Los domingos son para el verano (next)

Muchos años después, cuando el tiempo había pasado, aún te sentía conmigo. Nunca me paré a analizar qué consecuencias podía tener aquello o qué importancia debía darle. Simplemente estabas. Si me concentraba un segundo podía volver perfectamente a aquel verano y a aquellas sensaciones. A aquella incertidumbre. Era como un olor. Igual de intenso. Nunca supe si era un súper poder o una maldición, pero ibas conmigo a todos lados.

Todos tenemos un septiembre que llega de golpe a ordenarnos el verano, pero el mío nunca terminaba de llegar. La forma en que me descolocó todo quizás fue demasiado extrema, tu forma de poner mi mundo cabeza abajo, y las malditas flores amarillas.

Qué buen final para una historia, dirías ahora. Menos mal que por suerte o por desgracia tu y yo sabemos que no fue así como terminó todo.

Fue un día de octubre. Una de las plantas con flores amarillas de la ventana decidió que su existencia en este mundo estaba de más, que estaba de vuelta de todo. Y se tiró. Fue un suicidio silencioso en un día de sur y no me di cuenta hasta llegar a la calle. Crucé la puerta y ahí estaba, mirada perdida, impasible, un poco desafiante “¡ja! ¡invierno a mí!” parecía decir. El epítome del otoño, la antítesis de lo inmarcesible. Morir joven y dejar un cuerpo bonito, está claro.

 

He de confesar que la imagen me desconcertó por un momento, y más aún cuando volví de trabajar y la planta había desaparecido sin rastro alguno. Me asomé a la ventana incluso como queriendo esperarla, creyendo en parte haberlo imaginado. No era así, efectivamente había dejado cojas a sus hermanas y su ausencia delataba la falta de simetría del salón.

 

Pensé durante un momento que alguna metáfora tenía que haber detrás de todo aquello, algo que aprender. Después descarté ese pensamiento y sonreí; esto solo quería decir una cosa: mi estación favorita había comenzado y era su manera de anunciar a bombo y platillo su llegada. Estoy aquí, y vengo a arrasar un montón de cosas que no echarás de menos. Ni siquiera las flores amarillas de la ventaba habían sobrevivido a aquel verano.

Fue un día de octubre. Una de las plantas con flores amarillas de la ventana decidió que su existencia en este mundo estaba de más, que estaba de vuelta de todo. Y se tiró. Fue un suicidio silencioso en un día de sur y no me di cuenta hasta llegar a la calle. Crucé la puerta y ahí estaba, mirada perdida, impasible, un poco desafiante “¡ja! ¡invierno a mí!” parecía decir. El epítome del otoño, la antítesis de lo inmarcesible. Morir joven y dejar un cuerpo bonito, está claro.

He de confesar que la imagen me desconcertó por un momento, y más aún cuando volví de trabajar y la planta había desaparecido sin rastro alguno. Me asomé a la ventana incluso como queriendo esperarla, creyendo en parte haberlo imaginado. No era así, efectivamente había dejado cojas a sus hermanas y su ausencia delataba la falta de simetría del salón.

Pensé durante un momento que alguna metáfora tenía que haber detrás de todo aquello, algo que aprender. Después descarté ese pensamiento y sonreí; esto solo quería decir una cosa: mi estación favorita había comenzado y era su manera de anunciar a bombo y platillo su llegada. Estoy aquí, y vengo a arrasar un montón de cosas que no echarás de menos. Ni siquiera las flores amarillas de la ventana sobrevivieron a aquel verano.

Almost

Es verano -en los recuerdos siempre es verano-. El sol me calienta la espalda mientras salgo, a duras penas, al paso, de una siesta en la playa; darse la vuelta es mirar a los ojos al sol y eso aún no está en mis planes. A lo lejos alguien juega a las palas, a mi derecha conversación inconexa, planes para esta noche, diatribas sobre la mejor hora para coger la lancha. Pongo mala cara, no me gusta que nadie me recuerde que este duermevela en el que me encuentro no va a ser infinito.

Lancha de vuelta, viento de cara, sacudirse con mimo la arena con la toalla. Una mano me ayuda a tocar tierra con los pies. Un paseo lento, arrastrado -el salitre en la piel me vuelve melosa- y de premio un helado. Son casi las 9 y empieza a echarse de menos una sudadera.

(Puede que mi cabeza sea el único lugar en el que está cuenta atrás se oye fuerte, brava, como un latido; pero de verdad tengo la sensación de que estamos rozando el verano con la punta de los dedos).

