Cantabria en los libros.

Quienes me conocen ya me habrán oído decir alguna vez que mi jubilación me la voy a pasar leyendo y viajando. Conociendo, en general. Nunca se es lo suficientemente sabio, nunca se saben demasiadas cosas, el saber no ocupa lugar. Suena a mito pero es real. Y esto lo sé desde ya, aunque parezca que la que habla sea mi yo retirada. Soy joven y tengo ganas de trabajar y de comerme el mundo si me dejan –y si no me dejan más-, pero echo de menos los gloriosos días de pura adolescencia en que me daban las tres o las cuatro de la mañana las noches de colegio enganchada a un libro, encendiendo y apagando la luz cada vez que oía un ruido por si me pillaban, -si, he vivido al límite y los libros han sido mi vicio-.

Cuando me jubile, voy a leerlo todo. Literatura de la A a la Z, desde autores cántabros a japoneses. Si no tuviese que trabajar o no estuviera opositando, los días de invierno, pasaría las tardes en el Wabi Sabi o en el Santa and co, las tardes de verano en la playa. Me volvería dominguera y cargaría con la silla de la playa para evitar torticolis, y llevarme la nevera con numerosas botellas de agua para esos momentos en que el punto trepidante del libro me dejara la garganta seca. Cogería la lancha al puntal a las doce de la mañana, cuando el sol está más alto y la brisa aun se agradece, sentada en la popa y olvidándome de bajarme al llegar al embarcadero. Subiría el Cubas a remo, hasta llegar al punto donde se estrecha, y dejaría que me devolviera la corriente al mar imaginando al gran gatsby mirandome desde al otra orilla.

Los días de viento me refugiarían los muros de la magdalena, para que no se me llenaran las páginas de arena, y los días de sol de primavera me sentaría en un banco del camello para tener de fondo el sonido de las palas. En junio emigraría a Liencres, quince minutos en coche y mi arsenal de sombreros, porque leer sin sombrero no es lo mismo. Y en agosto mis libros y yo nos mudaríamos a Isla. Cruzaríamos andando a Noja cuando bajara la marea, y comeríamos centollo en el Astuy. El aperitivo en la terraza del Alfar leyendo “Retrato de un Naúfrago” sería imperativo, y remataría el libro viendo atardecer desde la montaña de las piscinas –que en contra de lo que puede parecer no son sino antiguos viveros-. Los domingos tendríamos mesa reservada en el Olimpo y nos recibiría el olor del arroz con bogavante.

Leería sobre cocina y me creería Julia Child, y me obligaría a ir a las clases de cocina del Deluz, leería sobre arte y recorrería la fundación botín, absorbiendo cada cuadro.

Viajaría por todas partes y desde el sofá de casa, alternando largas temporadas en el extranjero con esperadas vueltas a los orígenes. Aprendería del mundo.

Afortunadamente y desafortunadamente, quien algo quiere algo le cuesta, así que por el momento dejo aparcadas mis ganas de explorar. Pero volveré, eso seguro.

Santander. Cantabria.

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