Echo de menos

La arena de mataleñas entre los dedos, la sal del Cantábrico en el pelo. Salir del agua a las tres de la tarde, con el sol dominando en lo alto y que -una vez seca- el pelo mojado me refresque la espalda.
El paseo entre los Pinos hasta las dunas de Liencres, y la coca cola en el cazurro después de dejar la arnia. Que la subida de la marea elimine del todo la playa de los barcos y que la playa del sable se convierta en una piscina salada. 
Las olas que arrastran la piragua hacia las rocas al pasar la playa de los franceses, y ver pasar camellos por la playa de noja. Que caiga la noche en la Magdalena y lo que quede de sol te de en la espalda mientras vas de bikinis a peligros. 
El primer golpe de frío en el baño que culmina el paseo de la segunda a la concha, y quedar atrapado a un lado del espigón de piquio porque ha subido la marea. La gente jugando a las palas a los pies de la estatua del camello y al voley en peligros. 

  

Recorrer Santander a través de sus playas. Comer en la maruca un día de primavera, y hundirme hasta la rodilla en la orilla del puntal. Nadar hasta la canal y sentirte en el abismo, y pelear contra la modorra que da el calor para comprar agua en el segundo chiringuito. 

Ocultarse del viento en las dunas de somo y caminar hasta loredo entre surferos. Adentrarse al agua entre las rocas de la virgen del mar y dejar que la corriente te arrastre en san Juan de la canal. Ir en barco a molinucos y disfrutar de su agua transparente, y rodear el faro en la travesía de vuelta.
Empujar el bote en la punta del puntal y rodear las quebrantas buscando el mejor baño. Disfrutar de una siesta en paz en berria o en oyambre. El vaivén de las olas en la playa de los locos, o esperar los delfines en la playa de portio.

  

La arena fina, el agua fresca, la piel morena y el sol brillante. Echo de menos ser libre.

Viernes

Se ha hecho viernes el día y ha salido el Sol a alegrarnos la mañana. En esta semana rara como ninguna, los lunes parecen domingos y los miércoles se antojan jueves. Ya no sé si es día de jugar a las cartas en la segunda y saltar del muro del chiqui o si toca bajar andando a las ocho de la mañana a trabajar para descubrir el amanecer que te espera al otro lado del tunel. Se me olvida si tengo quince o veinticinco y me pregunto si el mundo habrá dejado de girar.

  
 La bahía se viste de gala, rodeada de árboles en flor, verde como ninguna y se adivinan al otro lado sardinas cocinándose en Pedreña. Somo se ha llenado de surferos y unos niños juegan al futbol en peligros. Se echa de menos a veces la infancia en Cantabria. Salir del colegio por la tarde, cuando todo era campo y cruzar a Mesones a jugar entre las palmeras. Patinar hacia el estanque jugandose una mutación terrible por el riesgo de torpezar y caer dentro. Mesones que ha crecido con nosotros, que cambiamos la comba por los bancos de los árboles, que ocultan leyendas entre sus cortezas. Escribimos cartas de juventud debajo de sus ramas. Mesones que luego fue testigo de la plena edad del pavo, y de las últimas reuniones antes de partir hacia la edad adulta. Mesones que verá crecer a nuestros hijos. 

Y que llegara el verano y cambiáramos el parque por la playa, y llegaran los meses de más calor y pasáramos las semanas en el CEAR, comiendo de aquella manera y poniendonos morenos sin quererlo. Y que más tarde nos atrincheráramos en la Segunda, de sol a sol, jugando a las cartas, improvisando partidos, e inventandonos nuevas maneras de pasar el rato. Acabar los días de lluvia en la Taberna del Cormorán, tomando batidos de chocolate a precio de oro y jugando al trivial de nuestra incultura.

Hacer excursiones al cine en invierno que llevaban toda una tarde, y quedar para estudiar selectividad en el interfacultativo sintiendo que habíamos crecido de golpe. Llegar por las noches a Molinucos y a las Rocas, disfrutando de las vistas de camino y pasando miedo a la vuelta, con la tensión de pensar que alguien nos seguía.

Pasear el Sardinero y merendar en Regma, y pasar las horas muertas sentadas en un banco comiendo pipas, arreglando el mundo. Y los fines de semana en Isla, cruzar en canoa hasta Noja, o coger las bicis e ir hasta Villaverde por la carretera de los árboles. Y el dálmata hinchable que tuvimos un verano, al que sobrevivió de milagro.

Isla. Cantabria.


Es jueves que parece lunes y anochece en el espigón.

