Semana Santa

Y que no es ningún secreto que me gusta cantabria. Aunque haya llovido a lo largo y ancho de su territorio durante tres meses seguidos, día a día y gota a gota, destrozando paraguas y ganas de vivir.

Paseo de Reina Victoria. Santander. Cantabria.

Paseo de Reina Victoria. Santander. Cantabria

Porque llega Semana Santa, las calles se llenan de gente, asoma tímidamente el sol y entonces apetece. Apetece empezar tomando una caña de media tarde y terminar ocupando el río de la pila un día en que no sale nadie. Salir todos los días a los sitios de siempre y llenarlos de reencuentros. Irse de ruta a las cascadas de lamiña con los de toda la vida y ver como hemos cambiado. O encontrarte de barbacoa cerca de somo, donde el mar se convierte en campo, y volver a Santander solo en el coche para comprobar como cambian las carreteras del día a la noche y disfrutar de las vistas y de mumford al pasar el puente de pedreña. O ver como rompen las olas desde el acantilado más alto del palacio de la Magdalena. Y encontrarse con nuestro yo primaveral, escondido bajo capas de ropa. Primeros baños, helados y paseos por la arena del año. Cantar turnedo de manera espontánea, porque los buenos momentos necesitan banda sonora -y eso, amigo, solo lo entiendes si de verdad has crecido en el bns-. Que para todo eso cantabria es mar, montaña, campo, ciudad y gente. Sobretodo buena gente, los de siempre y los que tenemos en régimen de acogida, con los brazos abiertos.

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