Cerrado por vacaciones

Me di la vuelta y eché un ojo a la cafetería. Estaba –por fin- vacía. Llevaba todo el día intentando que los pocos clientes que tenía apuraran el café y salieran por la puerta para poder poner el cartel de cerrado. “Cerrado por vacaciones”. Qué bien sonaba eso. Una de las cosas más bonitas que alguien podría haberme dicho en ese momento. Pasé la fregona por el local, con intención de dejarlo todo listo y no tener que volver a poner un pie en ese sitio hasta septiembre. Algunos pensaban que estaba loca por cerrar los días de más turismo, pero a mí me daba exactamente igual. Y no solo me daba exactamente igual eso, si no que estando de vacaciones me daba igual que lloviera, tronara, se quemara la cafetería o viniera un tsunami a por nosotros. Estaba apagada, fuera de cobertura, no era posible localizarme ni dar conmigo. No estaba para urgencias, ni golpes de estado, ni recados, ni peticiones o preguntas. Estaba para mí, única y exclusivamente. Para desconectar, recargar pilas y sacar ganas de algún lado para volver a empezar en septiembre. Ya podía intuir la depresión post vacacional. Tenía toda la intención de desenchufar el cerebro y dejarme arrastrar por la corriente. No tomar ninguna decisión, dejarme caer en la arena, sumergirme en el mar y volver a salir a la superficie cuando hubiéramos cambiado de mes. Comer sin prisa, disfrutar del vino, descubrir sitios, vivir en un estado perenne de relajación. No quitarme las gafas de sol, mojarme si cayera tormenta y dormitar el noventa por ciento del tiempo. No tener prisa por nada ni por nadie. Recordar a qué sabe la vagancia y la desocupación. Aprender a no hacer nada otra vez, como cada verano. Colgué de nuevo el cartel de “Cerrado por vacaciones”, como cada año, y le he dicho a la preocupación que no me busque, que no me va a encontrar. Si hay nubes, quiero que me pillen lejos o en el mar.

Los salmones nadan contra la corriente.

Me he colgado de tu ventana y he decidido enredarme en tus escalones, de tu balcón no me muevo. He decidido quedarme contra viento y marea, como los salmones, río arriba capeando los temporales.

Y tú me has abierto la puerta, has descolgado el cartel de reservado y has puesto manteles limpios en la mesa del desayuno. Has sacado a pasear las ganas y tu sonrisa de medio lado y me has mirado como me miras a veces, cuando quieres decirme que sí.

Me ha dado la bienvenida el sol a raudales colándose por las rendijas de las contraventanas, haciendo un guiño tan suyo que me ha dejado descolocada.

Has roto los pocos esquemas que tenía, has hecho una bola de papel con ellos y has encestado un triple desde el otro lado de la habitación.

Me has desarmado y ahora hay caos donde antes había orden, y orden donde solo había caos. Y has pintado de colores los grises y le has dado luz a las sombras.

Y ahora solo veo pestañas donde antes había preguntas.

Las sorpresas

Empezó como empiezan las cosas que no tienen mucho sentido: sin preguntar. Y se quedó. Se quedó cambiando un poco mi forma de pensar y de ver el mundo, haciendo evolucionar mi perspectiva y que me diera cuenta de dónde quiero llegar. A día de hoy soy firme defensora de la teoría de que -a pesar de la importancia de la materia prima- somos el resultado de las decisiones que tomamos, las personas que conocemos y los sitios que visitamos. Y que el rumbo y el cariz que toman nuestros pasos, decide en cierto modo dónde vamos a terminar, o dónde no vamos a terminar; al fin y al cabo este viaje en el que estamos no tiene por qué tener más sentido que el placer de vivirlo.

Gap

Lo llaman el síndrome del folio en blanco, pero no creo que deba aplicarse únicamente a los escritores. Esa frustración que acompaña la necesidad de empezar un proyecto de cero y no saber por dónde hacerlo tiene vigencia en muchos otros aspectos vitales. Depende mucho de la personalidad, pero generalmente vendrá acompañada de procrastinación, hambre (gula) y un montón de variantes más del aburrimiento. En algunos casos, también esa conocida presión en el pecho que va pareja al agobio que entraña la mezcla entre la acuciante necesidad de hacer un millón de cosas, y el posponer el sentarse a hacerlas. No sentarte te provoca cargo de conciencia, pero a la vez tu cabeza no está por la labor.

Esto, amigos, es falta de inspiración. Y surge cuando menos te lo esperas. Para mí, cuando más agobiada estoy con el estudio, cuando llego a un sitio nuevo y tengo que montar mi vida, cuando me apetece escribir pero tengo poco que decir, o simplemente cuando quiero hacer demasiadas cosas a la vez.