Glorioso Santiago

Vivir en Santander, o haber vivido aquí, es esperar continuamente una Semana Grande que parece que nunca llega. A partir de mayo, generalmente coincidiendo con el estreno del nuevo anuncio de Estrella Damm, los ánimos se caldean. La gente que vive fuera comienza a desear volver, y los que están aquí planean no irse a ningún lado; y esto porque tenemos poco que envidiar aquí en Cantabria a la costa mediterranea. Tenemos poco que envidiar a excepción, puede ser, del tiempo. El clima en Santander es igual de impredecible aunque sea verano; por eso la Semana Grande, que gira en torno al 25 de julio, puede tener lugar tanto en plena temporada estival como en un aparente otoño.Pero pongamos que brilla el Sol.

El primer fin de semana sirve de entrenamiento. Las calles se llenan de gente, mover el coche de casa empieza a ser inviable y te olvidas del transporte público por una temporada. Es tiempo de recordar como se camina, porque se hacen muchos kilómetros andando en Semana Grande.

Cuando llega Semana Grande, los extranjeros llegan y los autóctonos no se van, y Cañadio se pone que da gloria verlo. Sobre las doce de la noche después de -con suerte- un buen día de playa, el primer viernes de Semana Grande Cañadio se torna una manifestación en favor del verano. Los tirantes y los pantalones cortos se sientan en círculos en la plaza, y los más afortunados cogen sitio en las escaleras y se atrincheran ahí haciendo guardias hasta para ir al baño.

Hay quien tiene el sitio cogido por antigüedad. Los alrededores de los árboles, como el sofá de Friends o la primera línea de playa en el Sardinero, son inamovibles. Y si un grupo llega sólo para ver que su sitio ya ha sido ocupado, se colocará en torno a los okupas y comenzará una suave maniobra de acercamiento y dispersión hasta lograr limpiar sus dominios. De buen rollo. En Semana Grande no hace falta quedar con nadie, porque sabes de antemano dónde los vas a encontrar. Levantas la cabeza por encima de la gente y sonries a quien buscas, sintiendo que el tiempo no ha pasado por allí.

En Cañadio se va juntando la gente que ha cenado en familia, los que han tomado algo rápido en casa, los que bajan de los toros, de las ferias o de las casetas de mesones, o los que llegan sin cenar esperando el momento de acercarse al Zampabollos. Después de Cañadio, como no puede ser de otra manera, se coge un taxi al BNS, o se pasea hasta allí si eres lo suficientemente intrépido. Y ahí es cuando empezarás oir a la gente quejarse del resto de la gente. Porque al BNS en Semana Grande hay que llegar pronto y coger esquina, a poder ser cerca de la barra o del baño, con un acceso rápido a la salida, y próximo al aire acondicionado. Y prepararse para ser empujado, delicadamente o no. Si tienes suerte y vas con un grupo lo suficientemente grande, disfrutarás como un enano; si no, lo mejor es plegar tropas y salir a la terraza, donde seguro conocerás a alguien agradable o terminarás la noche bailando en la playa, descalzo sobre la arena y con el brazo en algo mientras suena la mano de Dios “marado! marado!” -o bañandote en el mar, pero eso ya es otra historia-.

Reina Victoria. Foto cortesia de mi amiga la que más fiestas organiza en Semana Grande.

El sábado y el domingo, ruta de playas. Te levantas y huele a mar. Parece desaconsejable bajar las escaleras de Mataleñas un día de resaca, pero tu plan es pasar la tarde en la playa durmiendo, y los altos acantilados protegen del viento, el agua es clara y el paisaje espectacular. Eso sí, no te olvides de que después hay que subir, y no hay más salida que las escaleras por las que bajaste.Coger la sombrilla, la silla, la nevera y el corta vientos y subir con todo ello las tropecientas escaleras nunca es plato de buen gusto. A Mataleñas se va con lo puesto y toalla al hombro.

Si prefieres huir del alboroto que ronda esos días la ciudad la playa de Langre es un sitio casi siempre tranquilo, donde el baño siempre es agradable y las vistas merecen mucho la pena. Coge el coche, baja las ventanillas y deja que el verde te rodee hasta allí. Mete una ensalada de pasta en la bolsa de la playa y no te plantees volver hasta que el Sol se haya ido del todo. Cuando llegues a lo alto de Langre y veas lo que te espera al otro lado del acantilado querrás mudarte para siempre a esa playa.

