Las primeras veces

Y casi sin darnos cuenta, han llegado las primeras veces. La primera copa en cañadio esperando por si se hace ambiente, las primeras noches en sandalias de tacón en el río, con la consiguiente necesidad de dormir con los pies en alto. Los primeros sábados de recuperarse de las noches en la playa, las primeras cenas en terraza. Los primeros pinchos en la calle, la sustitución de las cocacolas por las cañas. Las primeras noches en el ventilador.

Las primeras fiestas de verano, los primeros conciertos al aire libre, la primera oportunidad de dejar las medias en casa. Los primeros modelitos de Nueva temporada, las primeras veces de salir sin maquillar. Las noches en cuñas imposibles, los primeros baños en langre. Las primeras o las vigésimas rabas, la época de comer marisco todos los domingos.

  
Las primeras veces de volver a casa sin arrepentirte de lo que no ha pasado, los primeros dejar para mañana lo que puedas hacer hoy. Las primeras sonrisas furtivas a través del malaspina, las primeras porras para saber qué fin de semana es el mejor para empezar a ir al BNS. 

Los primeros hielos, todos los helados. Los primeros paseos cuando baja el sol, para convencernos de que hacemos ejercicio. Las primeras veces que en la radio encadenan canciones veraniegas, una tras otra sin parar y aciertan con todas, porque no discriminas. Las primeras noches en blanco porque las siestas anteriores no te dejan dormir.

  
Los primeros intentos de terminar la noche en la playa con una guitarra, las recenas junto al mar. Los primeros mojitos, las primeras fiestas en el tenis, las primeras veces de salir sin abrigo. Los primeros rayos de sol para coger color, las primeras mechas claras en el pelo. Las primeras faldas cortas y chicos en camisa. Las primeras veces de compartir una botella de vino en la terraza del machi. Las noches de probar nuevos restaurantes. Las primeras veces de comparar moreno.
Las primeras escapadas de fin de semana a una playa que tienes a tiro de piedra, las primeras paellas, los primeros pimientos de isla. Los primeros bikinis secando al sol, las primeras fotos de buena mañana enseñando que hace bueno y animando a los demás a ir a la playa, las primeras lanchas al puntal, los primeros selfies en la piscina. Las primeras graduaciones, las primeras bodas, los primeros fin de exámenes.
Llega ese momento del año en que todo vuelve a ser nuevo, y pocos tendréis un verano mas complicado que el mío, pero por mi parte pienso aprovechar el tiempo. ¿Y tú?

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El verano que vi todas las series del mundo

Hay veces que vivir en Santander te provoca ganas de mudarte. Cuando pasa una temporada en la que subes la persiana y otra vez está lloviendo, cuando cae eso que aquí llamamos calabobos y que es peor que el diluvio universal, cuando los días grises se suceden uno tras otro y las tormentas de verano parecen más días invernales, cuando te asomas a la ventana y la bahía parece un escenario nórdico, cuando la niebla densa cubre las calles santanderinas y las vuelve londinenses. La lluvia en Sevilla será una maravilla, pero en Cantabria es tediosa y lánguida. El norte es el norte y es algo conocido y que no sorprende, pero aún así tantos días de oscuridad te hacen comprender a veces por qué la tasa de suicidio en el norte de Europa es tan elevada. Hasta el más alegre se vuelve pesimista. El sofá te atrapa y te cuesta salir de la cama por las mañanas, te vuelves menos productivo en el trabajo y hasta tener una conversación con alguien te produce pereza, utilizas las escaleras para evitar las charlas de ascensor.

El verano que vi todas las series del mundo tuvo algo de todo esto. Tenías que estar preparado las veinticuatro horas del día para bajar corriendo a la playa ante el mas leve rayo de sol. Si parpadeabas te lo habías perdido y otra tarde que pasabas en casa. Los días en el Cormorán se sucedían hasta que los temas de conversación poco a poco se diluían en el aburrimiento y la gente con la que quedabas comenzaba a caerte mal. No quedaban películas por ver ni casas en las que pasar el rato, algunas amistades no sobrevivieron a aquel verano.


