Otoño

Arco Iris sobre Santander. Cantabria.

Arco iris sobre Santander

La peor época en Santander es el otoño. Mientras Madrid, por ejemplo, se pone espectacular, el otoño en Santander es la estación de la pereza. Si dejamos de lado la ilusión de los nuevos comienzos, y… la ilusión de los nuevos comienzos para qué engañarnos, la lluvia amarga los días. Lo único verdaderamente bueno que tiene la lluvia es estar dentro de casa cuando llueve, en el sillón, tapado con una manta. Y lo verde de los prados, claro, ese color verde que es lo que más se echa de menos al atravesar el Puerto del Escudo. Cuando vuelves a Cantabria en otoño por la Meseta, hay un punto claramente definido en forma de túnel en el que -da igual lo bueno que esté haciendo al otro lado- al atravesarlo esperas ver un cartel que diga: “Bienvenidos a Mordor”. 

El invierno es diferente. Cuando llega el frío y vuelven las bufandas, los sombreros y los jerséis gordos, te inspiras. Apetece leer un libro, o pasarse tardes en Estvdio decidiendo cual será el próximo libro que leerás. Cualquier cafetería con sofás es buena para pasar absolutamente toda la tarde encadenando cafés y hablando de todo y de nada, forjando amistades. Solidarizarse con la gente que sale a fumar a ese frío cántabro que siempre va acompañado de una humedad que se cala hasta los huesos; compartir tejadillo en el río de la pila porque en Cantabria las copas se toman en la calle hasta con ciclogénesis explosiva.

Son días de coca cola y filmoteca, ponerse al día con todas las películas -de dudosa calidad- que han ido apareciendo durante el verano y te has perdido, regenerar las neuronas perdidas jugando al trivial o bailar en el living hasta caer rendidos.

En contra de lo que se suele pensar, Santander en invierno tiene un encanto especial. El paseo por la playa de Peligros es igualmente bonito cuando se hace con el abrigo puesto. Nada despeja tanto la cabeza después de un día de estudio o trabajo como un paseo por el mar. O una caña en el cazurro, puestos a pedir, viendo cómo las olas rompen contra el acantilado.

O descubrir territorios no explorados, coger el coche e irse “de provinceo”. Visitar la obra de Gaudí en Comillas, merendar bizcocho en el Parador de Santillana del Mar o chocolate con churros en el Hombre Pez. Pasar un día soleado de ruta por Potes y culminar con un cocido, o tomarse unos huevos fritos en Casa Enrique. Cantabria no es infinita, no, tampoco es eso, pero tiene infinitos restaurantes donde merece la pena comer. Eso es una verdad absoluta.

Y además está eso especial que tiene Santander y que te hace quererla, que es el hecho de poder pasarte una semana en casa disfrutando del mal tiempo, y saber que el viernes vas a encontrarte con todo el mundo en el Río. Aquí las amistades no se pierden por falta de contacto, simplemente es imposible. Y eso es lo que hace a la gente del norte ser como somos.

Santander de noche. Cantabria.

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