Una alternativa también deportista a las escaleras de Mataleñas es la Ruta del Cares. Más recomendable para el lunes de Semana Grande para poder invertir todo el día en ella y hacer un descanso con un bocadillo de tortilla del Quevec al sol.Y ver como el paisaje de Cantabria cambia el mar por la montaña sin esfuerzo, sin perder la belleza en ningún recobeco, disfrutando de la magestuosidad de los Picos de Europa.

El martes es día de toros. Por supuesto sin entrar en polémicas, Santander tiene suficientes alternativas para cambiar de plan una y mil veces, pero la tradición es la tradición. Después de pasar la mañana en la Segunda se acerca uno a las taquillas de la plaza antes de comer y compra entradas -si eres estudiante igual te interesan las baratas; que aunque en el piso más alto, el tejadillo te protege del Sol y es un buen sitio para sacar la sangría y las cervezas si no eres un apasionado del espectáculo-. Después de los toros, lo mejor es acercarse a las casetas de la plaza de México, concretamente a la caseta de La Pera, uno de los sitios más divertidos de Santander en Semana Grande. En la caseta asturiana que se coloca en frente podrás cenar chorizo criollo y sidra y cruzar a la pera cuando el ambiente esté más animado. Toda la música es buena y ponen a tu disposición un escenario para cuando quieras salirte del guión. La caseta de la Pera es una República Independiente dentro de Santander, y cualquier cosa puede pasar.

A partir del miércoles vuelve a haber ambiente, pero si te apetece un plan más relajado una buena idea es ir de casetas. En Semana Grande en Santander se colocan Casetas desde el Sardinero hasta el centro en todas las grandes plazas, cada una ocupada por un restaurante distinto donde se pueden disfrutar los mejores pinchos de la región. Lo mejor es empezar en la zona del Puerto y acabar en Pombo, donde más ambiente se concentra y donde Regma queda a tiro de piedra para tomar un helado de postre. Un cucurucho de croquetas en el a11, o los solomillitos de la casona del judio y que la noche nos lleve donde quiera.

Durante toda la Semana Grande, además, hay conciertos diarios en la campa de la Magdalena, y hasta los 17 es mandatorio elegir uno al que ir cada año. Un poco porque es una excusa para salir y otro poco porque los grupos que tocan suelen gustarte más a esa edad. Este año volvemos a los 2000: con Bustamante, Maldita Nerea o Juanes, los conciertos en la Campa de la Magdalena siempre son divertidos. Sin embargo, a lo mejor prefieres esperar a disfrutarlos la última semana de julio, durante el Santander Music Festival, cuando el cartel es considerablemente mejor -en mi opinión, claro-.

Jueves y viernes vuelta a la rutina de playa-cañadio-bns. Lancha al puntal, Segunda, y mañana en la Magdalena comiendo en el Tenis. Cualquier playa vale, solo depende del viento. Por último, el sábado, se puede cambiar de plan y acercarse a Mesones. Desde hace unos años las ferias se trasladaron al Sardinero y durante todo el verano se encadenan con exposiciones interculturales varias que tienen lugar en el aparcamiento del Campo del Racing. Están más a mano, pero la gente de la zona se queja bastante de los inconvenientes (desde el ruido hasta la congregación de gente en los autobuses) que traen consigo, y la verdad es que razón no les falta. En cualquier caso, tú que estás de paso, puedes aprovechar para pasar la tarde en las ferias y después cenar en las casetas de mesones, terminando la noche con una copa en la Terraza del Bns, donde los precios son algo más prohibitivos, pero desde luego merecen la pena.

La Semana Grande se santifica y celebra en Santander, no por lo que es sino por lo que representa. Llenar Santander hasta los topes de gente conocida, en una época del año en que el agua de la playa está más tempalada, el sol calienta más y las copas saben mejor. Reencontrarte con los que fueron y conocer a los que serán, y sentir por un momento que es posible vivir eternamente anclado en un verano que nunca termina y que siempre te deja con ganas de más. Como el anuncio de Estrella Damm, y como casi todas las cosas buenas en esa vida, recordar la Semana Grande es, en las profundidades del invierno, finalmente aprender que en nuestro interior habita un verano invencible (Albert Camus).

