Glorioso Santiago

Vivir en Santander, o haber vivido aquí, es esperar continuamente una Semana Grande que parece que nunca llega. A partir de mayo, generalmente coincidiendo con el estreno del nuevo anuncio de Estrella Damm, los ánimos se caldean. La gente que vive fuera comienza a desear volver, y los que están aquí planean no irse a ningún lado; y esto porque tenemos poco que envidiar aquí en Cantabria a la costa mediterranea. Tenemos poco que envidiar a excepción, puede ser, del tiempo. El clima en Santander es igual de impredecible aunque sea verano; por eso la Semana Grande, que gira en torno al 25 de julio, puede tener lugar tanto en plena temporada estival como en un aparente otoño.Pero pongamos que brilla el Sol.

El primer fin de semana sirve de entrenamiento. Las calles se llenan de gente, mover el coche de casa empieza a ser inviable y te olvidas del transporte público por una temporada. Es tiempo de recordar como se camina, porque se hacen muchos kilómetros andando en Semana Grande.

Cuando llega Semana Grande, los extranjeros llegan y los autóctonos no se van, y Cañadio se pone que da gloria verlo. Sobre las doce de la noche después de -con suerte- un buen día de playa, el primer viernes de Semana Grande Cañadio se torna una manifestación en favor del verano. Los tirantes y los pantalones cortos se sientan en círculos en la plaza, y los más afortunados cogen sitio en las escaleras y se atrincheran ahí haciendo guardias hasta para ir al baño.

Hay quien tiene el sitio cogido por antigüedad. Los alrededores de los árboles, como el sofá de Friends o la primera línea de playa en el Sardinero, son inamovibles. Y si un grupo llega sólo para ver que su sitio ya ha sido ocupado, se colocará en torno a los okupas y comenzará una suave maniobra de acercamiento y dispersión hasta lograr limpiar sus dominios. De buen rollo. En Semana Grande no hace falta quedar con nadie, porque sabes de antemano dónde los vas a encontrar. Levantas la cabeza por encima de la gente y sonries a quien buscas, sintiendo que el tiempo no ha pasado por allí.

En Cañadio se va juntando la gente que ha cenado en familia, los que han tomado algo rápido en casa, los que bajan de los toros, de las ferias o de las casetas de mesones, o los que llegan sin cenar esperando el momento de acercarse al Zampabollos. Después de Cañadio, como no puede ser de otra manera, se coge un taxi al BNS, o se pasea hasta allí si eres lo suficientemente intrépido. Y ahí es cuando empezarás oir a la gente quejarse del resto de la gente. Porque al BNS en Semana Grande hay que llegar pronto y coger esquina, a poder ser cerca de la barra o del baño, con un acceso rápido a la salida, y próximo al aire acondicionado. Y prepararse para ser empujado, delicadamente o no. Si tienes suerte y vas con un grupo lo suficientemente grande, disfrutarás como un enano; si no, lo mejor es plegar tropas y salir a la terraza, donde seguro conocerás a alguien agradable o terminarás la noche bailando en la playa, descalzo sobre la arena y con el brazo en algo mientras suena la mano de Dios “marado! marado!” -o bañandote en el mar, pero eso ya es otra historia-.

Reina Victoria. Foto cortesia de mi amiga la que más fiestas organiza en Semana Grande.

El sábado y el domingo, ruta de playas. Te levantas y huele a mar. Parece desaconsejable bajar las escaleras de Mataleñas un día de resaca, pero tu plan es pasar la tarde en la playa durmiendo, y los altos acantilados protegen del viento, el agua es clara y el paisaje espectacular. Eso sí, no te olvides de que después hay que subir, y no hay más salida que las escaleras por las que bajaste.Coger la sombrilla, la silla, la nevera y el corta vientos y subir con todo ello las tropecientas escaleras nunca es plato de buen gusto. A Mataleñas se va con lo puesto y toalla al hombro.

Si prefieres huir del alboroto que ronda esos días la ciudad la playa de Langre es un sitio casi siempre tranquilo, donde el baño siempre es agradable y las vistas merecen mucho la pena. Coge el coche, baja las ventanillas y deja que el verde te rodee hasta allí. Mete una ensalada de pasta en la bolsa de la playa y no te plantees volver hasta que el Sol se haya ido del todo. Cuando llegues a lo alto de Langre y veas lo que te espera al otro lado del acantilado querrás mudarte para siempre a esa playa.