Si pudiera revivir esos tres meses de mi vida, cambiaría mi actitud. Siempre he dicho que Cantabria es bonita hasta lloviendo… puede que haya exagerado un poco. Pero eso no puede ser justificación para pasar los mejores días del año en casa. ¿Que llueve? Las casetas de semana grande tienen un tejadillo relativamente amplio, calzate las playeras y disfruta de los pinchos. ¿Que no hace de playa? a lo mejor puedes darte un baño en la piscina mientras sientes como las gotas de lluvia caen sobre tu pelo bañado en cloro. Acércate a Isla y sube el Cincho. El Cincho es un monte que se encuentra en Arnuero y que tiene una subida muy agradable aunque no luzca el sol; la mayor parte del camino se hace entre árboles frondosos y en los alrededores puedes alquilar quads que hacen rutas por la zona. Busca un buen grupo de amigos y organiza una partida de paintball.

Las cuevas de Cantabria, cualquiera de ellas, son una buena opción para visitar cuando las nubes abundan. Las más conocidas son las cuevas de Altamira y El Soplao, pero personalmente me inclino por la visita a las Cuevas del Castillo y las Monedas, en Puente Viesgo. Más pequeñas, son perfectas para visitar cuando el tiempo sea peor, comiendo algo en la cafetería del Balneario y merendando chocolate con churros en Liébana para rematar el día.


Si no llueve, o si llueve y no te importa, Comillas también es un acierto. La herencia de Gaudí en Cantabria destaca por todas partes, con la opción de conocer el interior del Capricho por el módico precio de cinco euros. Si has llegado al norte es algo que no puedes dejar de lado, el color de su fachada levanta el ánimo por muy gris que esté siendo el día; y el helado de regma mientras paseas por el pueblo no te puedes ni imaginar. O hacer un circuito de spa en los balnearios de Limpias o Solares; solo por visitar el jardín del parador de limpias y tomar algo en su cafetería merece la pena el trayecto.

Un día de lluvia no puede ser excusa para la vagancia. La misma Santander tiene opciones que puede que aún no hayas descubierto. Ver una película recientemente estrenada en la filmoteca en versión original, conocer el Museo Marítimo o el de Prehistoria, pasear del faro a mataleñas aunque el día esté nublado, o cenar en el cazurro mientras fuera sigue lloviendo, como ya os he recomendado más de una vez.


Como dice quenomefaltenvuelos, no hagas planes, sólo sal de casa, levanta del sofá, que luzca el sol o caiga el agua el día que está pasando no va a volver a tu puerta, y para que Cantabria tenga este color verde que tanto se idolatra la lluvia es necesaria. Las cosas buenas a veces ocurren el día que menos las esperas.

A veces 

A veces, lluvia de verano. Y lluvia en invierno y en primavera y otoño. A veces viento sur y cañas en el faro. Y a veces tardes en la hora bruja, con tapas en forma de aceitunas, patatas, conguitos y maicitos.

A veces me encuentro contigo y te invito a un café en el machi, pero tu me miras como me solías mirar y me dices que tienes que irte a trabajar. Y otras veces me llamas un martes en hora punta y me invitas a pasear la ola del CEAR.

A veces sopla nordeste y salimos a navegar la bahía. Me recoges en el espigón y me tumbo en proa hasta que se pone el sol.

A veces se me viene encima el día y me ahogo en un vaso de agua, y antes de cenar a eso de las diez me sumerjo en una piscina vacía y recupero poco a poco mi libertad. Quién diría que soy un signo de aire si cuando mejor me siento es en un tanque de agua.

A veces pulpo a la gallega en el riojano, puding de centollo en el Gele y a veces copa fría en los sillones de la barraca.

A veces de me siento contigo en las gradas del mundial de vela, después de kilómetros de paseo, y vemos pasar a las gaviotas.