Santander en Sotileza 

“Todo esto acontecía en una hermosa mañana del mes de junio, bastantes años… muchos años hace, en una casa de la calle de la Mar, de Santander; de aquel Santander sin escolleras ni ensanches; sin ferrocarriles ni tranvías urbanos; sin la plaza de Velarde y sin vidrieras en los claustros de la catedral; sin hoteles en el Sardinero y sin ferias ni barracones en la Alameda segunda; en el Santander con dársena y con pataches hasta la Pescadería; el Santander del Muelle-Anaos y de la Maruca; el de la Fuente Santa y de la Cueva del tío Cirilo; el de la Huerta de los Frailes en abertal y del provincial de Burgos envejeciéndose en el cuartel de San Francisco; el de la casa de Botín, inaccesible, sola y deshabitada; el de los Mártires en la Puntida, y de la calle de Tumbatrés; el de las gigantillas el día 3 de noviembre, aniversario de la batalla de Vargas, con luminarias y fuegos artificiales por la noche, y de las corridas en que mataba Chabiri, picaba el Zapaterillo, banderilleaba Rechina, y capeaba el Pitorro, en la plaza de Botín, con música de los Nacionales; el Santander de los Mesones de Santa Clara, del Peso público y de Mingo, la Zulema y Tumbanavíos; del Chacolí de la Atalaya y del cuartel del Reganche en la calle Burgos; del parador de Hormaeche, y de la casa del navío; el Santander de aquellos muchachos decentes, pero muy mal vestidos que, con bozo en la cara todavía, jugaban al bote en la plaz a Vieja, y hoy comienzan a humillar la cabeza al peso de las canas, obra, tanto como de los años, de la nostalgia de las cosas veneradas que se fueron para nunca más volver; del Santander que yo tengo acá dentro, muy adentro, en lo más hondo de mi corazón, y esculpido en la memoria de tal suerte, que a ojos cerrados me atrevería a trazarle con todo su perímetro, y sus calles, y el color de sus piedras, y el número, y los nombres y hasta las caras de sus habitantes; de aquel Santander, en fin, que a la vez que motivo de espanto y mofa para la desperdigada y versátil juventud de hogaño, que le conoce de oídas, es el único refugio que le queda al arte cuando con sus recursos se pretende ofrecer a la consideración de otras generaciones algo de lo que hay de pintoresco, sin dejar de ser castizo, en esta raza pejina que va desvaneciéndose entre la abigarrada e insulsa confusión de las modernas costumbres.”
Rampa de Sotileza. Santander.

Rampa de Sotileza. Santander.

“Estaba tentadora la Maruca cuando pasaron junto a ella los cuatro muchachos que se encaminaban a San Martín. Salía el agua a borbotones por el boquerón de la trasera del muelle, y regueros de espuma iban marcando el reciente nivel de la marea en el muro de la calzada de Cañadío y en la playa de la parte opuesta, cerrada por la fachada de un almacén que aún existe, y un alto y espeso bardal que empalmaba con ella en dirección al este, espacio ocupado hoy por la casa de los Jardines y la plaza del Cuadro, con cuantos edificios le siguen por el norte, hasta la pared de la huerta de Rábago. Esto era la Maruca de entonces, que comunicaba con la bahía por el alcantarillón que desembocaba en la punta del Muelle, antro temeroso que muy pocos valientes se habían atrevido a explorar, cabalgando en un madero flotante. Cuco aseguraba haber acometido esta empresa; es decir, entrar por el boquerón de la Maruca y salir por el del Muelle, a media marea; pero tales cosas contaba de tinieblas espesas, de ruidos espantosos, de ratas como cabritos y de ayes lastimeros, como de ánimas de pena, que me han hecho dudar después acá que fuera verdad la hazaña. Meter la cabeza en el negro misterio, pero sin abrir los ojos por no ver horrores, eso lo hicieron muchos, y yo entre ellos; pero lo de Cuco… ¡bah! ¿Por qué no citaba testigos cuando lo afirmaba? Y bien valía la pena de acreditarse así tal empresa, por ser la única que podía, ya que no compararse, ponerse cerca siquiera de otra, tan espantable de suyo, que ni en broma se atrevió ningún muchacho a decir que la hubiera acometido: dar cuatro pasos, no más, en la senda misteriosa que conducía al abismo en cuyo fondo flotaba el barco de piedra en que vinieron a Santander las cabezas de sus patronos, los mártires de Calahorra, San Emeterio y San Celedonio; antro cuya puerta de entrada, baja y angosta, manchada de todo género de inmundicias y cerrada siempre, contemplaban chicos y grandes, con serios recelos, en el muro del Cristo, cerca ya de San Felipe, al pasar por la embovedada calle de los Azogues. Según la versión popular, lo mismo era penetrar allí una persona, que caer destrozada a golpes y desaparecer del mundo para siempre. Se habían dado casos, y nadie los ponía en duda, aunque sobre los quiénes y los cuándos no hubiera toda la claridad que fuera de apetecer.
Repito que estaba tentadora la Maruca para los cuatro chicos que caminaban hacia San Martín.”