Una alternativa también deportista a las escaleras de Mataleñas es la Ruta del Cares. Más recomendable para el lunes de Semana Grande para poder invertir todo el día en ella y hacer un descanso con un bocadillo de tortilla del Quevec al sol.Y ver como el paisaje de Cantabria cambia el mar por la montaña sin esfuerzo, sin perder la belleza en ningún recobeco, disfrutando de la magestuosidad de los Picos de Europa.

El martes es día de toros. Por supuesto sin entrar en polémicas, Santander tiene suficientes alternativas para cambiar de plan una y mil veces, pero la tradición es la tradición. Después de pasar la mañana en la Segunda se acerca uno a las taquillas de la plaza antes de comer y compra entradas -si eres estudiante igual te interesan las baratas; que aunque en el piso más alto, el tejadillo te protege del Sol y es un buen sitio para sacar la sangría y las cervezas si no eres un apasionado del espectáculo-. Después de los toros, lo mejor es acercarse a las casetas de la plaza de México, concretamente a la caseta de La Pera, uno de los sitios más divertidos de Santander en Semana Grande. En la caseta asturiana que se coloca en frente podrás cenar chorizo criollo y sidra y cruzar a la pera cuando el ambiente esté más animado. Toda la música es buena y ponen a tu disposición un escenario para cuando quieras salirte del guión. La caseta de la Pera es una República Independiente dentro de Santander, y cualquier cosa puede pasar.

A partir del miércoles vuelve a haber ambiente, pero si te apetece un plan más relajado una buena idea es ir de casetas. En Semana Grande en Santander se colocan Casetas desde el Sardinero hasta el centro en todas las grandes plazas, cada una ocupada por un restaurante distinto donde se pueden disfrutar los mejores pinchos de la región. Lo mejor es empezar en la zona del Puerto y acabar en Pombo, donde más ambiente se concentra y donde Regma queda a tiro de piedra para tomar un helado de postre. Un cucurucho de croquetas en el a11, o los solomillitos de la casona del judio y que la noche nos lleve donde quiera.

Durante toda la Semana Grande, además, hay conciertos diarios en la campa de la Magdalena, y hasta los 17 es mandatorio elegir uno al que ir cada año. Un poco porque es una excusa para salir y otro poco porque los grupos que tocan suelen gustarte más a esa edad. Este año volvemos a los 2000: con Bustamante, Maldita Nerea o Juanes, los conciertos en la Campa de la Magdalena siempre son divertidos. Sin embargo, a lo mejor prefieres esperar a disfrutarlos la última semana de julio, durante el Santander Music Festival, cuando el cartel es considerablemente mejor -en mi opinión, claro-.

Jueves y viernes vuelta a la rutina de playa-cañadio-bns. Lancha al puntal, Segunda, y mañana en la Magdalena comiendo en el Tenis. Cualquier playa vale, solo depende del viento. Por último, el sábado, se puede cambiar de plan y acercarse a Mesones. Desde hace unos años las ferias se trasladaron al Sardinero y durante todo el verano se encadenan con exposiciones interculturales varias que tienen lugar en el aparcamiento del Campo del Racing. Están más a mano, pero la gente de la zona se queja bastante de los inconvenientes (desde el ruido hasta la congregación de gente en los autobuses) que traen consigo, y la verdad es que razón no les falta. En cualquier caso, tú que estás de paso, puedes aprovechar para pasar la tarde en las ferias y después cenar en las casetas de mesones, terminando la noche con una copa en la Terraza del Bns, donde los precios son algo más prohibitivos, pero desde luego merecen la pena.

La Semana Grande se santifica y celebra en Santander, no por lo que es sino por lo que representa. Llenar Santander hasta los topes de gente conocida, en una época del año en que el agua de la playa está más tempalada, el sol calienta más y las copas saben mejor. Reencontrarte con los que fueron y conocer a los que serán, y sentir por un momento que es posible vivir eternamente anclado en un verano que nunca termina y que siempre te deja con ganas de más. Como el anuncio de Estrella Damm, y como casi todas las cosas buenas en esa vida, recordar la Semana Grande es, en las profundidades del invierno, finalmente aprender que en nuestro interior habita un verano invencible (Albert Camus).

Un comentario en “Glorioso Santiago

  1. Pingback: Todos los caminos llevan al BNS | de sotileza y turnedo

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