Y es, sin duda, mi peor estado de ánimo.

Azul

Me ha enseñado a querer mejor y a no sentirme culpable por querer más. A pensar antes de hablar, y a dejar que el corazón domine. A intentar encontrar una balanza pero sabiendo que el equilibrio es imposible. Me ha hablado de la templanza y es consciente de lo mucho que me sobra cuando te veo llegar.

Me ha hecho como soy, ha pintado el fondo de mis fotos de azul y ha dado luz a mis pestañas. Conoce mis lunares y cómo esquivar mis muros. Sabe qué botones pulsar para conseguir que me deje llevar. Se hace eco de mis pisadas y distingue mis miradas, y mis sonrisas. Me deja la puerta abierta, por si quiero regresar.

Ha sido la vía más rotunda para aprender a echar de menos, y la forma más libre de sinceridad. Es mi casa fuera de casa y mi plan de escape cuando no quiero volver. La nostalgia y la solución a las dudas. En fin, la dirección.

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“I found my heart and broke it here, made friends and lost them through the years. I know I’ve grown, but I can´t wait to go home”.

 

Los domingos son para el verano. VIII.

Llevabas una camiseta roja. Si, definitivamente era roja. La última vez que te vi llevabas una camiseta roja y unos pantalones negros que yo odiaba y que -sospecho que precisamente por eso- no te quitaste en todo el verano. La primera vez que vi esos pantalones negros fue una noche en un concierto de algún grupo que estaba de moda por aquel entonces y del que después de esa noche nunca volví a oír hablar. El concierto era lo de menos. Hacía calor, el sol se escondía tarde y era nuestro último verano antes de la universidad, nos hubiéramos apuntado a cualquier plan que hubiera surgido que implicara beber cerveza caliente sentados en la playa. Era el verano de no pensar.

Nos sentábamos en la playa y hablábamos de planes de futuro que después no se harían realidad, sabiendo que probablemente aquel fuera el último verano que compartiríamos excursiones nocturnas. Más tarde la vida nos enseñaría las vueltas que puede llegar a dar y cómo nos estábamos preocupando por nada, anticipando despedidas que nunca tendrían lugar e imaginando que éramos poco menos que infinitos. De alguna manera nos gustaba crear drama a nuestro alrededor porque no teníamos un drama real al que prestar atención.

Volvimos a casa y, como siempre, robaste unas flores amarillas para mí. Esas flores amarillas estaban por todos lados, es lo primero que veo siempre que empiezo a recordar. Eso y que siempre llevabas encima alguna forma de comida. Esa noche era parte de una bolsa de pipas que habías comprado esa tarde en el chiringuito. Para alguien que siempre está hambriento, tenerte al lado era poco menos que un seguro de vida. Sacaste las pipas y me soltaste un largo monólogo sobre la universidad.

Cualquiera diría que hemos pasado por tres vidas diferentes desde aquella noche. Desde luego, yo no me identifico con aquella chica del vestido de lunares que comía pipas y fumaba sin ganas.

Fue tres años después cuando volví a verte. Ni rastro de tu camiseta roja y tus pantalones negros, cuando me crucé contigo ibas impecablemente vestido de traje y corbata. Me contaste que ibas a una entrevista de trabajo, querías empezar cuanto antes las prácticas, y yo te dije que siempre me había imaginado verte de bata blanca; me contestaste que yo seguía igual. Y efectivamente, así era, no sentía en mi misma todos aquellos cambios que teóricamente la universidad debiera haberme dado. Aunque me duró poco, los dos años siguientes me hicieron pegar un giro de 180 grados y convertirme en una personas completamente distinta. Aunque eso ya es otra historia.

 

Silencio

Hay gente que no sabe (ni quiere) lidiar con el drama. Gente que pone mala cara cuando a su pregunta de qué tal respondes algo diferente al habitual “muy bien”. Él era una de esas personas. Cuando te veía mala cara inclinaba la cabeza hacia un lado, sonreía hacia el otro y decía “ya será menos” y seguía su camino. Cuando notaba tensión a su alrededor, en vez de hacerse partícipe o mediador avanzaba hacia quien tuviera más cerca, le apretaba los omoplatos como quien hace un masaje –pero en realidad provocando un dolor agudo que terminaba en la base del cuello y pedía a gritos la intervención del ibuprofeno- y seguía su camino, como quien ha resuelto un problema. Lo arreglaba todo brindando -costumbre muy extendida entre los de su generación- brindando y haciendo aspavientos con la mano, como si quisiera barrer los problemas.