Turnedo en la cabeza

Te alcanza cuando menos te lo esperas, como una revelación. Parece que no está sucediendo nada fuera de lo común pero la primera nota resuena en tu cabeza y sabes que es un momento para no olvidar.
Sonaba en la última fiesta de gala, cuando como hinchas de algo que se acababa nos encerramos en el comedor cantando “del barco de chanquete no nos moverán” y la lloramos en la graduación, como crónica de una muerte anunciada.

La cantamos a pleno pulmón una turbia noche mano a mano en que “llegadas a este punto” nos fuimos al bns como quien es feliz por obligación. Sonaba el último cumpleaños en la bodega, después de mucho sin reunirnos, y desafinamos como siempre, como si el tiempo no hubiera pasado.

Sonaba en mi cabeza en un tren a Verona , aunque cantabamos por estopa, en un vagón que se nos antojo vacío y que parecía que no iba a llegar nunca a ningún destino.
La cantamos bajito en un bote en Croacia, con el anochecer de fondo, cuando ya era tarde pero aun no hacia frío, después de uno de los mejores días del verano, cuando fuimos conscientes de la grandiosidad de nuestra corta vida alargando los minutos a una devolución a la que ya llegábamos tarde.
Sonó en todas las noches del algarbe, superándose en cada una de ellas, cada vez más alto.
Sonó aquel verano a modo de despedida a las cinco en un BNs casi vacio, y aunque después de eso nos vimos, nos dijimos adiós como manda la canción.
La cantamos muchas veces cruzando la bahía, volviendo del puntal, mientras Santander nos enamoraba de vuelta. Ha sonado miles de veces en el coche camino de todas partes, y se ha hecho el silencio para escuchar. Y la cante contigo una noche madrileña, de camino a alguna discoteca, en una calle desierta.


La hemos cantado bajito en medio de alguna siesta después de grandes noches y noches grandes, en despedidas y cenas, y para desearte un cumpleaños feliz. Y suena ahora en un avión a París.
Suena en el BNS, donde “desde aquí desde mi casa veo la playa vacía” cobra mas sentido que en ningún otro lugar, y en las copas, y si no la ponemos nosotros. Y te abrazas al de al lado o a ti mismo si me apuras, cantando como si te fuera en ello la vida, con el último arranque que le queda a tus cuerdas vocales después de una noche de fiesta. Y tu amigo te agarra de un brazo y te mete prisa por llegar al taxi pero tu le coges y le cantas a grito pelado en la oreja y se le pasa y se queda. Y que sea lo que dios quiera.

Nos identifica en España y en el extranjero, somos la generación turnedo. Y suena en nuestra cabeza de pronto, para avisarnos de que en ese momento estamos siendo felices, que lo retengamos, por si vienen tiempos peores y se olvida.

Benditos domingos.

Domingo de levantarse a horas intempestivas y querer morir. Domingo de ponerse al día con la vida y despertar del extraño espacio-tiempo que ha sido el fin de semana. Domingo de llenar una nevera azul de cervezas rubias y subir en el coche cantando -gritando- por cold play con los pelos al aire. Domingo de too good to be true y se pone a chispear. Domingo de rugby, cambio de tercio y sol abrasador en el solarium de la grada. Domingo de imaginarse rodando por el césped entre aspersores. Domingo de gafas de sol y manga corta de nuevo. Domingo de comer-merendar en el tercer tiempo del Barco hamburguesas que saben a gloria.

Faro. Santander. Cantabria.

Domingo de café en el faro y de dejar que el tiempo nos pase por encima. De fingir estar despierto mientras echas una siesta. Domingo de volver andando al barco entre los árboles del faro. Domingo y tus padres te cuentan que han comido percebes en la chulilla y de pronto la hamburguesa te sabe a poco. Domingo, estar en el coche, y “pásame la chaqueta que empieza a caer la tarde”. Domingo en la calle del Carmen, peatonal y vacía. Domingo de bares con encanto y micro abierto en el Rubicon. Domingo de bailar flamenco, comer palomitas con pimienta y merendar cerveza. Domingo internacional de americanos cantando con guitarra española. Domingo de “yo me tomaba otra”. Domingo y no me acuerdo de que mañana es lunes. Domingo y llego a casa y ceno y se me cae encima la semana. Domingo y hasta mañana.