Almost

Es verano -en los recuerdos siempre es verano-. El sol me calienta la espalda mientras salgo, a duras penas, al paso, de una siesta en la playa; darse la vuelta es mirar a los ojos al sol y eso aún no está en mis planes. A lo lejos alguien juega a las palas, a mi derecha conversación inconexa, planes para esta noche, diatribas sobre la mejor hora para coger la lancha. Pongo mala cara, no me gusta que nadie me recuerde que este duermevela en el que me encuentro no va a ser infinito.

Lancha de vuelta, viento de cara, sacudirse con mimo la arena con la toalla. Una mano me ayuda a tocar tierra con los pies. Un paseo lento, arrastrado -el salitre en la piel me vuelve melosa- y de premio un helado. Son casi las 9 y empieza a echarse de menos una sudadera.

(Puede que mi cabeza sea el único lugar en el que está cuenta atrás se oye fuerte, brava, como un latido; pero de verdad tengo la sensación de que estamos rozando el verano con la punta de los dedos).

Una mesa.

Todos tenemos un primer recuerdo, una polaroid en el fondo de la cabeza, con un deje de filtro en sepia por el paso del tiempo, seguramente porque ese recuerdo no es de un momento concreto si no de alguna foto que vimos en un momento dado. En el mío salgo comiendo. Salgo comiendo una barra de pan entera porque el perro de mis primos le había echado el ojo y yo tenía que ser más rápida.

Esa es mi vida. Hoy me he resbalado en la ducha y en todas las imágenes que me han venido a la mente en sucesión, en forma de peli, las últimas que iba a ver en mi vida, en todas estaba comiendo.

Si tuviera que elegir una metáfora de cómo han transcurrido estos primeros 28 años de mi vida, elegiría una mesa. Y para el epílogo seguramente también; no hagáis un funeral -diría- sentaos a comer. Cualquier excusa es buena.

La mesa como excusa, como catarsis, como solución, como causa y como consecuencia.

Dame una mesa, dame de comer, y cambiaré el mundo. Creo que mi totem es un gremling, para esto hemos quedado.

Y que el mundo diga que tú eres buena

Era un bar pequeño, semi escondido, camuflado entre el resto de casas de la zona, todas iguales. Si ibas deprisa casi podías pasar de largo sin verlo (qué terrible infortunio). Él era extranjero, o eso creían todos, por su acento andaluz y sus maneras sureñas. Venía del sur como vienen todos, buscando cobijo del sol. Y se fue a la montaña por lo que van todos, buscando cobijo del ruido. Lo regentaba de manera desgarbada e incierta, así era él; alguien que tenía la idea justa de hostelería antes de abrir las puertas de aquella casa de madera oscura y pintar un cartel en la pared al que llamar por su nombre. Un punto de egocentrismo y poca imaginación; pero también un sentido práctico, era a él a quién todo el mundo conocía y a él al que iban a ver. Le gustaba su bar, del que obtenía lo suficiente, nunca más; y esto porque era famoso por su generosidad, porque a nadie le faltó qué comer nunca si él estaba de guardia. Se sentaba en el banco de madera que franqueaba la puerta y que él mismo había construido. Siempre con sombrero, siempre guiñando un ojo y siempre con una copa de blanco en la mano. Cuando su mujer le negaba otra copa desde dentro se le oía decir “y que el mundo diga que tú eres buena…”.

2018

2018 me ha enseñado que a veces se gana y a veces se aprende, pero que ganar es mejor. Que la vida cambia a una velocidad de vértigo, para bien o para mal. Que es tan importante saber despedirse como saber volver. Que tu casa siempre será tu casa y, a la vez, que tenemos la capacidad de convertir en hogar un millón de sitios diferentes. Que no hay nada más fundamental que saber rodearse de lo que te hace bien. Que a veces es mejor dar un paso atrás y esperar a ver cómo evolucionan las cosas. Que luchar por mantener a nuestro lado a la gente que vale puede tener su recompensa. Que a veces hay que nadar en contra de la corriente. Que tenemos una capacidad infinita de querer bien, sólo hay que trabajarla. Que no hay nada más importante que saber dar las gracias y pedir perdón y que no pasa nada por pedir ayuda. Que todo termina por ordenarse. Que hay que trabajar el conocerse bien. Que todos los aviones son dinero bien invertido, especialmente aquellos que traen consigo un reencuentro. Que hay algo poético en echar de menos. Que todo se reduce a en quién piensas cuando tienes algo importante que contar. Y, sobretodo, que tenemos que seguir emocionándonos, todo el tiempo, de todas las maneras. 2018 ha sido una revolución, pórtate bien 2019.

