Viernes

Se ha hecho viernes el día y ha salido el Sol a alegrarnos la mañana. En esta semana rara como ninguna, los lunes parecen domingos y los miércoles se antojan jueves. Ya no sé si es día de jugar a las cartas en la segunda y saltar del muro del chiqui o si toca bajar andando a las ocho de la mañana a trabajar para descubrir el amanecer que te espera al otro lado del tunel. Se me olvida si tengo quince o veinticinco y me pregunto si el mundo habrá dejado de girar.

  
 La bahía se viste de gala, rodeada de árboles en flor, verde como ninguna y se adivinan al otro lado sardinas cocinándose en Pedreña. Somo se ha llenado de surferos y unos niños juegan al futbol en peligros. Se echa de menos a veces la infancia en Cantabria. Salir del colegio por la tarde, cuando todo era campo y cruzar a Mesones a jugar entre las palmeras. Patinar hacia el estanque jugandose una mutación terrible por el riesgo de torpezar y caer dentro. Mesones que ha crecido con nosotros, que cambiamos la comba por los bancos de los árboles, que ocultan leyendas entre sus cortezas. Escribimos cartas de juventud debajo de sus ramas. Mesones que luego fue testigo de la plena edad del pavo, y de las últimas reuniones antes de partir hacia la edad adulta. Mesones que verá crecer a nuestros hijos. 

Y que llegara el verano y cambiáramos el parque por la playa, y llegaran los meses de más calor y pasáramos las semanas en el CEAR, comiendo de aquella manera y poniendonos morenos sin quererlo. Y que más tarde nos atrincheráramos en la Segunda, de sol a sol, jugando a las cartas, improvisando partidos, e inventandonos nuevas maneras de pasar el rato. Acabar los días de lluvia en la Taberna del Cormorán, tomando batidos de chocolate a precio de oro y jugando al trivial de nuestra incultura.

Hacer excursiones al cine en invierno que llevaban toda una tarde, y quedar para estudiar selectividad en el interfacultativo sintiendo que habíamos crecido de golpe. Llegar por las noches a Molinucos y a las Rocas, disfrutando de las vistas de camino y pasando miedo a la vuelta, con la tensión de pensar que alguien nos seguía.

Pasear el Sardinero y merendar en Regma, y pasar las horas muertas sentadas en un banco comiendo pipas, arreglando el mundo. Y los fines de semana en Isla, cruzar en canoa hasta Noja, o coger las bicis e ir hasta Villaverde por la carretera de los árboles. Y el dálmata hinchable que tuvimos un verano, al que sobrevivió de milagro.

Isla. Cantabria.


Es jueves que parece lunes y anochece en el espigón.

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