La lluvia

En invierno a Santander se viene a sentirse en casa. Santander es tierra de emigrantes que vuelven los puentes a coger aire. Pero también de turistas. La gran pregunta que se hace todo el mundo es qué hacer en Santander en invierno, y la verdad es que un viaje de fin de semana a Santander en época de frío da para mucho. Si vienes de turismo, el viernes al llegar querrás posar las maletas tranquilamente en tu alojamiento, y comenzarás oteando la ciudad de punta a punta, haciendo un reconocimiento general. Santander ha sufrido el arrase del fuego, y por eso en algunos puntos de su arquitectura ha perdido el encanto de su vecina San Sebastián. Que eso no te impida salir a pasearla. Callejear echando un vistazo a los escaparates del comercio local, parar en Gómez a comprar sobaos para desayunar, o recorrer las zonas peatonales del centro, visitando la catedral o el ayuntamiento. La cena de ese día puede ser en el restaurante Cañadio. Para mi, uno de los más recomendables de la zona, comer hamburguesas de atún rojo poco hechas y rematar con la tarta de queso que no es de este mundo. Si tu presupuesto es más reducido los pinchos de la barra también son de los mejores, y el vino sabe mejor bien acompañado. Después, en la Malinche te servirán casi cualquier coctail, y te amenizarán con un poco de música para ir entrando en calor. El Río de la Pila es parada obligada, las copas de la Bisagra se toman en la terraza hasta en invierno, y cuando te apetezca otra, la moska sirve unos gin tonics con nitrógeno líquido que son para morirse. Desde ahí la masa de gente fluye hasta el malaspina. Ojo con la hora de llegada, hasta las dos de la mañana te puedes encontrar cualquier tipo de música, sobretodo viejos clásicos, pero después de la transición a partir de las tres te reciben con un propuesta indecente. Desde el malaspina, personalmente, creo que lo más sabio es plegar velas, call it a night, recenar y a casa, momento de comentar la noche por whatsapp hasta quedarte dormido. Si te quedas por la zona de valdenoja tienes McDonalds a tiro de piedra, y eso siempre es una buena idea. Si aún tienes ganas de bailar, y dependiendo de tus gustos, las opciones serán Kudeta, Rokambole (que a pesar de tener buena música resulta sorprendente la claridad que hay en este bar a las 5 de la mañana, que las personas con las que llegan no parecen las mismas que las que te encuentras dentro), Dragon e Indian, pero insisto, luego no vale quejarse. Al día siguiente despertarse tarde, hacer de tripas corazón y salir a la calle. Con suerte no llueve y el paseo hasta el Palacio de l a Magdalena es bonito hasta nublado. Lo más impresionante de la finca del palacio no es el palacio mismo, ni que allí se rodara Gran Hotel, ni siquiera que en pleno Santander haya focas y pingüinos, lo mejor son las vistas. Caminar al borde del acantilado por la península de la Magdalena y rodear el palacio por todas partes, adquiriendo una visión panorámica de todo Santander. Para comer, el barrio pesquero. El pescado de los peñucas o de la chulilla, y un helado en regma para bajar la comida. Quién dijo frío? Por la tarde si hace bueno se puede coger un buen abrigo, acercarse al embarcadero y coger la primera lancha que salga hacia el río cubas. El calor para esta excursión es aconsejable pero no imprescindible, con el sol resulta suficiente para apreciarlo en todo su esplendor. Y no solo la ría, sino también toda la bahía al paso de la lancha. No por nada dicen que es una de las bahías más bellas del mundo. Por la noche se puede reservar en el Nobrac o en el Cadelo. Ambos sitios pequeños con pocas mesas en los que merece mucho la pena comer. En el nobrac ademas de sus hamburguesas, sus patatas y su yuca, resulta fundamental pedir tartas. Y salir de allí rodando hacia el gin tonic digestivo. Si te apetece cambiar la copa se puede tomar en el propio Río de la Pila, en la tienduca o en el living, y como siguiente paso cambiar malaspina  por opium, con un poco de suerte es día de karaoke y perfilas tus aptitudes. El domingo qué mejor que despedirse de Santander con un paseo en coche, bordear la costa, parar donde haga falta, y llegar hasta la playa de la arnía para tomar las últimas rabas en el cazurro. Antes de que te des cuenta, estarás echando de nuevo de menos el norte. Pd. Este post está inspirado por todos aquellos que alguna vez me han pedido consejo al traer amigos a Santander, especialmente mi amigo el expatriado, que agradecerá que haya optado por esto en vez de cobrarle por mis servicios.

Faro. Santander.

Faro. Santander.

Santander es para el verano.