  
  A veces cena en la terraza en un noveno piso, viendo el mar. Y hace más frío de lo que pensaba y se me pone la piel de gallina pero no me importa porque los escalofríos a veces tienen su encanto. 

  

A veces vamos a comer a la magnolia, y después de pasar por somo nos tomamos unos zumos en la Bicicleta, y se nos hace de noche tomando cañas y aterrizamos en pombo vestidos de playa.

A veces sales de casa y te enamoras de Santander. Los días que te sorprende con un sol de justicia, que destaca sobre el cielo azul y la ausencia de nubes, y un viento sur que da un volantazo a nuestro clima y lo vuelve seco. Y paseas por las calles y están llenas de gente y de tiendas nuevas que alientan el resurgimiento del pequeño comercio. Y te reconcilias. Se te olvidan los días que ha estado lloviendo. Te tumbas en mataleñas y dejas que los problemas te pasen por encima. Porque pocas cosas te hacen sentir tan vivo como una siesta con el vaivén de las olas de fondo.

A veces Santander tiene muchas cosas malas, y a veces me apetece escribir sobre ellas. De hecho pensaba escribir sobre ellas, por eso de la objetividad y que no podáis acusarme de que el amor me ciega. Pero luce el sol de nuevo y ayer me encontré contigo. Y ya no me acuerdo de qué iba a contar.

  
  

Noche de San Juan.

  

  
Dicen mis amigos que el plan para el día más largo del año tiene que ser coger unas cervezas e ir a ver el atardecer. Y yo digo que mi sitio favorito para ver atardeceres es esa roca que veis a la izquierda de la foto, y que la playa del Sable en Isla es la mejor para bañarse de noche, y que no se me ocurre mejor plan para un día de verano, y volver a Santander en coche escuchando a Tom T. Hall. “If you love somebody enough, you’ll follow wherever they’ll go, that’s how I got to Memphis, that’s how I got to Memphis…” 

 

Dicen que dicen 

Dices que me admiras y creo que en el fondo te doy pena. Quien algo quiere algo le cuesta pero quizá me está costando demasiado. Y no me has visto este verano llegar sola al BNS sin preguntar quién me esperaba, ni te he sacado a bailar Enrique iglesias ni me has visto en la fila invitando a copas. No me he subido a ninguna barra, ni a ninguna tarima, ni tan siquiera a las escaleras de cañadio. No te han contado que esté organizando ningún viaje y no te he convocado para comer una paella en isla.

Te cuento que cada día es una satisfacción nueva y que cada avance estoy un poco mas cerca, y sonríes y me crees. Pero sonríes de medio lado y con la boca pequeña. Porque una parte de ti me echa de menos y se pregunta si estoy haciendo bien.
Me invitas a quedarme cuando llega la hora de cenicienta y me doy la vuelta para coger un taxi, y casi puedo ver cómo tu debate interior entre dejarme ir o secuestrarme es casi tan inmenso como el mío. Casi todo el tiempo soy una fiestera opositando y poco tiempo una opositora de fiesta, y eso tú lo sabes mejor que nadie.


He amenazado muchas veces con abandonar los grupos en los que últimamente solo se envían fotos de la playa y, aunque la mayor parte del tiempo no te acuerdas de que estoy ahí, otras veces me has confesado que me expulsarías tú mismo del grupo si te dejara. La recompensa, si es que llega, va a estar por encima de lo humano y lo divino. Pero ¡ay, el camino! Qué complicado.

Sabes que hay cosas que no puedes decirme, que la lancha del puntal a veces no sale sin mi, o que en el faro se están arruinando sin mis cafés. Aunque todo sea mentira. Me ves comprarme ropa nueva y arreglarme buscando un cambio en mi vida, y en el fondo crees que estaría más guapa si me pasara todo el verano en bikini.

