. Y no se oía música tecno y el perreo se escondía entre canciones. Y girabas en el suelo de azulejos hasta que llegaba Mr. brightside y te encaramabas a las escaleras del demonio a cantar como si te fuera en ello la vida. O a los bancos verdes de madera, donde después clausuramos el molly y con él nuestra adolescencia. Solo hay otro sitio donde suena tan bien the killers, y es en el BNS a media luz cuando más que cantar la lloras.

Ahora nos dejamos caer por la bisagra los viernes por la noche, fingiendo madurez y relajación. Hasta que suena “volare”. Los rincones de la barra nos devuelven a los dieciocho. O no, que con veintitantos aun sabemos cómo pasarlo bien. Lo pisamos  cada fin de semana, unas veces de tranquis y otras solo para ver quién está. O tomamos una copa en el karloff, donde la música es de todo menos mala y cantas sin darte cuenta por encima de la conversación que alguien está intentando tener contigo.

Hemos pasado los inviernos en la taberna del tenis y los veranos en el ventilador y en La Calle, pero hay bares que dejan huella. Y qué te voy a contar a ti, si te conocí en todos ellos. Brindemos en cualquiera o en todos por lo que dejamos atrás, y por esto que ahora esta viniendo. Salud.

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