Nunca elevaba la voz, y eso precisamente le hacía tener más razón que nadie. No imponía sus argumentos porque no le interesaba. Simplemente los exponía delante de quien fuera como diciendo “este es quien soy, no pienses que vas a cambiarme”. Y era verdad, nadie le cambió nunca. Hizo y deshizo a su antojo durante toda su vida. Y eso era irritante, incómodo e intimidante para los de su alrededor, a veces incluso inaceptable. Y él sonreía, se colocaba el sombrero y después de dedicarles un último movimiento de cabeza los dejaba atrás, a ellos y a sus opiniones encontradas. Y, ¿sabes que te digo? Que ole.

Noviembre dulce

He desarrollado la capacidad de abstraerme completamente del mundo, de sentirme en casa solo por estar conmigo misma, y he dejado de saber qué es sentirse solo para aprender a disfrutar de todos los formatos de la soledad. Lo llamo superpoder, porque he empezado a abrazar todos los momentos de la vida y he dejado de creer en el desperdicio del tiempo.

Quiero pensar que esto me ha enseñado a querer mejor, que aprendiendo a quererme he dejado de buscar el amor por el amor y he empezado a regalar cariño de manera gratuita. Al menos, ese es para mi el objetivo.

He aprendido tantas cosas de mí este año que he llegado a pensar que mi personalidad se está desdoblando. He conocido el abismo y he tonteado con el miedo y ahora he dejado paso a la calma.

He eliminado la desesperación y he encontrado el placer a perderme, a estar perdida y a no querer encontrarme, ni que me encuentren. Y ahora las casas no son casas, son personas. Y qué afortunada soy de tener casas repartidas por todo el mundo a las que entrar sin llamar a la puerta, y de saber que cuando llegan los fantasmas la solución está a un billete de avión de distancia.

Ya no huyo ni escapo del miedo, ahora se viene conmigo, crece conmigo. Y nos encanta.

Fogonazos

Una caña en el faro. Un atardecer en la playa. Una cerveza belga en Budapest. Un vino tinto en Logroño. Un blanco en Verona. Al final, todo acaba reducido a beber. No al qué si no a con quién.Ver amanecer desde el balcón antes de salir de viaje. Que suene Read my mind en el aleatorio de spotify, la perspectiva de escuchar I will wait en un bar de Irlanda. Ir a verte a Nueva York. Hacer brunch un domingo en Madrid. 24 horas en Pamplona. Un viaje relámpago a Barcelona y enamorarme otra vez.

Quisquillas a la brasa en Filipinas. Una nevera azul en el Cubas. Un bote al puntal. Una isla desierta. Un isla lleno de gente. Cocido en otoño. Los árboles rojos de camino a Logroño, girasoles amarillos de vuelta a casa. La humedad en el cuerpo otra vez, y en el pelo. El salitre en los labios, el sol en la piel. Un rayo de sol en un día de lluvia. Escuchar la tormenta desde el salón. El momento en que se encienden las luces en el cine después de una buena peli. Los primeros segundos después de oír cantar a alguien que lo hace bien.


Un chocolate caliente en un día de frío. La sensación de saber que has dado bien los temas al salir de clase cuando ya no hay nadie en la calle y el momento es tuyo. Llegar a casa después de un día de trabajo intenso. Superar los límites que te habías impuesto, y que salga bien. Superar los límites que te habías impuesto, y que salga mal.

Estrenar. Descubrir un restaurante nuevo. Recomendar un libro a alguien, y que le guste. Salir de la realidad un domingo y meterte en un libro. Una canción que te gusta cuando estabas yéndote del bar. Que te inviten a desayunar. Un concierto. Mirarte al espejo y verte bien.

Una hamburguesa de recena en el Algarbe, french toast en Chicago, una tarde en el Louvre. Una sobremesa. Un café Madrid. Más quisquillas en Sanse. Una llamada de cinco segundos a deshoras, colgar el teléfono después de una hora y media y sentirte en casa.

Comer.

El verde. El mar. Octubre. Febrero. Vivir.

 

Bendito otoño.

El primer día con edredón, pisar hojas, pisar charcos. Que llueva por fin -que llueva mucho-. La Luz de octubre, los atardeceres rojos. Las primeras sopas, los primeros jerséis, volver a oír mis botines por los pasillos de la Consejeria. Los días de frío seco en Logroño y la humedad Del Río. Volver a casa en Santander después de las copas en la calle siendo un 90 por ciento agua. Una bufanda tempranera. El entretiempo. Los paraguas. El café. Las ganas de manga, abrazo, sofá y peli. Y las ganas de mi (¿por qué no?). Los nuevos propósitos, los nuevos retos, los nuevos comienzos, borrón y cuenta nueva. Estrenamos ilusión. Todas las ganas de escribir. El primer día de edredón. Y a dormir.