Pero respetas mi decisión, porque tu eres así, y procuras hacerme ver que te parece genial lo que estoy haciendo. Aunque a veces no lo entiendas, aunque a veces no puedas evitar dejar ver que no lo entiendes. Y yo a ti te admiro por eso, yo que soy incapaz de dejar que la gente viva según sus propios estándares si creo que no les van a hacer felices. Por eso y porque sé que si en el fondo cuando esto acabe ha sido todo para nada, no me va a esperar un “te lo dije” por tu parte al otro lado. Solo apoyo si quiero volver a intentarlo.

Lo que tú no sabes, aunque te lo imagines, es que yo también me echo de menos. Y te echo de menos. Y escribo sobre un verano que no voy ni a oler porque escribir sobre ello, y leer sobre ello, me hace sentirme en paz. Como si de verdad no tener verano fuera algo que he escogido -que en un giro dramático  y retorcido de la realidad efectivamente eso es así-. Y que renuncie a una de las cosas que dan sentido a mi vida por cumplir un sueño tiene que ser algo que un soñador como tú debe entender. Si es que de verdad es un sueño, eso lo sabré cuando lo cumpla.

Pero de verdad, no dudes que hay veces -generalmente cuando hay menos luz- que pienso dejarlo todo y montar un chiringuito en la playa, y vivir un verano interminable. Bañarme en el mar todos los días, cruzar a nado la bahía si hace falta para volver a casa. Ahorrar y comprarme un velero, y vivir dando vueltas al mundo. Volviendo siempre a atracar a puerto chico. Porque la vida es mejor si se construye a base de paseos por la playa acompañados de helados de regma.


Pero luego cierro los ojos y aprieto los dientes y vuelvo a la vía que he escogido. Porque si lo consigo, ay amigo si lo consigo, la fiesta va a ser legendaria.

Lo que hemos hecho

Me dijiste hola un día en la Segunda, cuando el viento nos obligaba a pegarnos al muro de arriba y bañarse exigía un paseo de un par de kilometros. Yo, que todo el mundo sabe que no sé cómo hablar quieta, he compartido teléfono contigo desde el Chiqui hasta el botas y vuelta otra vez. Te he visto salir de tu escondite una y mil veces, y cruzar el puente del diablo temiendo por nuestra vida. Nos lo hemos pasado bien.

Desayunamos a horas intempestivas en el entretapas cuando en la calle solo estaba el sol, antes de partir hacia lo desconocido. Paseamos por el Palacio de la Magdalena buscando lugares donde hacer fotos que envidiara el mundo entero y saltamos  al campo un día de exaltación del racinguismo. Nos quedamos encerrados en mataleñas y me contaste historias en forma de café en el rhin. Te he recibido mil veces, y despedido por tierra, mar y aire. Y has cogido el coche un día de lluvia para llevarme a cenar hamburgesa entre calles vacías. Hemos ido de compras sin comprar nada y hemos corrido el riesgo de caer a la Bahía solo por amor al arte. Nos lo hemos pasado bien.

Te recogí en casa y sonaba crystal fighters y dimos vueltas en el tontodromo de mesones hablando de lo humano y lo divino. Y compartimos hipotermia después de decidir que la playa de enero era el mejor sitio para solucionar los flecos de nuestras vidas. Nos jugamos la vida rodeando mataleñas y volviendo a por el coche de madrugada al museo marítimo. Y caminamos kilometros desde el bns hasta casa porque no nos sentíamos con ánimo de pelear por un taxi. Nos lo hemos pasado bien.

Hemos organizado reuniones improvisadas en regma y pateado las calles una y otra vez en busca de regalos colectivos. Nos hemos desgastado los tacones bailando hasta desfallecer en los sitios más insospechados. Hemos cenado en todos los restaurantes nuevos que fueron apareciendo y hemos repetido mucho. Y hemos colonizado el soho -bendito y maldito soho, si sus paredes hablaran…-, el pasarela, el molly o la bisagra. Hemos plantado bandera en cañadio y en el río, que algunos azulejos tienen hasta nuestra huella. Y hemos hecho nuestros todos los atardeceres de molinucos. Nos lo hemos pasado bien.