Las visitas de fin de semana a Santander en verano siempre son una buena idea. Llegar el viernes por la tarde, cuando aún hace calor, y dejar el coche abandonado en el Palacio de Festivales hasta el domingo. Desde el Palacio de Festivales, siguiendo la línea de costa enfilamos el Paseo Pereda con un objetivo claro: tomar un helado en regma. La competencia entre heladerías en Santander es legendaria, pero a pesar de la variedad de helados de Monerris, Regma es leyenda y símbolo turístico por excelencia. Y nadie puede discutir que son los helados más grandes del mundo. Eso sí, hay que ser muy diestro para comerlos a tiempo sin terminar rebozado.

Playa de la Magdalena. Santander. Cantabria

Tras el helado, se recomienda un largo paseo para hacer sitio para la cena. Si hace bueno en Santander cenar de pinchos es mandatorio. Por propia experiencia la ruta ejemplar empieza en Casa Lita, apurando una cerveza en la terraza al caer la tarde y dejandose encantar por las largas barras llenas de pinchos. Después ir en busca de la tortilla de patata perfecta, que algunos la encuentran en el Quebec por la variedad – especialmente recomendable la tortilla de gulas y gambas – y otros en el catavinos por su textura jugosa y sus patatas un poco fritas de más. Al llegar al a11 lo mejor es esperar un poco antes de pedir, empezar tranquilamente con un vino o una caña, y dejar que nos ofrezcan de tapa su magnífico queso. Después las roscas de jamón y los solomillos troceados para cerrar el círculo.

Y ay las copas. En Santander las copas se sirven bien y a buen precio. Hay muchos bares en los que tomar copas en verano, pero no os fieis de quien os diga que va a algún sitio que no esté en la plaza de cañadio. En verano es reina indiscutible, todos los caminos llevan a Cañadio, y toda la gente que creías haber perdido va a parar allí.

La opción de hacer botellón siempre -que la policía lo permita- está ahí, claro, pero las copas en el ventilador saben a juventud y a verano, y pedirlas en la barra es una forma de matar el tiempo mientras esperas para ir al baño. La noche se apura en cañadio hasta las 4 (pena de falta de música), pero si te apetece cambiar de ambiente (por qué?), siempre puedes dejarte caer por el opium o el malaspina antes de tiempo.

Si los astros están de tu lado (y ojalá lo estén), a las cuatro te acercarás al paseo pereda y cogerás un taxi. Al taxista le dirás, bien alto y con seguridad: “al BNS”-con la seguridad de que si llegas a tu destino y está abierto, te lo vas a pasar rematadamente bien-.

Acabarás la noche en la playa, después de cantar a grito pelado turnedo (ven a Santander con ella aprendida, aquí es un himno), remoloneando en la terraza del bns hasta que se disuelva lo suficiente la gente como para poder coger un taxi a casa.

El sábado no se duerme la mañana. Se levanta uno temprano, recoge los bártulos, y se duerme una bedita siesta de cuatro horas en la playa. La opción más segura es coger la lancha al puntal, plantar bandera, y pasar el día en coma en la playa, solo interrumpido para darse algún baño en las aguas de las Quebrantas y comer merluza a la romana en el chiringuito. Verás llegar e irse barcos con los ojos medio cerrados, y tendrás cuidado de volver a la vida a tiempo para coger la última lancha. Depués, parada obligatoria en regma y ducha en casa. La noche? vuelta a empezar. Hoy cenamos en Marucho. La calle de Tetuán cuando no corre vuento es una sucesión de terrazas minúsculas y de gente comiendo rabas en la calle. En marucho se piden rabas, bocartes, y puding de cabracho, y si no no se va. Y si el presupuesto lo permite un buen pescado o un buen marisco. En marucho todo es bueno. La digestión se hace enfilando cañadio y se vuelve a terminar la noche en el BNS mientras suena de fondo La Bola de Cristal (reconocerás a los santanderinos de pro porque cuando comienza a sonar la Bola de cristal comenzarán a abandonar discretamente el barco, corriendo hacia los taxis). Puede parecerte que repetir sitio no te va pero creeme, el viernes te habrá dejado con ganas de más.

El domingo se puede dormir un poco más, y antes de partir hacia los orígenes lo mejor es subir al faro. El faro es peligroso porque el tiempo no pasa, así que si tienes que salir pronto de Santander lo mejor es vigilar el reloj. En el faro se comen rabas y se bebe cerveza reconstituyente, y se admiran las vistas de postal. Imprescindible aprovechar para dar una vuelta alrededor del faro, a lo largo del acantilado y pensar “qué bonito en Santander” por última vez antes de irte, sabiendo que vas a volver.