Cerrado por vacaciones

Me di la vuelta y eché un ojo a la cafetería. Estaba –por fin- vacía. Llevaba todo el día intentando que los pocos clientes que tenía apuraran el café y salieran por la puerta para poder poner el cartel de cerrado. “Cerrado por vacaciones”. Qué bien sonaba eso. Una de las cosas más bonitas que alguien podría haberme dicho en ese momento. Pasé la fregona por el local, con intención de dejarlo todo listo y no tener que volver a poner un pie en ese sitio hasta septiembre. Algunos pensaban que estaba loca por cerrar los días de más turismo, pero a mí me daba exactamente igual. Y no solo me daba exactamente igual eso, si no que estando de vacaciones me daba igual que lloviera, tronara, se quemara la cafetería o viniera un tsunami a por nosotros. Estaba apagada, fuera de cobertura, no era posible localizarme ni dar conmigo. No estaba para urgencias, ni golpes de estado, ni recados, ni peticiones o preguntas. Estaba para mí, única y exclusivamente. Para desconectar, recargar pilas y sacar ganas de algún lado para volver a empezar en septiembre. Ya podía intuir la depresión post vacacional. Tenía toda la intención de desenchufar el cerebro y dejarme arrastrar por la corriente. No tomar ninguna decisión, dejarme caer en la arena, sumergirme en el mar y volver a salir a la superficie cuando hubiéramos cambiado de mes. Comer sin prisa, disfrutar del vino, descubrir sitios, vivir en un estado perenne de relajación. No quitarme las gafas de sol, mojarme si cayera tormenta y dormitar el noventa por ciento del tiempo. No tener prisa por nada ni por nadie. Recordar a qué sabe la vagancia y la desocupación. Aprender a no hacer nada otra vez, como cada verano. Colgué de nuevo el cartel de “Cerrado por vacaciones”, como cada año, y le he dicho a la preocupación que no me busque, que no me va a encontrar. Si hay nubes, quiero que me pillen lejos o en el mar.

Los salmones nadan contra la corriente.

Me he colgado de tu ventana y he decidido enredarme en tus escalones, de tu balcón no me muevo. He decidido quedarme contra viento y marea, como los salmones, río arriba capeando los temporales.

Y tú me has abierto la puerta, has descolgado el cartel de reservado y has puesto manteles limpios en la mesa del desayuno. Has sacado a pasear las ganas y tu sonrisa de medio lado y me has mirado como me miras a veces, cuando quieres decirme que sí.

Me ha dado la bienvenida el sol a raudales colándose por las rendijas de las contraventanas, haciendo un guiño tan suyo que me ha dejado descolocada.

Has roto los pocos esquemas que tenía, has hecho una bola de papel con ellos y has encestado un triple desde el otro lado de la habitación.

Me has desarmado y ahora hay caos donde antes había orden, y orden donde solo había caos. Y has pintado de colores los grises y le has dado luz a las sombras.

Y ahora solo veo pestañas donde antes había preguntas.

Las sorpresas

Empezó como empiezan las cosas que no tienen mucho sentido: sin preguntar. Y se quedó. Se quedó cambiando un poco mi forma de pensar y de ver el mundo, haciendo evolucionar mi perspectiva y que me diera cuenta de dónde quiero llegar. A día de hoy soy firme defensora de la teoría de que -a pesar de la importancia de la materia prima- somos el resultado de las decisiones que tomamos, las personas que conocemos y los sitios que visitamos. Y que el rumbo y el cariz que toman nuestros pasos, decide en cierto modo dónde vamos a terminar, o dónde no vamos a terminar; al fin y al cabo este viaje en el que estamos no tiene por qué tener más sentido que el placer de vivirlo.

Gap

Lo llaman el síndrome del folio en blanco, pero no creo que deba aplicarse únicamente a los escritores. Esa frustración que acompaña la necesidad de empezar un proyecto de cero y no saber por dónde hacerlo tiene vigencia en muchos otros aspectos vitales. Depende mucho de la personalidad, pero generalmente vendrá acompañada de procrastinación, hambre (gula) y un montón de variantes más del aburrimiento. En algunos casos, también esa conocida presión en el pecho que va pareja al agobio que entraña la mezcla entre la acuciante necesidad de hacer un millón de cosas, y el posponer el sentarse a hacerlas. No sentarte te provoca cargo de conciencia, pero a la vez tu cabeza no está por la labor.

Esto, amigos, es falta de inspiración. Y surge cuando menos te lo esperas. Para mí, cuando más agobiada estoy con el estudio, cuando llego a un sitio nuevo y tengo que montar mi vida, cuando me apetece escribir pero tengo poco que decir, o simplemente cuando quiero hacer demasiadas cosas a la vez.

Y es, sin duda, mi peor estado de ánimo.