Contigo he tenido mas accidentes en bici de los que alguien debiera tener en toda su vida, y me he reído hasta doler. Contigo he bajado San Martín suplicando que alguien me amputara los pies y se me ha olvidado todo cuando he puesto un pie en el centro. Nos lo hemos pasado bien. Pase lo que pase, nos lo hemos pasado bien.

Los bares de nuestra vida.

El repaso a los bares de nuestra vida exige volver a aquella época en la que la mayor preocupación de la semana era pensar qué nos poníamos, y para vosotros qué tal os iba en la clasificación de la liga interna. Se salía de otra manera. No se llegaba al viernes cansado pero luchando contra tu propia naturaleza para aprovechar al máximo un fin de semana sin trabajar. Ni tampoco se salía tarde de casa, porque cuando tú vas yo vengo y la hora en la que salimos de casa ahora era en la que antes nos tocaba volver. El modelito del viernes se pensaba durante toda la semana, y te ponías de acuerdo con tus amigas para adaptarte a la dinámica de moda -vale, en esto puede que alguna no haya cambiado tanto-.

Los primeros pinitos en el O’clock dieron pronto paso a las noches en el Soho. A las copas a medias, a las cocteleras de piruleta, a la incertidumbre de si te dejarían entrar sin dieciseis años. A El Canto Del Loco sonando en las esquinas, mandando mensajes a través de las canciones. A las inevitables caídas cuando el suelo se encharcaba, a las excursiones al baño que duraban horas, todo tu mundo concentrado en unos cincuenta metros cuadrados. Cumpleaños en mayo y fiestas de fin de semana. Todos los fin de exámenes iban -íbamos- a morir al Soho. A las doce en casa, doce y media en casa, a la una en casa, “mamá que todas se quedan más”. Allí llegábamos a las diez o a las once después de una cena temprana en telepi y parecía que la noche duraba días.

Poco a poco fueron pasando los fines de semana y el Soho daba paso a las doce a la peregrinación al Pasarela. Sensación de discoteca por ganar metros cuadrados, y unos baños más amplios con un espejo en la entrada que durante un año fue el sitio donde más selfies se hicieron de todo Santander, cuando los selfies aún no se llevaban. Todos los cotilleos salían de ese baño, y todas las noches acababan en la tarima cantando la Casa Azul. Parecía que los diecisiete sólo podían celebrarse ahí, y nos aferramos a la idea de ese bar hasta que seguir ahí empezó a hacerse insostenible.

Hubo otros después, claro, el Wendal, el Montreal de las fiestas de primero de carrera, el Kudeta… pero los dieciocho fueron del Molly. Todos las fiestas de 18 acabaron ahí. Una cada fin de semana religiosamente. Era la época dorada, cuando el BNS abría siempre y no existía incertidumbre sobre qué ruta seguir. Había quien llegaba pronto y se sentaba en las mesas de la esquina, hasta que había echado las suficientes ganas para bailar a media pista. Y no se oía música tecno y el perreo se escondía entre canciones. Y girabas en el suelo de azulejos hasta que llegaba Mr. brightside y te encaramabas a las escaleras del demonio a cantar como si te fuera en ello la vida. O a los bancos verdes de madera, donde después clausuramos el molly y con él nuestra adolescencia. Solo hay otro sitio donde suena tan bien the killers, y es en el BNS a media luz cuando más que cantar la lloras.

Ahora nos dejamos caer por la bisagra los viernes por la noche, fingiendo madurez y relajación. Hasta que suena “volare”. Los rincones de la barra nos devuelven a los dieciocho. O no, que con veintitantos aun sabemos cómo pasarlo bien. Lo pisamos  cada fin de semana, unas veces de tranquis y otras solo para ver quién está. O tomamos una copa en el karloff, donde la música es de todo menos mala y cantas sin darte cuenta por encima de la conversación que alguien está intentando tener contigo.