Nordeste

Es de dominio público a estas alturas que el tiempo en Santander es de todo menos estable. Es necesario haber vivido muchos años en Cantabria para hacerse profesional en conocimientos atmosféricos. Y una vez cumples con ese requisito, nadie puede rebatir tu sabiduría sin salir indemne.

Bahía de Santander. Cantabria.

Un golpe súbito de viento puede resultar en un drástico cambio de estación, y un santanderino mirará al turista cuando esto ocurra con condescendencia, guardando la toalla de la playa en la mochila y cambiándola por un paraguas. En Santander nos vanagloriamos de tener algunos vientos propios. El viento sur nos trastoca, las puertas se cierran sin avisar y cuando para deja tras de sí un rastro de lluvia ácida e intensa. El nordeste, sin embargo, es la calma después de la tormenta. Sopla nordeste, amenaza cambio y los ánimos se estabilizan. Mientras el viento sur arrastra todo a su paso, dejando unos amaneceres incomparables, el nordeste te refresca en los días veraniegos de calor. Es evolución, templanza y aventura. El nordeste amaina la bahía, convirtiéndola en el espejo en el que se reflejan las montañas, y el paseo en lancha hasta el puntal se vuelve más agradable. El mar se llena de veleros, gustosos de aprovechar el viento de popa y las rabas saben mejor, a sal, a Norte.

Nos gusta que el sur nos cambie la rutina, pero se agradece el nordeste para volver a empezar.

Cantabria en los libros.

Quienes me conocen ya me habrán oído decir alguna vez que mi jubilación me la voy a pasar leyendo y viajando. Conociendo, en general. Nunca se es lo suficientemente sabio, nunca se saben demasiadas cosas, el saber no ocupa lugar. Suena a mito pero es real. Y esto lo sé desde ya, aunque parezca que la que habla sea mi yo retirada. Soy joven y tengo ganas de trabajar y de comerme el mundo si me dejan –y si no me dejan más-, pero echo de menos los gloriosos días de pura adolescencia en que me daban las tres o las cuatro de la mañana las noches de colegio enganchada a un libro, encendiendo y apagando la luz cada vez que oía un ruido por si me pillaban, -si, he vivido al límite y los libros han sido mi vicio-.

Cuando me jubile, voy a leerlo todo. Literatura de la A a la Z, desde autores cántabros a japoneses. Si no tuviese que trabajar o no estuviera opositando, los días de invierno, pasaría las tardes en el Wabi Sabi o en el Santa and co, las tardes de verano en la playa. Me volvería dominguera y cargaría con la silla de la playa para evitar torticolis, y llevarme la nevera con numerosas botellas de agua para esos momentos en que el punto trepidante del libro me dejara la garganta seca. Cogería la lancha al puntal a las doce de la mañana, cuando el sol está más alto y la brisa aun se agradece, sentada en la popa y olvidándome de bajarme al llegar al embarcadero. Subiría el Cubas a remo, hasta llegar al punto donde se estrecha, y dejaría que me devolviera la corriente al mar imaginando al gran gatsby mirandome desde al otra orilla.

Los días de viento me refugiarían los muros de la magdalena, para que no se me llenaran las páginas de arena, y los días de sol de primavera me sentaría en un banco del camello para tener de fondo el sonido de las palas. En junio emigraría a Liencres, quince minutos en coche y mi arsenal de sombreros, porque leer sin sombrero no es lo mismo. Y en agosto mis libros y yo nos mudaríamos a Isla. Cruzaríamos andando a Noja cuando bajara la marea, y comeríamos centollo en el Astuy. El aperitivo en la terraza del Alfar leyendo “Retrato de un Naúfrago” sería imperativo, y remataría el libro viendo atardecer desde la montaña de las piscinas –que en contra de lo que puede parecer no son sino antiguos viveros-. Los domingos tendríamos mesa reservada en el Olimpo y nos recibiría el olor del arroz con bogavante.

Leería sobre cocina y me creería Julia Child, y me obligaría a ir a las clases de cocina del Deluz, leería sobre arte y recorrería la fundación botín, absorbiendo cada cuadro.

Viajaría por todas partes y desde el sofá de casa, alternando largas temporadas en el extranjero con esperadas vueltas a los orígenes. Aprendería del mundo.

Afortunadamente y desafortunadamente, quien algo quiere algo le cuesta, así que por el momento dejo aparcadas mis ganas de explorar. Pero volveré, eso seguro.

Santander. Cantabria.