Hacia el Oeste.

Cuando el domingo amanece soleado en primavera, te dan ganas de abandonar Santander y explorar Cantabria. Coger el coche pronto por la mañana y poner rumbo a Asturias, para quedarse por el camino. Empezar el día conduciendo hasta San Vicente de la Barquera, no solo porque sea la tierra de Bustamante.

Aprovechar para salir pronto de la autovía y llegar a San Vicente por la carretera de la playa, al puente que se cruza sin respirar, para pedir un deseo al otro lado. Es un puente condenadamente largo para jugar a eso, especialmente cuando tienes los pulmones de un niño de cinco años, pero la tradición es la tradición. Se aparca nada más entrar y se camina por el paseo marítimo, parándose a picar algo en cualquiera de los restaurantes a pie de mar. Si el presupuesto lo permite, también se puede comer en el Restaurante Annua, galardonado con una estrella Michelín 2012 y un sol en la Guía Repsol y con unas vistas que son un espectáculo.

San Vicente de la Barquera. Cantabria. Foto credit: mi amiga la de la cámara buena.

San Vicente de la Barquera. Cantabria. Foto credit: mi amiga la de la cámara buena.

Después de comer volvemos al coche, cruzamos el puente y llegamos a Santillana del Mar disfrutando de la carretera verde. Todo es verde en Cantabria. Santillana del mar tiene el encanto de lo auténtico, y el jardín del parador es el mejor sitio para merendar al sol. Desde el bizcocho a los churros, te sientes como un extranjero más en una época que no es la tuya. Paseo por sus calles empedradas, visita a la colegiata y orientar el coche hacia suances, más verde alrededor, the vaccines sonando de fondo. Casi huele a verano.

Al llegar a Suances nos sorprenden sus cuestas, su bajada hasta el mar, donde aparcamos y aprovechamos para dar una vuelta por el paseo marítimo. Conocemos el suances de los miércoles por la noche, pero parece distinto a este. Cerramos la tarde gastronómica con un helado en regma y nos preguntamos si quedarnos a cenar en La Bodega de Sidro, nos apetece su encanto sencillo y sobretodo su bogavante a la plancha y su tarta de limón pero cogemos la carretera rápidamente porque queremos llegar a ver anochecer en Liencres.

El camino de pinos de liencres y sus infinitas curvas está vacio a esas horas en primavera. Ya ha empezado a refrescar y sacamos del coche las chaquetas más gordas. Son diez minutos apenas los que aguantamos viendo cómo cae el sol pero son los mejores diez minutos del día.

Hay cosas que nunca decepcionan.

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