Hemos pasado los inviernos en la taberna del tenis y los veranos en el ventilador y en La Calle, pero hay bares que dejan huella. Y qué te voy a contar a ti, si te conocí en todos ellos. Brindemos en cualquiera o en todos por lo que dejamos atrás, y por esto que ahora esta viniendo. Salud.

En verano no se piensa.

En verano no se piensa, el sentido común dormita y se despierta con el frío, con la humedad del otoño santanderino. En verano solo se vive. Y punto.


Sales por la mañana de casa después de tardar diez horas en conseguir abrir los ojos y decides que sí, que es tu momento, que vas a volver a patinar. Y vas al parque de Las Llamas y te peleas con los patines cruzando puentes colgando de las barandillas hasta que acabas descalzo tomando el sol en la hierba. Eres estudiante y septiembre te acecha y sales de casa para estudiar y ves el sol y el positivismo te envuelve. Descubres una motivación que se escondía en lo más profundo de ti y vas por la calle o conduciendo como en un videoclip al ritmo de city girl. Es cierto que los buenos pensamientos te duran lo que tardas en llegar a la cuesta de la universidad y empiezas a subirla, pero ¡oye! que no se diga que tu no lo intentas.

Sales el viernes de trabajar después de haber estado aguantando a tus amigos toda la semana subiendo fotos de la playa a todas las redes sociales y comentando en los grupos de whatsapp sobre sus magníficos planes y solo piensas en BAÑARTE EN EL MAR. Ya puede estar lloviendo cats and dogs (mucho muchísimo) que tú te vas a bañar en la segunda. Y si, las primeras olas que llegan a tus pies son heladoras, pero hace tan malo fuera que ni te das cuenta. Y es el único baño que te das ese verano porque la pulmonía no te vuelve a dejar salir de la cama pero ¡eh! que nadie diga que no mereció la pena.

La operación bikini se transforma en operación helado de regma “no, no voy a comer patatas que así después me como un helado”, “para mi solo un poco de ensalada que así después me como un helado”; y la operación moreno en operación aloe vera porque ya ha vuelvo el calor y te ha vuelto a pasar lo mismo. Diez horas en el puntal el día que más brillaba el sol del verano y pareces un turista en tu tierra. Rojo por delante y blanco por los lados.

Y todas las mañanas decides que ese es tu verano Estrella Damm, y propones un millón de planes en tu grupo que nunca salen. Ni va a ser el año que empieces a hacer surf, ni alquilar una canoa va a ser una realidad, ni tampoco vas a irte de casa rural a comillas. Pero bueno, planear al sol también es divertido.

2013-01-30 08.17.54

Es el sol que nos transforma. El que nos hace salir el primer día del verano en pantalón corto y camiseta de tirantes y nos hace olvidarnos de que en el Norte “refresca” y hay helada hasta en verano. Que el calor humano tampoco hace milagros por mucha gente que se amontone en Cañadio.

Te sientes parte de los miserables cuando llega la policía a la plaza y en tu cabeza suena “do you hear the people sing” mientras ves como tu amigo por la derecha ya ha iniciado operación retorno y se va con sus bolsas a lugares más cálidos. De camino al BNS en taxi te entra hambre y le cambias el destino pensando en ir a comer una hamburguesa al Eros, solo para acordarte a mitad de camino de que cerró y la vida desde entonces no es lo mismo. Cambias la hamburguesa por la tortilla de patata y eres el primero de la cola en el manila esperando a que abran, que los churros en verano no saben igual. O te coges un taxi a mcdonalds y pasas andando por mcauto sintiéndote de una raza superior. La hamburguesa más cara de la historia hasta que abrieron el mcdonalds de la S20 -a veces se escuchan nuestras plegarias-.

