En verano no se piensa.

En verano no se piensa, el sentido común dormita y se despierta con el frío, con la humedad del otoño santanderino. En verano solo se vive. Y punto.


Sales por la mañana de casa después de tardar diez horas en conseguir abrir los ojos y decides que sí, que es tu momento, que vas a volver a patinar. Y vas al parque de Las Llamas y te peleas con los patines cruzando puentes colgando de las barandillas hasta que acabas descalzo tomando el sol en la hierba. Eres estudiante y septiembre te acecha y sales de casa para estudiar y ves el sol y el positivismo te envuelve. Descubres una motivación que se escondía en lo más profundo de ti y vas por la calle o conduciendo como en un videoclip al ritmo de city girl. Es cierto que los buenos pensamientos te duran lo que tardas en llegar a la cuesta de la universidad y empiezas a subirla, pero ¡oye! que no se diga que tu no lo intentas.

Sales el viernes de trabajar después de haber estado aguantando a tus amigos toda la semana subiendo fotos de la playa a todas las redes sociales y comentando en los grupos de whatsapp sobre sus magníficos planes y solo piensas en BAÑARTE EN EL MAR. Ya puede estar lloviendo cats and dogs (mucho muchísimo) que tú te vas a bañar en la segunda. Y si, las primeras olas que llegan a tus pies son heladoras, pero hace tan malo fuera que ni te das cuenta. Y es el único baño que te das ese verano porque la pulmonía no te vuelve a dejar salir de la cama pero ¡eh! que nadie diga que no mereció la pena.

La operación bikini se transforma en operación helado de regma “no, no voy a comer patatas que así después me como un helado”, “para mi solo un poco de ensalada que así después me como un helado”; y la operación moreno en operación aloe vera porque ya ha vuelvo el calor y te ha vuelto a pasar lo mismo. Diez horas en el puntal el día que más brillaba el sol del verano y pareces un turista en tu tierra. Rojo por delante y blanco por los lados.

Y todas las mañanas decides que ese es tu verano Estrella Damm, y propones un millón de planes en tu grupo que nunca salen. Ni va a ser el año que empieces a hacer surf, ni alquilar una canoa va a ser una realidad, ni tampoco vas a irte de casa rural a comillas. Pero bueno, planear al sol también es divertido.

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Es el sol que nos transforma. El que nos hace salir el primer día del verano en pantalón corto y camiseta de tirantes y nos hace olvidarnos de que en el Norte “refresca” y hay helada hasta en verano. Que el calor humano tampoco hace milagros por mucha gente que se amontone en Cañadio.

Te sientes parte de los miserables cuando llega la policía a la plaza y en tu cabeza suena “do you hear the people sing” mientras ves como tu amigo por la derecha ya ha iniciado operación retorno y se va con sus bolsas a lugares más cálidos. De camino al BNS en taxi te entra hambre y le cambias el destino pensando en ir a comer una hamburguesa al Eros, solo para acordarte a mitad de camino de que cerró y la vida desde entonces no es lo mismo. Cambias la hamburguesa por la tortilla de patata y eres el primero de la cola en el manila esperando a que abran, que los churros en verano no saben igual. O te coges un taxi a mcdonalds y pasas andando por mcauto sintiéndote de una raza superior. La hamburguesa más cara de la historia hasta que abrieron el mcdonalds de la S20 -a veces se escuchan nuestras plegarias-.

El viernes por la tarde al calor de la arena de la playa las ideas fluyen que da gusto, y como el sábado dicen que se nubla decides ir de ruta al día siguiente, por la costa de Santoña. A las siete parece una buena idea, y a las diez mientras picas algo en la Tolva parece aún mejor. En cañadio tu amigo te mira de reojo y empieza a soltar al aire comentarios sobre todo lo que tiene que hacer al día siguiente y el poco tiempo que le va a quedar para ir de ruta. Tu le agarras por los hombros, te vienes arriba, y le haces prometer y jurar y confirmar que mañana a las diez está metido en el coche. A las tres de la mañana la idea resurge con más ganas, “vamos fijo”, y a la salida del BNS te despides con un “¡en un rato nos vemos!”. A las diez de la mañana del sábado en el punto de quedada solo hay balas de paja rodando y tu amigo el ocupado, que coge el teléfono y llama a tu casa para acordarse de toda tu familia.

O como no, aterrizas a las cinco de la mañana en la playa de la concha corriendo por tu vida hacia el mar porque si entras al agua corriendo dicen que la decisión de entrar o no se toma más fácil -la inercia la toma por ti-. Y cuando sales del agua tus amigos se han llevado tu ropa y hace un frío del carajo pero el año que viene repites seguro.

El verano no es tiempo de sentido común. Es tiempo de posponer lo “imposponible”. Estudiar en septiembre -si eso, porque luego llega septiembre y nadie duda que es el mes que mejor tiempo hace en Santander por excelencia-, trabajar a ratos y hacer las cosas importantes de la vida solo cuando llueve. Y nadie puede culparte, porque en verano no se piensa, se vive.

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