El viernes por la tarde al calor de la arena de la playa las ideas fluyen que da gusto, y como el sábado dicen que se nubla decides ir de ruta al día siguiente, por la costa de Santoña. A las siete parece una buena idea, y a las diez mientras picas algo en la Tolva parece aún mejor. En cañadio tu amigo te mira de reojo y empieza a soltar al aire comentarios sobre todo lo que tiene que hacer al día siguiente y el poco tiempo que le va a quedar para ir de ruta. Tu le agarras por los hombros, te vienes arriba, y le haces prometer y jurar y confirmar que mañana a las diez está metido en el coche. A las tres de la mañana la idea resurge con más ganas, “vamos fijo”, y a la salida del BNS te despides con un “¡en un rato nos vemos!”. A las diez de la mañana del sábado en el punto de quedada solo hay balas de paja rodando y tu amigo el ocupado, que coge el teléfono y llama a tu casa para acordarse de toda tu familia.

O como no, aterrizas a las cinco de la mañana en la playa de la concha corriendo por tu vida hacia el mar porque si entras al agua corriendo dicen que la decisión de entrar o no se toma más fácil -la inercia la toma por ti-. Y cuando sales del agua tus amigos se han llevado tu ropa y hace un frío del carajo pero el año que viene repites seguro.

El verano no es tiempo de sentido común. Es tiempo de posponer lo “imposponible”. Estudiar en septiembre -si eso, porque luego llega septiembre y nadie duda que es el mes que mejor tiempo hace en Santander por excelencia-, trabajar a ratos y hacer las cosas importantes de la vida solo cuando llueve. Y nadie puede culparte, porque en verano no se piensa, se vive.

Hacia el Oeste.

Cuando el domingo amanece soleado en primavera, te dan ganas de abandonar Santander y explorar Cantabria. Coger el coche pronto por la mañana y poner rumbo a Asturias, para quedarse por el camino. Empezar el día conduciendo hasta San Vicente de la Barquera, no solo porque sea la tierra de Bustamante.

Aprovechar para salir pronto de la autovía y llegar a San Vicente por la carretera de la playa, al puente que se cruza sin respirar, para pedir un deseo al otro lado. Es un puente condenadamente largo para jugar a eso, especialmente cuando tienes los pulmones de un niño de cinco años, pero la tradición es la tradición. Se aparca nada más entrar y se camina por el paseo marítimo, parándose a picar algo en cualquiera de los restaurantes a pie de mar. Si el presupuesto lo permite, también se puede comer en el Restaurante Annua, galardonado con una estrella Michelín 2012 y un sol en la Guía Repsol y con unas vistas que son un espectáculo.

San Vicente de la Barquera. Cantabria. Foto credit: mi amiga la de la cámara buena.

San Vicente de la Barquera. Cantabria. Foto credit: mi amiga la de la cámara buena.

Después de comer volvemos al coche, cruzamos el puente y llegamos a Santillana del Mar disfrutando de la carretera verde. Todo es verde en Cantabria. Santillana del mar tiene el encanto de lo auténtico, y el jardín del parador es el mejor sitio para merendar al sol. Desde el bizcocho a los churros, te sientes como un extranjero más en una época que no es la tuya. Paseo por sus calles empedradas, visita a la colegiata y orientar el coche hacia suances, más verde alrededor, the vaccines sonando de fondo. Casi huele a verano.

Al llegar a Suances nos sorprenden sus cuestas, su bajada hasta el mar, donde aparcamos y aprovechamos para dar una vuelta por el paseo marítimo. Conocemos el suances de los miércoles por la noche, pero parece distinto a este. Cerramos la tarde gastronómica con un helado en regma y nos preguntamos si quedarnos a cenar en La Bodega de Sidro, nos apetece su encanto sencillo y sobretodo su bogavante a la plancha y su tarta de limón pero cogemos la carretera rápidamente porque queremos llegar a ver anochecer en Liencres.

El camino de pinos de liencres y sus infinitas curvas está vacio a esas horas en primavera. Ya ha empezado a refrescar y sacamos del coche las chaquetas más gordas. Son diez minutos apenas los que aguantamos viendo cómo cae el sol pero son los mejores diez minutos del día.

Hay cosas que nunca decepcionan.